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Sobre el crecimiento del Producto Interno Bruto

El Banco Central vuelve a publicar una estimación del crecimiento del Producto Interno Bruto que provoca, nuevamente, las quejas que se vienen escuchando por un cuarto de siglo.  Durante esos años, ha introducido cambios en la metodología siguiendo las normas internacionales para mejor la cobertura y medición de las actividades económicas conforman esa variable.  Ha contratado consultores internacionales con vasta experiencia y reputación en países en ese proceso, donde también ha adquirido primacía en la elaboración de las llamadas “cuentas satélites”.  Estas hacen un enfoque más detallado para algunas actividades en que se destacan las relaciones con otros sectores, como la desarrollada para la actividad Turismo.

Dentro del Banco Central, otra área diferente a la que elabora las cuentas nacionales, Programación Monetaria, también lleva dos décadas realizando las encuestas trimestrales de opinión industrial. Esta ofrece información cualitativa para comparar con los resultados del cómputo de su valor agregado y recabar las opiniones sobre el pronóstico de crecimiento para variables como inversión y ventas.  En esa dirección recae la responsabilidad para las estimaciones de indicadores adelantados para el crecimiento del PIB, el IMAE, que sirven para anunciar, como se hizo ahora, el crecimiento esperado del 7% del año recién finalizado.

En mis años de funcionario en el Banco Central, fui testigo del entusiasmo y la profesionalidad con que técnicos de ambas direcciones iniciaron el desarrollo de una Matriz de Insumo Producto, el modelo del economista Wassily Leontief.  Este galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1973, todavía estaba activo en la Universidad de New York y sostuvo reuniones con el equipo de trabajo que presidía un consultor había sido su discípulo.

También comprobé como director y subgerente técnico, en la primera gestión del actual gobernador, su apoyo a las áreas de programación monetaria, investigación económica y cuentas nacionales.  Daba aprobación con agrado las propuestas para incorporar a los jóvenes que llegaban con maestrías en economía o finanzas del extranjero y a los planes para desarrollar competencias de los técnicos de carrera que eran admitidos a estudios de postgrado.  En el presupuesto de las áreas técnicas se incorporaba cuanta facilitación se consideraba de importancia para mantener actualizado a los colaboradores y saludó la iniciativa para que sus destrezas analíticas y opiniones se mostraran en una revista interna de investigación.  Así nació Oeconomia, controlada por ellos y con la advertencia de que opiniones eran personales, no las oficiales de la institución.

Ese mismo respeto a los jóvenes profesionales para redactar sus artículos existía en las reuniones donde la alta gerencia, asesores, directores y técnicos revisaban los borradores para el informe de la economía del año o trimestre.  En largas reuniones cada párrafo tenía que pasar un filtro extenuante.  Eran presididas por la gerente o el subgerente técnico y asistía con bastante frecuencia el vicegobernador, quien abría espacio en su agenda o utilizaba los libres para participar en esta primera ronda.  A su cargo estaba presidir la segunda, para tener la versión que se discutiría con el Gobernador, en reuniones donde se consensuaba el texto final y se revisaban los temas principales en que hubo encuentros de opiniones técnicas.

Esa era la dinámica de respeto profesional que primaba en las reuniones para elaborar los informes, donde la sección del Producto Interno Bruto siempre ha sido una de las principales, opinión generalizada entre un grupo de amigos exfuncionarios de la entidad. Evidencias de que eso ha cambiado no tenemos.  El Banco Central continúa con un plantel de profesionales de primera línea, invirtiendo en la formación continua y es tan injusto como patético atribuirse el monopolio de la ética y la independencia para imputar sumisión a la nueva generación.  Además, y esto es lo más importante, el Banco Central, antes y ahora, siempre ha sido claro en establecer que sus cifras son un aporte para el debate económico, que deben compararse con otras estimaciones, propias o de otras fuentes, para orientar la toma de decisiones personales o sobre políticas públicas.

Recuerdo que el asesor más sui generis de la historia del Banco Central frecuentemente decía que “el crecimiento del PIB no se medía para dar en el centro de la diana”.  Se reconocía la rigurosidad de la metodología, pero se estaba consciente que el resultado no tendría la confiabilidad de una Tabla de Mortalidad o una prueba para detectar el porcentaje de defectuosos en una producción diaria de 10 millones de transistores.

Métodos alternativos para tener una proxy del crecimiento del PIB, sin embargo, no han surgido en el país por parte del sector privado o de otras entidades del área económica del sector público.  En EUA hace más de medio siglo hay una encuesta privada a los gerentes de las empresas más importantes de ese país, y con impacto en el crecimiento de la economía. Esta sirve para predecir el dato y es ampliamente usada para tomar decisiones, prueba de que se considera un buen predictor de la cifra oficial.  Que aquí eso no ocurra, no es culpa de un banco central cuyas cifras también han seguido presentando al análisis de los organismos internacionales, calificadoras de riesgo soberano y analistas de economías emergentes.

La economía dominicana crece.  El PIB no es “una guagua que va en reversa”, tampoco una “locomotora a toda máquina”.  Cada vez que se revela la cifra nos encontramos con los extremos de la irracionalidad que todo va al revés y una autocomplacencia que espanta y frena poner el acelerador en las reformas.  Ojalá podamos entender que es una aproximación al real crecimiento de la economía y que cada quien lo ubique en el rango que acomode a sus cálculos, intuición o percepción.  De esta manera será posible concentrarse en impulsar las iniciativas que nos conviertan en una economía cada vez más liberal y competitiva, que destruya los altares de rentabilidad asegurada y donde las decisiones de un consumidor soberano, no estatutos legales que otorgan privilegios, decidan la suerte de las empresas.   El camino a crecimientos bíblicos de “siete veces siete” es por ahí que anda.   

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