El Barón de la Atalaya

Elsa Guzmán Rincón - 9 de febrero de 2019 - 12:08 am - Deja un comentario

A propósito de la gran herencia de “los Rosario”, que en realidad no sé a cuánto asciende, porque como nunca he tenido un millón de pesos en mis manos, no sé pronunciar la cantidad a la que se refieren, llega a mis recuerdos la gran herencia de la familia Guzmán.

Recuerdo que en mi casa había un pequeño museo, en donde se podían conocer todas, pero sin excepción, las maderas de nuestro país. Mi papá había recorrido todo el territorio nacional recolectando las diferentes muestras, las cuales fue recortando en pequeños rectángulos y debajo las especificaciones de cada una, nombre científico, nombre común, procedencia, en fin, una explicación detallada para aprender.

Para sus clases, preparaba él mismo todo su material. En cartulina dibujaba todo lo que era anatomía, zoología, botánica. Idénticos carteles a los que creo, todavía usan en los colegios, porque hasta el año 2005 los usaban. En el área de matemáticas, medidas, ángulos, figuras geométricas. En geografía,  los mapas del país, físicos y políticos. Los mapas del mundo entero. De geología, tenía una colección de todos los minerales del país. Todos  empotrados en cartulinas o cartones fuertes y exhibidos en una habitación, ese era su gran orgullo.

Generalmente, los muebles de mi casa los hacía él. Las camas de mis muñecas me las fabricaba de todas las formas y tamaños. Nos hacía los caleidoscopios a mis hermanas y a mí para nuestro disfrute. Con mi padre aprendí a manejar el martillo, el serrucho, los alicates, los distintos destornilladores. Aprendí a hacer instalaciones eléctricas y  en lo que fue su gran obra  de arte, también lo ayudé. Construyó la lámpara de techo más hermosa que yo haya visto con los frasquitos de anestesia odontológicas, algo que causó sensación y que desfilaron por mi casa y por años gente a admirarla. Hoy recuerdo donde la guardó en nuestra mudanza hacia la capital, pero nunca la recogimos. Quizás un día me decida a construir otra por lo menos parecida y en su memoria.

Poseía una gran biblioteca, la cual doné  cuando murió, a unos seminaristas por Herrera. Era un gran lector, herencia que nos dejó. Siempre tenía un libro en las manos.

Como era inquieto, se preocupó de hacernos nuestro árbol genealógico. Se entró en todos los archivos que consideró podían aportarle datos. Al trabajar mucho tiempo como secretario particular de algunos obispos, tuvo acceso a los archivos religiosos, por eso hizo un trabajo minucioso y serio. Tendría hoy 105 años. 

Un día, hace de eso cerca de treinta años, apareció una pariente nuestra, su visita no tenía otro propósito que no fuera que  le consiguiéramos el árbol genealógico que sabía mi papá había hecho,  porque “ya sí era verdad que se iba a conseguir la herencia del Barón de la Atalaya” que nos pertenecía a la familia Guzmán.

Papá con estudios de filosofía, quien casi se ordenó de sacerdote,  no solo fue un gran maestro, un investigador, un gran artesano, un verdadero artista, sino conocedor de la idiosincrasia del dominicano, la miró y le dijo que le daría una copia, pero que él creció escuchando a mi abuelo, su padre, quien murió hace setenta años, por lo que no lo conocí,  hablar sobre esa famosa fortuna que no era más que una leyenda, que qué tonta la gente.

De todos modos le dio una copia, nunca supimos qué resultados tuvo en sus averiguaciones, pero mi papá me dijo, al igual que le dijo su padre y yo ya hace mucho tiempo a mis hijos, que eso era algo cíclico, que cada cierto tiempo aparecía alguien tan iluso y algunos vivos, creyendo en historias inventadas.

Lo único que me duele y lamento es que si mi padre no hubiera sido tan escéptico, tal vez hoy yo fuera una “baronesa” y por ende, multimillonaria, en vez de ser una simple y humilde ama de casa.

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