Coors, una cerveza para la historia

León De Moya - 11 de febrero de 2019 - 12:03 am - Deja un comentario

Anoche, un hombre de gran decisión me dijo que quería una cerveza. Nunca pensé que se escaparía -como las liebres- de la mano de un cazador de futuro.

-Dígame, puede usted darme una versión adecuada del misterio de esa esquina capitalina donde existe una coligación indeterminada entre radicales y dos o tres inofensivos indeterministas de nuevo cuño?

Debajo de la alfombra hallaron dos tickets para ir a ver a Morrisey –un cantante inglés que amo– y un libro de Introducción a la fenomenología de Husserl. Le dije que esa era mi vida que es lo mismo que decir que en el bajo fondo de un barrio que no es Los Farallones, se pueden capturar en el fondo de la noche, los más advertidos letreros de una campana que nos advierte precisamente de esos pequeños patios donde es posible ver a un político inmiscuirse en la planeación de un programa que termine de una vez y por todas -de la sabiduría no puede esperarse sino otra cosa- con  la función esta de las marchas sin cabeza que son como serpientes que Pena Gómez nunca admitiría porque Peña, ya lo sabemos, no es un tipo sino de decir estas palabras: Muevan las banderas. Era la época en que Pena Gómez le dijo a la gente: si me topan, esto cogerá fuego.

El tipo estaba concentrado en un coñac Duque De Alba que le regale con más conciencia de la época que con experiencia porque a decir verdad un whisky es un whisky chino y en la formulada integración de todos al bar, siempre hay una misión donde todo es protesta, condición sinequanon para contradecir un orden que otros comprenden como se toma uno una pilsener dentro de un túnel como el de Puerto Plata.

Está en presente –no es pasado o en futuro- el viejo aserto, le dije en el que usted y yo entramos, como en la máquina del tiempo, al vasto lugar donde un candidato se convierte en un adivinador de incertidumbres que nadie quiere tomar en cuenta en el hotel de la playa. 

Por estas razones, -y otras que escapan al destino de estas notas- nos propusimos entender la maquinaria esta que, aceitada como una lagrima, nos propuso comprender el abismo de un puente que la Secretaria de Obras Públicas, nos propuso como la solución que Hazzlit nunca soñó en el libro que leímos en los noventas.

Disonancia aparte, todo el egoísmo de un comprador de cotorras en la autopista Duarte, nos propuso una lectura que otros –nunca peledeístas, más concentrados en conocer el límite de una explosión demográfica que otra cosa– en la tentativa de conocer lo que se movía, nos dijeron –como quien se lanza de un skatboard que cruzara la 27 a cien kilómetros por hora con una flor en la mano– , aparte de la donación que nunca hizo doña Emma, la hermana del presidente Balaguer, a su gente. Ese indeterminismo que corre por la conciencia abismal de algunos votantes, era como mágico. Actitud magra, el invitado a ese bar de la ciudad, conocido por entretener a un amigo de un diputado en el proceso de preparar malos tragos, eligió no decir que pensaba sobre aquello que estremeció al mundo: la noticia de que Brad Pitt entraría en la fama con una película donde nunca se hablaría de sales o entras –la producción con base en la novela de Marx Brooks fue suspendida–, pero no te quedas inmóvil, es decir ese viejo aserto orteguiano que nos habla de la necesidad de movernos de lugar para cambiar el escenario. Full funcional como un teorema poskeynesiano, y perpetuo como una milagrería temática de Federico Nietzsche, nos propusimos de manera inconclusa conocer lo que el bar ofrecía esa noche de misterio, ya alejados de mares de infamias que nunca nos importaron y que a decir de algunos analistas, nos dijo que nadie sería capaz de decirnos cuál era el futuro en el mercado electoral, ahora lejos de cotorras, venta de votos, y estaciones sonadas del anti-liderazgo de todos los presentes en la reunión de esa noche.

Le dije: quien se mete a matemático electorero cae a fin de cuentas en el conocimiento del principal factor que otros conocen: que, en el inicio de este proceso, lo irreflexivo adoptaría la misma voz característica de ese comercial en el que la cerveza Coors –que supuestamente toma George Bush, debemos analizar este dato, quizás es Michelob o solo nada-, propone entrar en otra realidad, comercial que en verdad no existe pero que sería chulo como ganar las elecciones.

He escrito esta nota desde un magnetófono metódico que me permite pronunciar –con un fregador Axion en las manos-, la palabra mágica: el papel lo aguanta todo.

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