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Ataques colectivistas a las subastas diarias de precios libres

Todos los días hay que dar gracias por los beneficios de la mega subasta diaria de precios libres que permite tener alcance a tantos bienes y servicios indispensables para la subsistencia.  Todos los días también se deben denunciar las agresiones de quienes usan o estimulan al poder coactivo para eliminar o limitar su influencia.  Sustituir la coordinación de millones de individuos, vía contratos libres donde se crea información de precios relativos en sus transferencias de activos propios, por un “Plan Gubernamental Nacional de Precios Racionales, Equitativos y Justos para Mercaderías y Servicios Autorizados” trae como resultado góndolas de supermercados vacíos y servidumbre al poder político.  Ejemplos del pasado y el presente sobran, pero la libertad es de las cosas que sólo se extrañan cuando al extremo de cada canilla o batata, según la pantorrilla, hay un grillete de plomo.

Dos contratos multimillonarios a dos peloteros de origen criollo, la aspiración blindar el empleo judicializando el desahucio, el endurecimiento ley alquileres favorecer banco estatal, la cruzada por aumento del salario mínimo, las viejas promesas en caras nuevas de proteger “derecho a consumir bienes producción local”, anuncios esperanzadores de nuevos megaproyectos en cuarta oportunidad y el escrutinio gubernamental prevenir ofertas fraudulentas en San Valentín, son apenas algunos ejemplos de la mentalidad proclive al colectivismo que parece ser dominante. Vamos a comenzar con las deportivas.

Un lanzador decidió que el contrato a cinco años le ofreció su equipo era una opción que le convenía más que someter su salario a un arbitraje anual por cuatro años, única vía para mejorar sus ingresos hasta que llegara momento ir agencia libre.  Partes hábiles para contratar voluntariamente, dentro del marco legal consensuado entre peloteros y dueños de equipos en esa liga profesional. El Jugador tiene propiedad sobre su cuerpo y, en consecuencia, es el único con capacidad para decidir sobre la remuneración por la alienación de sus servicios. El tesorero de la organización, con poder para hacer oferta final compromete las finanzas del equipo.  La firma del contrato indica que se logró “el encuentro de las mentes” requiere su validez, más claramente, de las únicas dos que importan y demuestran estar ahora en mejor posición individual que antes. Miren esta perla colectivista.

“Lo engañaron. Eso no hubiese pasado si fuera pelotero cubano y existiera el acuerdo con las Grandes Ligas para que sea un comisionado deportivo del gobierno que contrate las mejores opciones para beneficio del jugador y las finanzas del estado, ya que fue éste que facilitó su desarrollo.  Con los números que ha puesto en su corta carrera, tenía arbitraje garantizado por US$17 millones, para una plusvalía en exceso de 28 sobre lo que pactó y ahora se embolsillan los yanquis.  Esto es ejemplo de la gula de equipos imperialistas que ha impedido a Cuba la exportación de su talento deportivo a contratos justos, privando a los millones que disfrutan el beisbol de esa materia prima de superior calidad cuando se organizan los deportes con esquemas socialistas.”  Severino debe dar las gracias de haber nacido en país con condiciones severas, pero donde el gobierno no se atribuye propiedad sobre su cuerpo y las habilidades con que nació o dedicó tiempo a desarrollar.

En cuanto al contrato multimillonario de otro jugador, por US$300 millones, el escenario es otro. Ahora los dueños del equipo son brutos, irracionales, no saben valorar objetivamente contratos porque van a pagar un salario que no lo merece ningún atleta, de ninguna disciplina deportiva que se esté practicando ahora o cualquier otra nueva que se invente en el próximo siglo.  Para un grupo de iluminados los precios de las cosas, excepto en obras de arte o antigüedades, “son parametrizables”, es decir, se puede llegar a ellos por un cálculo objetivo, sin necesidad del caos donde todo el mundo pone a sus cosas el precio que le da la gana.

Que alguien opine que tal o cual cosa tiene un valor que no se corresponde a la realidad ni al probable desarrollo de eventos que considera van a ocurrir, no es absolutamente nada malo cuando se trata de la simple expresión de una idea o la motivación para una actividad especulativa privada.

Si se está manifestando una opinión, no hay nada que objetar.  Un diletante o profesional ejerce su derecho a la libre expresión cuando emite juicios sobre la dispersión de un precio pactado sobre lo que estima es precio considera más correcto.  No daña a nadie.  En el caso de que esa apreciación es seguida de acciones con capital propio para corregir una distorsión con fines de lucro, lo que hace el especulador, su labor es positiva. 

Tal como explica Walter Block, el especulador cuando compra en años de “vacas gordas” provoca que los precios sean menos bajos que el precio de equilibrio cuando están en abundancia.  Cuando vende en los que están flacas, genera un aumento de oferta que reduce los precios altos que se correspondían con su escasez.  Y si se equivoca, porque nunca dejaron de ser abundantes, va a perder su propio capital, no el ajeno.  Si se encuentra pedestre este ejemplo, vaya a la naturaleza de los contratos de opciones, donde arriesga su patrimonio todo el que cree tener habilidades para predecir los precios de valores financieros.  El que sabe lo que en realidad se debió pagar por Machado, y confía en su conocimiento superior, puede estar desperdiciando una oportunidad hacer fortuna en Wall Street.   

El problema con los que se creen con habilidades superiores a las partes contratantes para fijar un precio, ocurre cuando tienen poder para imponer lo que ellos consideran a los participantes a través de leyes. Por ejemplo, cuando son congresistas que someten proyectos para que las partes obedezcan su mandato de lo que es un precio justo o se le arrima un interés privado para que imponga el precio con que se sientan cómodos para competir con un bien importado.  En resumen, la arrogancia del socialista y mercantilista, depredadores que actúan aliados en su guerra contra la libertad contractual y mercados libres.

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