La columna de Miguel Guerrero

La esencia revolucionaria del Sionismo

Las más avanzadas ideas de su época inspiraron la creación del moderno Israel.

Desde que Theodore Herzl concibió el renacimiento del sentimiento nacional del pueblo judío al través de la creación de un Estado en la tierra de sus antepasados, el Sionismo  ha jugado un papel trascendental en la vida del pueblo que puso fin en 1948 a más de 2,000 años de dispersión y persecución constante. Contrario al significado peyorativo que pretende dársele, el Sionismo es el nombre que describe el movimiento nacional de liberación del pueblo judío y es una de las pocas revoluciones que ha cumplido parte sustancial de sus objetivos nacionales. Hablar pues de Israel y Sionismo como dos conceptos disímiles y contradictorios es inconcebible, por lo menos para los judíos.

Además, el movimiento sionista fue inspirado y nutrido siempre de las ideas más avanzadas. Los judíos fueron asesinados en los campos de concentración, en los sangrientos y oscuros pogromos de la Rusia zarista y la Polonia católica de finales del siglo XIX y comienzos del siguiente. Tuvieron que despojarse de sus bienes para comprar el derecho a una vida miserable y en la sombra. Tenían que empaquetar sus pertenencias una vez llegado a un lugar para estar prestos para un nuevo exilio. Pero jamás el Fascismo y otros movimientos retardatarios se alimentaron de la ayuda y la inteligencia judías. No hay un solo caso en la historia que pruebe lo contrario.

Los primeros inmigrantes judíos en Palestina, principalmente los de la segunda aliá de comienzos del siglo pasado, estaban impregnados de las ideas revolucionarias y renovadoras de la fracasada revolución rusa de 1905. Los que llegaron más tarde a la “tierra prometida” habían sido también marxistas y bolcheviques. Ellos avivaron el fuego de la redención sionista e inyectaron a la lucha por la fundación del Estado judío la concepción de los bienes compartidos que derivó en la formación de las granjas kitbutz y los mosavh, que ninguna otra revolución, ni la soviética, china, mejicana o cubana, lograron implantar después.

Las masivas migraciones de judíos de finales del siglo XIX y comienzos del  siguiente a la tierra de donde fueron obligados a salir sus antepasados dos mil años antes, implantaron allí el ideal de una liberación del pueblo hebreo por medio de la superación material, la igualdad económica y el respeto mutuo. Hicieron realidad lo que parecía una ficción: el retorno a la “tierra prometida”. Como movimiento nacional de liberación, el Sionismo, ideal que esa generación representaba, no podía, sin embargo, hacer milagros.

El desarrollo, el tiempo y el antagonismo de sus vecinos han planteado cúmulos de problemas inherentes a su propia evolución y lógicamente a las posiciones de sus adversarios. Es el resultado de lo que el  eminente pensador israelí doctor Herzl Fishman describió como la “super-romantización” del empeño sionista, y su efecto entre quienes así lo han aceptado. “El desafío que afronta el Sionismo redencionista”, escribió Fischman,” es aún más agudo que el problema árabe. Tiene que ver con la naturaleza del carácter nacional de Israel. La tarea que confronta la cultura de la mayoría es cómo incorporar las grandes esperanzas desarrolladas en la dimensión del tiempo, que recalcaban la fuerza interior de los ideales de redención, en un Judaísmo de espacio que marca el reingreso del pueblo judío como tal  en la abierta, prosaica órbita de la historia”.

Para enfatizar el elemento redentor contenido en el retorno a su tierra, el Judaísmo en Israel debe articular una filosofía a partir de ese objetivo nacional y del destino moral colectivo, cultivando una vida cívica cotidiana de muy alta calidad, todo dentro del marco de la soberanía política israelí. Según escribió Fischman hace años este ha sido realmente el verdadero propósito del Sionismo, “con el Estado sirviendo solamente como un medio indispensable para este fin, y no como un fin en sí mismo”.

La creación, consolidación y supervivencia del Estado de Israel está lejos de haber cumplido los objetivos del Sionismo, escribió el pensador judío Herzl Fishman hace varias décadas. El Estado soberano, dice, “es el requisito para la redención nacional en la época moderna; para la realización plena del potencial espiritual de la nación, pero no debe rendírsele culto. Con la asistencia del aparato del Estado soberano, se le dará una oportunidad a su pueblo, en términos maimonideanos, de transformarse en un razonable modelo colectivo de mayor sensibilidad, misericordia, integridad y creatividad. Hoy en día, el Estado judío físico ha sido establecido, pero su misión de redención está aún lejos de haber quedado cumplida”.

Fishman encuentra una clara explicación de por qué esos objetivos no han sido alcanzados, a pesar del enorme desarrollo material de Israel: “…cierta gente está desilusionada con la imagen espiritual de Israel”, escribió.”Para ser justos, al carecer de la condición básica de una relativa seguridad física, con los costos actuales de la defensa creciendo en estremecedora proporción totalizan más del 40% (hoy es mucho más) del presupuesto nacional, con nuestro pueblo pasando tres años en el ejército regular y luego 100 días cada año en la reserva; y con la continua y corrosiva incertidumbre sobre si nuestros vecinos nos permitirán jamás vivir en paz, cualesquiera fueran las concesiones a que accediéramos, es extremadamente difícil para una pequeña y jaqueada nación de concentrarse en la calidad redentora de una vida basada en sus auténticos valores y aspiraciones nacionales y espirituales”.

Una razón más profunda tal vez exista en el sentimiento de desilusión con la imagen de Israel, que Fishman define así: “…mucha gente ha super-romantizado el empeño sionista, aplicándolo únicamente a los componentes idealizados, temporales llenos de fuerza interior del ideal de redención, más que a las realidades de la vida impuestas por la responsabilidad de la existencia nacional y territorial”.

No es cierto que Israel  sea opuesto a un Estado palestino. Esa es una de las tantas falsedades que impiden un análisis objetivo del prolongado y cruento conflicto que estremece esa zona, a la que la mayoría de los seres humanos, cristianos, musulmanes y judíos, estamos espiritualmente ligados. Entre judíos y palestinos existen más vínculos y afinidades que entre palestinos y cualquiera otra nación árabe.  Los orígenes del conflicto se diluyen en el tiempo, es cierto, pero algunos no son tan remotos como se piensa. A la salida de las fuerzas de ocupación británica en mayo de 1948, en cumplimiento de la resolución de Naciones Unidas que aprobó la partición del territorio para integrar allí dos naciones, una judía y otra árabe palestina, ambos pueblos tuvieron la oportunidad de convertirse en estados soberanos.

Sólo los judíos hicieron realidad su sueño. Al intentar abortar el empeño nacional israelí, los ejércitos árabes vecinos que invadieron el territorio asignado a los judíos, impidieron con su acción que los palestinos pudieran convertirse en una nación, como merecen. Se trata de uno de los pueblos más creativos, con un enorme potencial. Miles de vidas, de ambas partes en el conflicto, han sido sacrificadas a lo largo de esos últimos 70 años.

Sus causas no son tan sencillas como se las pretende. No se trata sólo de que los palestinos tengan su propio Estado, al cual tienen pleno derecho, sino de la negativa de algunos gobiernos de la región a aceptar el derecho de los judíos a tener el suyo.

Israel ha podido convivir con antiguos adversarios—Egipto y Jordania— a partir del momento en que les reconocieron ese derecho. El día en que palestinos y judíos se den la mano y acuerden sepultar sus diferencias, lo que espero no esté muy lejos, ambos pueblos podrán vivir y progresar en perfecta armonía.

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