Botas del pantano

Cocacolonizados

Quién ubica a Atlanta en el mundo, me pregunto ociosamente mientras camino por sus colinas asfaltadas. Sin duda Estados Unidos tiene ciudades más interesantes. Pienso en Nueva York, que presume su estatua libertaria; en Los Ángeles, con su Hollywood Boulevard o en el Chicago de Al Capone. Sin embargo, aquí se jactan de ser la tierra de la Coca Cola, refresco ominosamente ubicuo, pues maneja unas 3500 marcas, a cuyo museo me dispongo a entrar…

¿Y si mejor escribo sobre las Olimpiadas del Centenario? Tuvieron lugar aquí, en 1996, pese al berrinche de los griegos, que alegaron que ellos eran los inventores y por tanto les correspondía ser la sede. Ilusos, pensó para sus adentros el Comité Olímpico Internacional…

El museo está frente al Parque Olímpico y justo al lado del Centro Nacional de los Derechos Humanos y Civiles, que existe gracias a Martin Luther King Junior, atlanteño ilustre, pero sospecho que la gente prefiere andar entre refrescos o admirar la fauna del Georgia Aquarium, que está en el mismo sector. En fin, pago los demasiados dólares (diecisiete más impuestos) y entro de lleno en la publicidad pasada, presente y futura de la gaseosa.

En 1886, el farmacéutico John Stith Pemberton inventó la bebida. Dicen que por accidente le agregó agua carbonatada y el brebaje sedujo a un paciente, que cuando volvió a pedirlo en otra ocasión se quejó de que no sabía igual: faltaban las burbujitas…Tampoco sabe igual una coca cola Made in Usa de otra Fabriqué en France, que si el jarabe de maíz, que si la fructuosa. Lo cierto es que los viticultores franceses, temerosos de que sus ventas cayeran, intentaron boicotearla. Fue a fines de los cuarenta. Francia tenía por entonces un gobierno de tendencia comunista y a muchos de sus diputados no les agradaba que les impusieran modas desde les Etats-Unis.

La leyenda cuenta que el refresco entró con las tropas yankees que desembarcaron en Normandía, pero mucho antes ya se encontraba en los cafés de Saint-Germain-des-Prés. Al efecto, una canción de Boris Vian menciona: «On se réunit avec les amis tous les vendredis pour faire du snobisme-party. Il y a du Coca, on déteste ça ». (Los amigos nos reunimos cada viernes y hacemos fiestas snobs, hay Coca cola, la detestamos).

Volvamos a Míster Pemberton, cuya historia parece confirmar aquel refrán: « nadie sabe para quién trabaja », pues murió antes de poder saborear el éxito. Su contador y dos de sus competidores aprovecharon la situación y fundaron la Coca Cola Company en 1892. Hoy se vende en 200 países y según ellos, prácticamente todos los que habitamos el planeta conocemos la palabra Coca Cola, sólo le gana el terminajo de OK.

En sus inicios se ofrecía como remedio contra los males digestivos y costaba 5 centavos el vasito. La farmacia se llenaba de clientes sedientos y/o estreñidos, cual bar chic. Así que otras farmacias empezaron a venderla…

El museo está franqueado por su célebre envase: Botellas enormes decoradas con mariposas, con nubes, con dibujitos tranquilizantes ¿Qué nos intentan comunicar, que aman la naturaleza, que la gaseosa es parte de ésta? Esa botella, según otro cuento, se creó a partir de las curvas fatales de Marilyn…

Aquí todo es líquida alegría, claro hay que ignorar las fotos del edificio vecino, que nos muestran a gente de color vapuleada por la policía que simplemente buscaba la igualdad. Mejor degustemos una Coca Cola sabor vainilla. En el Tasting room, podemos “disfrutar” de infinitas versiones, también hay Sprite o Fanta. Me sorprende una que se llama Dedito arriba (Thums up) y viene desde la India.

La compañía aplica sin remordimientos la expresión esa de: si no puedes con el enemigo únetele, aunque en realidad los devora. Así pasó con Inca Kola, originaria del Perú. De sabor excepcional (a chicle) y con un color amarillento, era la consentida de la gente hasta que los de Atlanta pusieron muchos millones sobre la mesa para incorporarla a su menú. Ahora bien, cuando les conviene pueden ser generosos, pues se supone que los terrenos del Centro de Human & Civil Rigths, fueron donados por la refresquera (¿culpa con hielos?).

También los gobiernos a veces se rinden ante las dulces burbujas. En enero pasado, Rumania organizaba una Cumbre Ministerial. El salón ofrecía a los funcionarios de la UE la bebida y sillones rojos y confortables para disfrutarla. El patrocinio, aunque legal irritó a… los franceses. ¿Tendrán alguna influencia esos mercaderes en las políticas de Europa? Por lo menos ellos han resistido (algo) y se enorgullecen de ser el mayor consumidor de vino en el mundo y que, además están lejos de los alemanes, que toman la bebida de Santa Claus como nadie allá en Europa…

La publicidad está por todos lados, cándidamente me doy cuenta que he pagado para ver en cientos de idiomas frases como: tome Coca Cola bien fría; ver carteles de los cincuentas, sesentas, etcétera; videos donde confluyen personas sonrientes de todas las razas, unidas por el sabor inigualable ble ble ble ble. No podía ser de otra manera, ¿en serio? Al pobre de Pemberton le tienen su estatua tamaño llavero, que por lo general pasa desapercibida.

Al que no veo por ningún lado es a Santa, aunque si aparecen los ositos navideños, ¿sólo lo presumen en invierno? Tampoco informan sobre las toneladas de azúcar (artificial) que le ponen a la bebida, dicen que México es uno de los países que más la consume. Una de las razones será porque muchos mexicanos carecen de agua en sus localidades, pero siempre hay una tiendita con cocas bien frías. Igualmente, allá la diabetes es un mal preocupante, pero eso no nos incumbe. Destapemos otra, que es la chispa de la vida…

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