Atalaya del escrutinio

Sin la confianza, ningún gobernante sobrevive

El Maestro dijo: «Si no se puede confiar en un hombre, no sabría qué hacer con él. ¿Cómo podrías tirar de un carruaje que no tuviera yunta o que no tuviera yugo? – Analectas de Confucio, 2.22

La confianza es un elemento esencial para la gobernabilidad, así como para fomentar la estabilidad y el progreso de todo conglomerado social, desde la familia nuclear hasta la nación y más allá. Pensemos en la confianza como la grasa lubricante que mantiene los piñones de las relaciones interpersonales e interinstitucionales sin indebida fricción y desmedido desgaste, potenciando los grandes emprendimientos humanos de toda índole. El aclamado periodista estadounidense, H. L. Mencken, prefería destacar su potente efecto aglutinador, asegurando que: Es la confianza mutua, más que el interés mutuo, la que mantiene unidos los grupos humanos.” Sin confianza, ningún ente social complejo prospera, porque en la unión está la fuerza, y la cohesión de voluntades no es posible sin la confianza.

La confianza suele ser muy fuerte entre madre e hijo, casi a nivel de fe: ingrato es el hijo que no confía en su madre, y viceversa, siendo esta una rara anomalía. El sentimiento de fidelidad no es siempre igual de fuerte y constante entre padre e hijos; precisamente esa es la meta de la elusiva paternidad responsable. No siempre existe el mismo grado de confianza entre cónyuges: por eso muchas parejas nunca se integran en un hogar, o se desintegran rápidamente, quedando con preocupante frecuencia la madre soltera con los hijos. Entre hermanos la confianza es variable, produciéndose frecuentes crisis como aquella primera, entre Abel y Caín, y todos sabemos cómo terminó quebrándose la confianza depositada por Abel en su hermano mayor. Igual ocurre con grados menores de parentesco, con frecuencia la fuerza de la confianza se va debilitando a distancia, sobre todo si no la cultivamos intensivamente. 

La confianza tiene que ir creciendo y ampliando su alcance a medida que se desarrolla el individuo y se expanden sus horizontes. Tenemos que progresivamente confiar en los vecinos, los maestros, los colegas en la escuela y luego en el lugar de trabajo, en las autoridades y en las instituciones. Pero la confianza es de doble vía. No solo debemos confiar, sino que también hay que ser confiable. Igual tenemos que inspirar confianza en las personas que interactúan con nosotros, si queremos ser exitosos en la vida. El trabajo en equipo es un excelente medio para fomentar la confianza mutua.

Ampliar el alcance de la confianza a círculos de individuos cada vez más numerosos y distantes es lo que permite pasar de la vida tribal de un puñado de integrantes a las sociedades contemporáneas en populosas ciudades y naciones. Pero tampoco se trata de confiar ciegamente en todos y todo el tiempo, sino de tener la disposición de confiar en los individuos y las instituciones que cumplen. Juvenal, el poeta satírico romano, supo captar el equilibrio necesario al respecto en su máxima: “Confiar en todos es insensato; pero no confiar en nadie es neurótica torpeza”.

Confiar es correr un riesgo, pero lo hacemos todos los días. Según Ernest Hemingway, La mejor manera de saber si puedes confiar en alguien es confiando”. Pero la confianza se pierde con facilidad, y difícilmente se recupera, pues exponerse repetidas veces al mismo peligro no es sensato. Si repetidas veces nos destruyen la confianza, nos limitan la capacidad de confiar en el futuro. Terminamos lamentando como Nietzsche, al decir: No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte. Y no poder confiar impone un serio factor limitante a nuestro potencial, a nuestra esperanza, a nuestro futuro.

La confianza es primordial en el arte (o la ciencia) de dirigir, de gobernar. No hay buena gestión, no existe buen gobierno sin una alta dosis de confianza, que es el diario reconocimiento de la legitimidad de la autoridad por el pueblo, de su confiabilidad y credibilidad. En su más simple expresión, el buen gobierno del Estado reposa sobre tres pilares: el bienestar, la fuerza represiva, y la confianza. Dos de estas tres columnas son bien concretas y su mecánica harto conocida: Confucio hace 2500 años las representó por la comida y las armas.  El tercer pilar sigue luciendo etéreo; sin embargo, el gran sabio chino supo valorar en su justa dimensión la importancia del elusivo elemento primordial en el trípode de la gobernanza, apuntando:

Zigong preguntó sobre el gobierno. El Maestro comentó: «Suficiente comida, suficientes armas y la confianza del pueblo.»  Zigong preguntó: «Si tuvieras que prescindir de una de estas tres cosas, ¿qué dejarías de lado?» —«Las armas». —«Si tu tuvieras que prescindir de una de las dos restantes, ¿cuál dejarías de lado?» —«La comida; al fin y al cabo, todo el mundo tiene que morir más tarde o más temprano. Pero sin la confianza del pueblo, ningún gobierno puede mantenerse.»   Analectas de Confucio 12.7

En conclusión, la confianza es esencial para el buen desempeño de la sociedad y su gobernabilidad. Mas la confianza es muy frágil: se requiere de toda una vida para robustecerla, y en un instante se desintegra por un paso en falso. Confiamos en la persona confiable, en quien se respeta a sí mismo y su propia palabra, porque se ha ganado la credibilidad. Una vez advertimos que no es confiable porque no cumple, la fidelidad se desmorona. Cuando se pierde la confianza, se potencia un colapso social como el que se vive hoy en Venezuela, donde el gobierno de Maduro se sustenta solo en las armas, pues suficiente comida y confianza en el gobernante no hay desde hace tiempo.

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