La columna maldita

Cuando los gatos miran al sudoeste

Que en un mundo de hoy tan complejo, lleno de amenazas, guerras, tantos tipos de conflictos y amenazas haya casos de bondad tan en apariencia pequeños, como cuidar unos gatos callejeros, hace creer que el ser humano, algún día y ojalá fuera pronto, puede llegar a estar lleno de bondad, como en realidad debía haber sido creado o producido, y no solo en su nacimiento como decía Rouseau en su obra el Emilio, sino a lo largo de toda su existencia.

Este caso, se trata de una persona, Luciano, de quien reseñaremos más adelante, el que atiende y alimenta un considerable grupo de gatos silvestres, los cuales no tuvieron la suerte de nacer o ser adoptados en hogares que les brinden cariño, les den sus tres golpes diarios en forma de nutritivas bolitas especialmente elaboradas para ellos, los acaricien, los cepillen, y hasta les pongan ridículos lazos y collares de colores con cascabeles.

Pero la inmensa mayoría de los que abundan en el país, son los paridos en solares, dentro del tronco de un árbol viejo, o debajo del fregadero de cualquier patio. Los que tienen que buscarse la vida como pueden desde el mismo momento de su destete, cazando ratones, lagartijas, o visitando basureros que, por suerte para ellos, abundan tanto en nuestra ciudad. Estos, los desarrapados, los desahuciados de nuestra poca condolida sociedad con los animales, son los parias de la vida gatística nacional.

Este tipo de gatos, están sometidos a múltiples peligros que los acechan de manera constante, el hambre, la mala alimentación, enfermedades como la sarna, los atropellos por vehículos, los palos y pedradas dados por personas desaprensivas, los envenenamientos provocados para exterminarlos, y las frecuentes peleas propias de su especie, bien sean por asuntos amorosos o de dominio territorial, de los que muchas veces salen gravemente heridos.

Pero por suerte para algunos, demasiados pocos en nuestro país, se vienen dando algunos casos de protección al estilo de la Santa Madre Teresa de Calcuta, cuidadora de los más pobres y abandonados, solo que aquí son atendidos el Santo Padre Luciano de Las Praderas. Luciano, no es santo, ni es padre, ni está en la Calcuta de la India, sino en nuestra capital. Es sencillamente un dominicano bueno como un pan con mantequilla y un café con leche en un día frío y lluvioso a las seis de la mañana, que se ha dado a la noble tarea de cuidar día tras día un grupo de los sin amos en el Parque de las Praderas (Atraque Park).

En la parte más oeste de este lugar de espercimiento, donde se forma un curioso triángulo, en el que están las canchas deportivas y los «gacebos», hay tres puntos donde se concentran unos veinte o treinta gatos silvestres, según épocas florecientes, o de calamidades en que por las causas ya señaladas, se diezma su población.

Cinco o seis de ellos habitan refugiados en una especie de cueva natural antes de un túnel y al pie de unos apartamentos, a una altura de unos dos metros y medio, donde los perros ni las personas pueden alcanzarla fácilmente. A unos doscientos metros de distancia, otros  tres o cuatro ejemplares están en una esquina de un residencial protegido con un muro y unas rejas por donde salen y entran a voluntad, y la mayoría restante se concentra  ciento cincuenta metros más abajo, en un punto clave de reunión que está muy próximo a la calle 27 Oeste y a la Avenida Núñez de Cáceres. En este lugar se llegan a juntar hasta la veintena entre adultos jóvenes y crías, formando así una poco corriente y curiosa exhibición de estos felinos.

Todos los santos días, llueva al estilo ciclón, truene, ventee, o caigan rayos o centellas de punta, aparece entre seis y media o siete de la tarde nuestro personaje, Luciano, aparece con dos fundas, una en cada mano, lo cual le da una silueta inconfundible de lejos o de cerca, conteniendo el deseado alimento, que suele consistir por lo general en purina con arroz cocinado, y en ocasiones también hígado sancochado que, por cierto, les encanta.

Luciano, es un hombre de unos sesenta años, joven, ex corredor de maratones, que se mantiene en excelente forma trotando unos buenos kilómetros, y que ama y protege los gatos como otros podrían hacerlo con los carros, o los billetes de dos mil pesos, o en su defecto, los de la lotería millonaria.

Nada más llegar, comienza el reparto de comida, que recuerda las funditas que los políticos les dan a los pobres, pero en este caso los afortunados son los gatos.  Primero a los de la cueva, después a los de la esquina, y por último, a los del mayor punto de reunión. A todos sin excepción les llega sus infaltables y abundantes raciones diarias.

Luciano, los conoce uno por uno y hasta les tiene nombres asignados, Daniela, Banquita,  Negrito… Uno de ellos, Negrín, el más manso y cariñoso al que quería mucho, desapareció de manera definitiva, causándole mucha tristeza. Y cómo no, todos lo conocen a él, la única persona a quien permiten acercárseles y al que le siguen un buen trecho alborozados y festivos como si fuera el flautista de Amelin, pero a la inversa, en lugar de ratones, son los gatos.

Los paseantes del parque hablamos muchas veces con Luciano, le preguntamos por sus amigos felinos, y nos da noticias sobre ellos, vino uno nuevo color marrón, la gata grande parió…  En reiteradas ocasiones nos relata que el ayuntamiento debería instalar una gatera o un refugio similar donde poder guarecerse con mayor seguridad. Ojala algún día oigan su sugerencia.

Pero hay un fenómeno el cual da el título de este escrito, y es que a eso de las seis de la tarde los gatos van apareciendo y tomando posiciones de vigilancia cerca de un gran árbol, unos lo hacen sobre unos bancos de piedra del parque en los que permanecen como si fueran auténticas estatuas, otros se echan cómodamente en el suelo, y la mayoría permanecen quietos y sentados sobre sus patas traseras, con ese aspecto hierático que tanto los distingue y caracteriza.

Todos, sin excepción, miran hacia el sudoeste del parque pues es el lugar por donde aparece papá Luciano. Y si por alguna causa este se retrasa media o una hora, se van mostrando cada minuto más inquietos, adelantando poco a poco sus posiciones originales hasta acercarse el mismo borde del camino, pero sin dejar de fijarse, como hipnotizados, esas coordenadas de supervivencia donde se cruzan el Sur y el Oeste. Todo un espectáculo digno de ver y que sucede día tras día. Gracias Luciano, por tu gran corazón humano y gatuno.

Gracias Luciano, por tu ejemplo de generosidad, a primera vista podrá parecer un acto pequeño, sin gran trascendencia, pero en estos tiempos tan convulsionados y llenos de maldad como apuntamos al principio, se convierte en la gran esperanza de que algún día la bondad que tanto hace falta, reinará en el mundo.

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