Opinión

Me robaron el velorio, parte II

Durante el evento extraordinario en la Funeraria Ortiz del Alto Manhattan acudió una audiencia criolla de la más diversa y rica procedencia, dispuesta a expresar un ambiguo y sincero  adiós al poeta Eduardo Lantigua Pelegrín en una de las emblemáticas salas de exposición de la funeraria de la diáspora. El evento fue tan dramático y atractivo, que tuvo la magia de convertirse en un memorial del amor sin límites, no solo de sus restos, de su biografía exitosa, su amor por la cultura, su rebeldía insobornable contra aquella crisis del sentimiento posmoderno y sobre todo por su poder de persuasión para congregar amigos, enemigos, extraños y personalidades de la más amplia formación y nivel social.

La magnífica fiesta del adiós se llevó a cabo el 25 de noviembre del año 2018. El éxito fue tan rotundo que creó la tentación de pintar esta constancia literaria, única en los anales de la historia de la literatura de la inmigración. Creyendo interpretar el sentido del texto, fui fiel a la pasión del poeta por la palabra. Por fortuna, el autor de esta narrativa circunstancial, no tuvo que hacer ningún gran esfuerzo para recordar las incansables muestras de sentimientos de solidaridad, exhibidos con humildad e increíble arrojo, dentro de aquel teatro fiel a su destino intelectual.

La excelsa solemnidad del acto, no impidió que reconociéramos la presencia de poetas que minimizaron todos los obstáculos para honrar esta inefable cita con la muerte. Un ejemplo significativo fue el caso de la poeta, Yolanda Hernández, quien abandonó sus importantes ocupaciones en Road Island para expresar sus sentimientos. Muchos de sus amigos, duchos en el anonimato, hicieron lo mismo. Así ocurrió con el extraordinario regreso a la ciudad de Nueva York de los narradores y poetas galardonados, Kianny Antigua y Leonardo Nin. El protagonista de la última inmovilidad había echado raíces en más de un continente. Durante aquella hermosa cita lapidaria volvimos a confirmar que la amistad en este ámbito diaspórico, sigue siendo un tesoro paradójico.

La cotidianidad es una experiencia fugitiva, provocada por un Big Bang que arroja fragmentos y sombras condenadas a buscar la posibilidad de un destino dudoso, bajo una nacionalidad invertebrada. Eduardo se hizo de un nombre, a pesar de los peligros que continúan sembrando dudas y complicidades, más allá de un mar que no puede dejar de ser negro, aunque le llamen erróneamente Caribe y sea la cuna de los corsarios que flotan, deseosos de aguarnos estas fiestas, hasta de un urgente adiós.

Aunque me dio mucho trabajo contener las lágrimas, a todos mis compañeros los vi llorar, igual que a la poeta, Yrene Santos quien por cierto, lucía más tímida en el arte de los abrazos que Claribel Díaz, despidiéndose del gato ufano que la acompaña en las terapias o la maestra y poeta, Ana Isabel Saillant u Osiris Mosquea, la excelsa poeta de la negritud que fijó residencia en Long Island hace algún tiempo. Fueron magnánimas en la expresión de aquel inexplicable adiós, apropiado para expresar con sus gestos, las lágrimas de unas dolientes auténticas, irreprochables.

En el poeta Juan Matos, digno representante de los dominicanos residentes en Boston, la lucha contra un acto criminal sin precedentes, escenificado en el Parking Lot de la funeraria, puso en riesgo su regreso. Su esposa Alma, acompañada de otros voluntarios de la justicia doméstica, ayudó  a impedir el ingreso de otros dolientes al estacionamiento del paraíso invertido, debido al bloqueo de los autos de otros dolientes, incapaces de perder una patria de cuatro ruedas. El templo de los últimos sollozos que se honra en administrar el safari del luto y de la muerte, quedó acéfalo. El gran poeta social de Barahona y exiliado en Boston, viajaba aquel domingo con el recordatorio de su hijo pródigo, fallecido recientemente en los predios de una universidad.

Para quienes ya habían fijado residencia en la sala del que una vez fue pelotero Amateur, Eduardo Lantigua, aquel terrible duelo había provocado un movimiento de abrazos tormentosos, manos soberanas en la penitencia y dulces en el dolor consentido, indiferencias inocentes y referencias adyacentes en quienes llegan para ser descubiertos con lágrimas inesperadas o presenciados con expresiones de sentimientos ambiguos, como una solidaridad entre hermanos inseparables o entre hijos separados por una terrible sentencia, nada racial ni amoral y mucho menos tribal. A pesar de los sollozos y los silencios inauditos, de la poeta que oficia en el remanso de la Terapia Perpetua, (no la de un poemario de Pedro López Adorno), sino la de la heroica poeta, Norma Feliz, ocupante de la isla piadosa del  único sofá saboreado con lágrimas abundantes por varios náufragos del misterio horizontal y curiosos de la desdicha, paracaidistas de las metáforas de última hora.

La barca del último silencio no se hundía. La pirámide del amor fue notoriamente intransferible. El arte de decir adiós escribió sus panegíricos sin ninguna sospecha fallida.

El canto a la eternidad fue el gran dilema del día. El profesor Juan Matos y el empresario Félix García y quien escribe este extraño obituario de las últimas horas del velorio, narramos un fragmento inédito entre las tres salas de despedida, llenas de visitantes, en busca de aquellos dolientes, acusados por la búsqueda de delincuentes comunes en la vil inocencia, debido a que tres de ellos bloquearon el centro del estacionamiento de la funeraria, antro desamparado como las mismas salas de despedida de los restos de tres personas que no se conocieron en vida y que sin embargo fundaron encuentros y desencuentros donde la fraternidad fue sobria y porfiadamente ilustre y hasta exitosamente cordial. Tanta tolerancia auguró una patria inexplicable fuera del exilio, digna de una memoria menos pasajera y deficitaria.

El velorio como buena literatura luctuosa, expulsó la política del texto y brilló el genio del exilio. En un segundo regreso a uno de los tres velorios, el inefable poeta, Félix García, trató en vano de defender su honor al ingresar con plena libertad en una de las recámaras ardientes de otros que también contemplaban el vacío, en un momento en que el culto del adiós requería una concentración imposible, hasta en la del poeta que motiva esta escritura.

Una deportación breve y comprensible evitó un baño de sangre en una sala contigua. Por fortuna, nadie exhibió un arma blanca en público para defender el perfume de la intimidad. Yo tenía la certeza en medio del entra y sale y el ejercicio heroico del equipo que llevó sobre sus hombros el gran homenaje cultural de despedida, destinado a honrar la memoria de Eduardo Lantigua Pelegrín con la nobleza de un ejercicio lírico solemne, acto que pasó con éxito repentino del silencio al aplauso y de éste a las lágrimas.

Muchos deliramos con fervor al oír aquel debate literario entre, Ramón Espínola, un gran historiador, tres poetas excelsos en la narrativa de la añoranza, un Héctor Miolán, crítico seductor de muchedumbres y una mujer que dejó su recuerdo escrito en aquel escenario triste y redentor, después de anunciar a los protagonistas de la secuencia más alta en elegancia y prestancia, haciendo gala de un honor imperecedero, al gran poeta, oriundo de Villa Altagracia.

A mí me dolió no haber escuchado a la viuda inconsolable, la Señora Sandra Pelegrín,  esposa del poeta, quien después de haber entregado sus últimos años de amor total y sincero al amor de su vida,  traspasó el umbral de los dolientes y se impuso un silencio triunfal y austero como quien sufre una derrota gloriosa y heroica a la vez, casi imposible de resistir, bajo un duro respirar, y el corazón golpeando, sin pausa ni consuelo.

Aquel momento sagrado no impidió que los familiares se recuperasen para decir la última nota de agradecimiento a los presentes. Yo la aguardé con el mismo miedo que me produjo el repentino desmayo del poeta y artista, Jimmy Valdez, tras escenificar el momento apoteósico de un poema que recuperó un universo vivencial inolvidable, frente a un abismo que también salvó con su talento, el poeta legendario, Dagoberto López Coño y el magnánimo y valiente, poeta Félix García, ambos recitando un gran poema de despedida y concluido con las voces impertérritas y rotundas del líder de la meta poesía, poeta, Doctor Jorge Piña y el vate eminente y laureado, José Acosta quien recordó el ejercicio fugaz de la Tertulia Intima Puerta 5 donde brilló la estrella de Eduardo.

Todos recordaremos por siempre la extraordinaria voz de la poeta Lourdes Batista,, residente en Long Island cuando se escriba la memoria del último deseo de Eduardo Lantigua. Un pincel poético nos hizo lidiar dignamente con la angustia. Aquella fue una tarde utópica y hermosa que también salvó la poeta, gestora cultural y maestra, Lucila Rutinel. A 24 horas de la breve estadía de sus restos en la Funeraria Ortiz, el alcalde de Villa Altagracia, provincia de origen, declaró dos días de duelo en su honor. Nuestra imaginación provee los cañonazos que hicieron falta. La bandera tricolor debió estar a media asta, acompañada de un busto imaginario, cuidado con esmero por los leones que honran el zoológico de Cristo Rey. Hay que examinar los parques para saber si la poesía de Eduardo Lantigua, puede ser leída para salvar a los tigueres pendencieros del hambre o a los peces sagrados del acuario nacional. Después del entierro en su tierra natal, su legado siguió motivando ofrendas y deseos de hacerle justicia al temor del olvido y al vacío que dejó su presencia. Nosotros no pudimos hacer lo mismo en la ciudad de Nueva York, pero declaramos 5 horas eternas donde brilló el honor de una amistad imperecedera y el anuncio de que se le honoraría de inmediato con el nombre de un taller literario, gracias al anuncio de un decreto íntimo, protagonizado por la laureada narradora, Dinorah Coronado, por el coraje de su oportuna iniciativa.

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