Observaciones e ideas

El antipeledeísmo, un deporte nacional

Ya supera al béisbol en cuanto a la pasión que despierta en los que, bien pudieran considerarse como adictos a ese estado mental. Y digo adictos porque pregúntese ¿Qué harían, de qué hablarían y en qué ocuparían sus cavilaciones de tiempo libre si el Partido de la Liberación Dominicana (PLD)—su archienemigo—desapareciera?

Parecería que no tienen un plan B; que han puesto todos los huevos de odio en una misma canasta: la canasta morada del PLD.

Y el Partido de la Liberación Dominicana raudo y diligente nunca les defrauda. Siempre hay un nuevo escándalo, una nueva estupidez o alguna casual torpeza ocasionada, como no podía ser de otra manera, por los mismos peledeístas.

El país ha despertado, de la mano del PLD, a la realidad de que no hay justicia independiente en República Dominicana; han conocido y masticado la impunidad. Han tenido que engullir déficit tras déficit, préstamo tras préstamo y a fin de cuentas sigue ese pueblo apasionado en el odio al PLD sin poder dejar sus inversores, sin poder tapar sus cisternas, sin poder abandonar su revólver o pistola de uso personal y consumiendo y pagando un combustible y una energía eléctrica por las nubes.

Eso es escoger por el PLD: escoger el mal menor, uno que al tiempo que comporta corrupción e impunidad también produce progreso y desarrollo

Se trata de un equilibrio perfecto entre la disposición al odio y la capacidad del PLD de—una y otra vez—dar motivos renovados para ser odiados por parte del pueblo.

Y en medio de los que odian y los odiados existe una masa de pueblo ocupada en su vida, de forma provechosa o de forma vana, ajenos a la problemática de Leonel, Danilo, Odebrecht o el Comité Político. Normalmente la filosofía más clásica considera a estos ciudadanos ajenos a la política como idiotas. Aunque yo considero su estado envidiable y provechoso.

Pero, sobre todos los problemas que tiene nuestra tierra, uno de los más graves no es tanto la delincuencia, sino la persistencia en las autoridades en subestimarla. Y ya es el colmo que, aparte de todas las limitaciones y complicaciones a las que es sometido el dominicano promedio, por la falta de calidad de los servicios, aparte de eso, repito, tampoco puede el quisqueyano andar tranquilo por su ciudad, por sus calles o por su barrio.

Sin embargo, pese a todo lo anterior el PLD no es lo peor. Existen peores y están representados en todo el resto de partidos de la oposición: incompetentes, indisciplinados, sin método, sin teoría, sin doctrina, a veces, hasta sin formas. Esas “organizaciones” a las que les cuesta confeccionar un padrón electoral interno no están aptas para gobernar. Especialmente el geriátrico Partido Revolucionario Moderno (PRM), refugio otoñal de una serie de líderes legendarios del finado Partido Revolucionario Dominicano (PRD).

Este PLD con todos sus errores, imperfecciones y crisis es la única organización que, en sentido general, está llevando a República Dominicana a buen puerto. Son los únicos que tienen en mente el desarrollo real de las potencialidades del pueblo, nación y país dominicano. Y en ese sentido han trabajado. Ha habido corrupción, es cierto, pero la habría no importa cuál partido gobierne el país, con la diferencia de que optar por la oposición es como tirar la casa por un barranco.

Maquiavelo ha dicho que se puede tener por sensato a aquel hombre que, puesto a escoger entre dos males, escoge el menos malo. Eso es escoger por el PLD: escoger el mal menor, uno que al tiempo que comporta corrupción e impunidad también produce progreso y desarrollo.   

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