Atalaya del escrutinio

La arrogancia del poder/el poder de la humildad

Y por eso el arrogante,

Cuando se hace poderoso

Es temido y peligroso;

Pero cae tarde o temprano

Convertido en un gusano

¡Que sigue siendo enconoso!

Poder y arrogancia son prácticamente dos caras de la misma moneda: la persona obsesionada por el poder suele ser arrogante, y el arrogante presume de tener un gran poder (al menos en su cabeza), y gusta exhibirlo.  En cambio, rara vez el poder terrenal y la humildad se emparejan, quizás porque como observara el novelista venezolano, Francisco Herrera Duque, “El hombre bueno no ansía el poder”, al menos no en provecho propio.

La arrogancia acostumbra hacerse acompañar de egoísmo, soberbia, prepotencia, presunción, vanidad y altanería. Es inagotable, pues en lugar de desgastarse, crece y se multiplica con el uso, y se derrama en cascada hacia abajo en la jerarquía. En el corto plazo, el poder de la arrogancia y su séquito es arrollador, suficiente para aplastar a toda persona que se le enfrenta sin poseer una sólida autoestima y paciencia infinita como escudos para protegerse.

La humildad, sin embargo, anda desarmada, pero no es desalmada. La sencillez desarma y la autoestima es una armadura que protege contra el desprecio de la prepotencia.

En el largo plazo la arrogancia es débil  y la humildad fuerte. El conde León Tolstói nos ilustra al respecto: “Una persona arrogante se considera a sí misma perfecta. Este es el principal daño de la arrogancia. Interfiere con la tarea principal de una persona en la vida: convertirse en una mejor persona.” 

La arrogancia es autodestructiva; la humildad es edificante. La arrogancia no solo es nociva para la víctima receptora de las malas vibraciones de la soberbia y la altanería, sino que el poderoso engreído ve truncado su desarrollo como persona, cayendo “tarde o temprano como un gusano”.  En cambio, la humildad es una cantera de aprendizajes que propicia el crecimiento personal durante toda la vida. El poderoso que se sirve con la cuchara grande luce siempre arrogante en su avaricia; la persona que sirve a los demás exhibe auténtica humildad en su solidaridad.  No es un mero juego de palabras el decir de C. S. Lewis: “La humildad no es pensar menos de ti mismo, es pensar menos en ti mismo.”

“Cuánto más alto estemos situados, más humildes debemos ser”, nos recuerda Marco Tulio Cicerón. Y bien difícil que resulta cumplir la recomendación del cauto tribuno romano, pues la altura tiende a producir una altanería que marea, la arrogancia del poder. La arrogancia se manifiesta cuando los humos del poder suben a la cabeza, alimentando la vanidad y distorsionando la visión sobre el valor propio con respecto a ‘los de abajo’. Si la soberbia es corona sin cabeza, la humildad es realeza sin corona. Pero, mucho ojo, que la peor forma de arrogancia es la modestia fingida, la condescendencia calculada que lastima doblemente al humilde.

Una receta para contrarrestar la arrogancia del poder que merece nuestra detenida atención la formuló John F. Kennedy, con conocimiento de causa e inspirado en la lectura de Robert Frost: “Cuando el poder lleva a los hombres a la arrogancia, la poesía les recuerda sus limitaciones. Cuando el poder estrecha los horizontes de la humanidad, la poesía le recuerda la riqueza y diversidad de su existencia. Cuando el poder corrompe, la poesía purifica.”

Entonces, para ser mejores personas y servir a los demás, a escribir se ha dicho contra la arrogancia del poder, como lo hiciera Rubén Darío en sus hermosos versos, que sirven todavía de inspiración en la lucha contra la tiranía:

Temblad, temblad, tiranos, en vuestras reales sillas,

ni piedra sobre piedra de todas las Bastillas

mañana quedará.

Y recitemos también odas al humilde, como el poema titulado  “Si”, de Rudyard Kipling:

Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todos a tu alrededor
la pierdan y te culpen a ti.
Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos dudan de ti,
pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
o si, siendo odiado, no incurres en el odio.
Y aun así no te las das de bueno ni de sabio.

Si puedes soñar sin que los sueños te dominen;
Si puedes pensar y no hacer de tus pensamientos tu único objetivo;
Si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso,
y tratar a esos dos impostores de la misma manera.
Si puedes soportar oír la verdad que has dicho,
tergiversada por villanos para engañar a los necios.
O ver cómo se destruye todo aquello por lo que has dado la vida,
y remangarte para reconstruirlo con herramientas desgastadas.

Si puedes apilar todas tus ganancias
y arriesgarlas a una sola jugada;
y perder, y empezar de nuevo desde el principio
y nunca decir ni una palabra sobre tu pérdida.
Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones,
a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados,
y así resistir cuando ya no te queda nada
salvo la Voluntad, que les dice: «¡Resistid!».

Si puedes hablar a las masas y conservar tu virtud.
O caminar junto a reyes, sin menospreciar por ello a la gente común.
Si ni amigos ni enemigos pueden herirte.
Si todos pueden contar contigo, pero ninguno demasiado.
Si puedes llenar el implacable minuto,
con sesenta segundos de diligente labor
Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,
y —lo que es más—: ¡serás un Hombre, hijo mío!

 

En conclusión, Marcos el Evangelista sintetizó  las palabras poéticas de Jesús a los apóstoles sobre el poder de la humildad: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.” Al final no será primero el poderoso arrogante, sino el humilde servidor de todos.

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