Ligero el equipaje

Elsa Guzmán Rincón - 12 de enero de 2019 - 12:07 am - Deja un comentario

Cada año que pasa hago balance de lo que tengo. Pienso que tengo muchas cosas, cada año que entra, me despojo de muchas.

Mi vestuario consiste en dos pantalones jeans y tres suéteres, un pantalón blanco y uno negro, una blusa que combine con los dos. Dos pares de zapatos, uno para el diario caminar y otro para ir a determinados lugares, aunque al fin me ponga los de diario porque son los más cómodos para ir a todos lados.

Cualquiera pensará que es porque estoy vieja, pero recuerdo que cuando tenía dieciséis años mi hermana mayor me compró un vestido largo, de listas verticales con unos hilitos plateados separando cada lista, me parece ver a todas mis amigas tan preocupadas por el vestido que se iban a poner para ir a las fiestas, esa nunca fue mi mortificación, porque hasta los veintiún años fui a todas con el mismo vestido, creo que era la que más bailaba y nunca me quedé sentada, tampoco escuché a nadie hablar de mi vestido.

Recuerdo un vestido de jean que tenía que lo lavaba cada dos días para poder ponérmelo a diario. Mi hermana mayor, que siempre ha sido muy presumida, me decía si no me daba vergüenza andar siempre con la misma ropa. Alfonsina, la hija de una de mis mejores amigas, decía que cuando me muriera iban a ver la bata de la “loca de San Miguel” danzando por las calles.

Siempre he tenido una cartera, cuando ya no da para más, la cambio. Ahora dispongo además de una carterita de mala muerte, porque pienso que los
ladrones no creerán que llevo nada de valor ahí, eso sí, tengo la precaución de entrar en mis bolsillos una carterita pequeñita  con mis documentos y el dinero, tarjetas de crédito, seguro médico, etc. aunque dejo dentro de la cartera principal generalmente doscientos pesos por si vienen los ladrones y se la llevan no me peguen por no tener dinero.

No me pongo anillos, cada uno que tengo tiene algún significado especial para mí, por lo que no quiero me lo arranquen o me corten los dedos para llevárselos. Los aretes ya no los uso, porque no puedo usar a menos que no sean de oro, pues los de otro material me producen alergia y de ponérmelos corro el riesgo de que me los quiten de las orejas. No importa que vaya con mis hijos en sus carros, porque a su prima le quitaron los anillos  en un semáforo bajo la amenaza de “o me da los anillos o le llenamos la cabeza de balas a tu niña” ella tranquilamente se los quitó, se los dio y aceleró.

A mucha gente le gusta ir a Villa.com, como le llaman, porque encuentran de todo y a buen precio. Yo  no voy, porque la muchacha que viene a limpiar mi casa me dijo que los “tígueres” cuando salen de La Victoria  se incorporan a trabajar otra vez en Villa Consuelo, asaltando, como no los conozco,  no voy, porque no sé de quién cuidarme.

Hay muchas cosas que he dejado de hacer, por ejemplo, no me monto en carros públicos, primero hay que hacer filas para  conseguir un turno y segundo hay que escuchar a los choferes diciendo que se acomoden como anoche. En las guaguas imposible, porque se va tan apretado que ni se puede respirar, además, a las personas mayores no le ceden los asientos, ni guardias, ni policías, ni hombres, ni mujeres jóvenes y tengo prohibido por mis hijos usar esos medios de transporte, no por vanidad, sino por temor a que me pueda caer, darme un golpe o cualquier otra cosa desagradable por motivo de la edad.

Pero una vez hice un desarreglo sin que ellos se enteraran. Iba a Sabana Perdida a visitar a una ex compañera de trabajo, me fui a los bomberos, me monté en una “voladora” que estaba vacía, me senté en el asiento que daba a la puerta, pues así me podía orientar para poder llegar. Luego de media hora cuando se llenó, partimos. Íbamos como a diez kilómetros por hora, pregunté si así era que corría, alguien me dijo que al cruzar el puente ya aceleraba. Yo estaba muy preocupada porque había tanta gente que no veía donde estaba, de vez en cuando preguntaba por dónde íbamos y me preguntaron para dónde yo iba, les dije hay una iglesia evangélica en la esquina y un local del partido, contestaron a coro, ¡ah, usted va a Salomé!, muy solidarios todos estaban pendientes de donde me quedara.

Al  finalizar mi visita, decidí  regresar en otra voladora, mi amiga que sabía que siempre iba en taxi o mis hijos me llevaban, me dijo no te vayas ahí y sé por qué te lo digo. Llegué a la avenida y me entretuve mirando los teleféricos, en eso estuve como media hora y si me monté en la guagüita fue porque empezó a lloviznar. Tan pronto llegué a mi casa llamé a mi amiga, me preguntó si me había mojado, le dije que llegué entripada, pensó que la voladora no tenía ventanas, como acostumbran, pero lo que no tenía era techo. Una de las experiencias que más he disfrutado en la vida.

Quisiera vivir en una casa  pequeña, tener estrictamente lo necesario, comer si tengo hambre, levantarme cuando me apetezca, despojarme de todo lo superfluo, que mi equipaje sea tan ligero, que cualquier traslado sea tan fácil, porque nada tenga.

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