Opinión

El populismo: ¿una clasificación? (y II)

En la pasada entrega, planteamos cómo podríamos clasificar los distintos populismos. No hay un único populismo, en vista de que todos responden – por lo menos –  a lo siguiente: (1) construcción de una noción de pueblo para un fin;(2) van en contra de una hegemonía existente; (3) dividen entre adversarios (sin deslegitimación) – enemigos (con deslegitimación); (4) cuestionamiento institucional;(5) desde oposición, como mínimo; (6) radicalización o uso de la democracia como medio o fin. Por ello planteamos una clasificación que responde a cómo se manifiesta el momento populista y, a partir de allí, se presentan – al menos – 4 tipos. Admitimos que no es una clasificación rígida, sino flexible y que objeciones pueden plantearse.  En la entrega de hoy discutiremos el populismo mixto y el populismo degenerativo.

El populismo mixto es aquel que resulta, bien de un momento populista, pero no presenta al 100% los caracteres del populismo democrático o del populismo antidemocrático descritos la semana pasada. No solo dependerá del tipo de populismo que se lleve a cabo, también como se comporta el populismo en el marco de la estructura democrática republicana o parlamentaria. En su momento – aunque luego cambió – es la crítica que E. Laclau le hacía a la Presidencia Kirchner en que no identificaban el antagónico claramente de lo popular. Por igual, es el caso del partido de centro izquierda o derecha que hablan el lenguaje populista sin abrazar otros elementos propios del populismo propiamente dicho. Por ejemplo, ese fue el intento del Partido Popular (España) (Fernando Liria,2016) en las últimas elecciones antes del voto de no confianza a Rajoy, utilizaba elementos propios de un movimiento que aprovecha el momento populista. Bernie Sanders (Estados Unidos), en su campaña en el 2016, a pesar de que inspiraba un sentimiento populista, era difícil vincularlo al populismo, pero, sí Alexandría Ocasio-Cortez (Estados Unidos) es fruto de un momento populista generado por la Presidencia Trump, salió electa como representante de los distritos del Bronx y Queens.

El populismo mixto puede manifestarse cuando, en virtud de un momento populista, el movimiento o partido no puede consolidarse del todo en el poder. Esto sucede en sistemas parlamentarios donde es necesario hacer coaliciones partidarias para formar gobierno. Por ejemplo, en Grecia el populismo que en su momento presentaba Syriza, tuvo que hacer coalición con la ultra derecha populista de Golden Dawn para tener la coalición poder acceder al poder, aunque Syriza es un magnífico ejemplo de cómo se pierde tanto el discurso como el momento populista. Lo mismo sucede en Suecia donde la ultraderecha populista del Partido Demócrata, al ganar escaños suficientes, ha impedido la formación de gobierno. Pero, esto resultó al contrario en Israel con el advenimiento del Primer Ministro Netanyahu en las últimas elecciones; utilizando claves propios de un momento populista (que nunca se produjo, pero sí lo provocó), por ejemplo, en su momento con el intento de introducir la Ley del estado-Nación, no obtuvo los votos suficientes frente a la coalición de Zipi Livni en su momento, originando que se aliara con la ultra-derecha populista de Israel y formar gobierno.

Pero, no podemos olvidar Podemos – PSOE que posibilitó que este último formara gobierno tras el voto de confianza contra Rajoy. Podemos no alcanzó el poder, pero, su poder era necesario para que una fuerza no populista lo hiciera, porque los votos que carecía PSEO se los facilitaba Podemos (España). Más concreto, la relación PP, Ciudadanos y VOX es mucho más interesante, ya que la formación de gobierno en la comunidad de Andalucía (España) significara que PP y dos partidos populistas (sí, sostengo la tesis de que Ciudadanos es populista, o al menos en sus inicios) debían dar su apoyo. Tanto el PP había rechazado pactar con Ciudadanos y viceversa, y ambos pactar con VOX, pero, terminaron ambos pactando con la ultraderecha populista de este último imponiendo exigencias para el apoyo que van de la mano de la defensa de una identidad nacional andaluza, eliminación de protección de minorías, violencia de género, restricciones en lo sexual y reproductivo, etc.

Por otro lado, el populismo degenerado es el más conocido, aunque no bajo esta etiqueta o clasificación. Es el populismo que alcanza el poder y degenera en algo más. Usualmente en este caso el momento populista del movimiento o partido que alcanza el poder termina por degenerarse en autoritarismo, autocracia o totalitarismo. Por igual, el momento populista transciende el populismo para convertirse en la versión extrema del populismo anti-republicano que es la democracia iliberal que Viktor Orbán (Hungría) defiende. El principal ejemplo en el hemisferio americano se nota en Venezuela, al menos, después del golpe de estado contra el fallecido presidente Chávez y ahora con el gobierno de la administración de Maduro. No se trata de si es populista o no, se trata si era autoritario o totalitario, si las instituciones respondían al líder que era Venezuela y que Venezuela era Chávez. Como bien señala Iñigo Errejón de Podemos, Venezuela es sin duda un fracaso del movimiento populista de izquierda (Villañacas & Ruíz, 2018).

Ahora bien, el populismo puede degenerase de formas poco tradicionales. La discusión actual es sobre si el Presidente Erdogan (Turquía), en la medida que afianzaba su poder, se le imputaba represión a periodistas, historiadores y kurdos, fue construyendo para sí un momento populista que ahora es una “democracia autoritaria”. A partir de las modificaciones constitucionales terminaron por darle más poder, en especial después del intento de golpe de estado. Desde una narrativa antagonista respecto a la libertad de expresión, la secularidad, los kurdos y el terrorismo, hasta afianzar más su autoridad con la finalidad de deslegitimizar a los otros tanto internos como externos. Recuerden el incidente en Alemania cuando no se le permitió hacer campaña política en una localidad alemana de descendencia turca: Erdogan calificó a Alemania de fascista.

Esto nos lleva a una quinta clasificación que, adrede, he dejado fuera en la medida que el lector continúa cuestionándose sobre el populismo. El nacional populismo, estudiando por Kevin Passmore, Eatwell Roger y Matthew Goodwin, donde el populismo es la representación unitaria e indisoluble entre pueblo y líder, ultra-nacionalista, autoritario, anti institucional y/o antiestablishment, élite o los de arriba, pero, que no descarta la democracia. En esencia, siguiendo a Passmore, el nacional populismo es lo más cerca al fascismo o neofascismo en el sistema de partidos en democracias republicanas cuando estos no niegan la democracia. Bajo esta clasificación, Passmore coloca al Frente Nacional de Jean Marine Le Pen y de Marine Le Pen (Francia).

Se construye en base a la desconfianza antagónica del otro; porque existe una “trama” destructiva de cultura, formas de vida y valores; pérdida de trabajos y salarios; y la disolución entre los partidos existentes los votantes. A juicio de estos, la democracia liberal ha traído un daño que debe ser resuelto por aquellos que dan voz a los que no tienen, ante una crisis inexistente o crisis que se entiende es la fuente de todas las demás. Se prioriza la nación sobre el sujeto, porque, “lo nacional” “habla de sí, para si y por sí” (Cf. J.C Nazario). La “élite” mantuvo al pueblo a su merced. El nacional populismo se apropia de la agenda pública sociopolítica para sí y bajo su prisma, como tanto lo privado: dominan el debate y trazan la línea entre lo nuestro, lo demás y la élite globalista contra el desarrollo de una cultura que asumen no es la correcta. Bajo esta versión, por ejemplo, basado en las declaraciones, plan de gobierno, ministras y ministros, la Administración Bolsonaro en Brazil, aunque podría inclinarse hacia el populismo mismo, pero, lo frontal y directo que ha sido respecto a la polarización y su noción del verdadero pueblo brasilero, es difícil no calificar su administración bajo esta categoría.

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