Del tiempo presente

Una idea de la libertad

Todo el martirologio que ha movido la sociedad dominicana desde el año 1961 hasta nuestros días se ha empinado sobre una idea de la libertad. El trujillismo no fue una alegoría histórica, sino una práctica brutal que iba más allá de cualquier razonamiento lógico. Toda la descarnada lucha del pueblo dominicano, sus esfuerzos, sus combates, el puño erguido que ha derrotado dictadores y pichones de dictadores en la historia contemporánea, ha sido para repujar una idea la libertad. Lo que le ha dado a nuestro esfuerzo un carácter conmovedor ha sido la idea la libertad. La libertad como “conciencia de la necesidad”, la libertad como la satisfacción de todas las necesidades del sujeto, materiales y espirituales, en el seno de la cual decidimos situar nuestros actos. La libertad como una mirada aguda que nos eleva a las regiones de una humanidad superior, lejos del miedo, clarificada, magnificada, trasladada al estado de tipo. Aunque muchos lo ignoren, la idea la libertad ha sido nuestro intento perpetuo de situar la historia.

No en balde la larguísima tradición autoritaria de nuestro acontecer tiene un numeroso retablo de dictadores. Y el bestiario político contemporáneo echa manos de las limitaciones a la libertad. Y es por eso que escribo este artículo. Con motivo de la agresión del Procurador General de la República a la magistrada Miriam Germán, ha salido a relucir el asalto desconsiderado a su privacidad, la persecución alevosa que usa el poder para acorralar a sus opositores, y la ubicuidad del “Ogro filantrópico” que encarna el Estado cuando se convierte en agresor. Lo que vimos desplegar en la intervención del procurador en el Consejo de la Magistratura, y luego en la rueda de prensa del procurador adjunto Bolívar Sánchez ( cuya vergüenza se le veía a flor de piel), conlleva una enorme peligrosidad para la idea de la libertad que hemos construido a sangre y fuego, en el marco de esta democracia formal en la cual vivimos. ¿Es un estado policial lo que se levanta? ¿No es un acto de altísima peligrosidad que un procurador emplee el poder que le he conferido para espiar y acorralar a una magistrada de la Suprema Corte de Justicia? ¿Quién decide un paso semejante? ¿Si eso le ocurre a una magistrada de la suprema, qué no le podría ocurrir a cualquier ciudadano? ¿Cuál es el impacto en los demás jueces del sistema, que ven la desvergüenza de querer destruir a una magistrada apegada al honor y la ética, a partir de un anónimo probablemente escrito en la oficina del mismo procurador? ¿No ve la ciudadanía una amenaza a las libertades individuales en este hecho? ¿No quedamos expuesto a la idea de que todos los golpes son permitidos, si de favorecer al poder se trata? ¿No es esta acción el garrote de un monolitismo que intenta petrificar la sociedad?

Toda la hidalguía de nuestra idea de la libertad simboliza la lucha del pueblo, la aurora inicial de una idea de nosotros mismos. Trujillo fue la deshitoricización absoluta, él era la historia objetiva. A partir de él se generaban las cosas. Primer maestro,  primer constructor, padre de la patria, soberano guardián de nuestros sueños, albacea de nuestras riquezas, amo y maestro del tiempo, príncipe de la paz y confraternidad del mundo libre, y un largo excétera.  Su gobierno era una sociedad de “alta vigilancia”, una prisión sin guardias. En el imaginario de los niños que vivimos bajo su régimen Trujillo tenía la potestad de escuchar todas nuestras conversaciones. La intimidad del hogar era vulnerada con sus retratos, y aún bajo el silencio sentíamos sus latidos atemorizantes. Es por eso que la idea de la libertad fue el más preciado de los dones recuperado a la caída de su dictadura. El pasado es la distancia sigilosa de lo que no se ha ido del todo, y la deformación del autoritarismo, y la pérdida de la libertad, alientan a los tiranos ridículos del siglo XXI. Que Jean Alaín le mande a hacer el bicornio, y que lo llene de abundantes plumas de avestruz.   

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