Dolor y gloria

Foto: Fuente externa/Antonio Banderas, en un incuestionable alter-ego almodovariano, encuentra las aristas necesarias para enfrentar, en toda su calidad artística, al personaje de Salvador Mallo quien asume con resignación todo este proceso existencial.

Título original: Dolor y gloria. Año: 2019. Género: Drama. País: España. Dirección: Pedro Almodóvar. Guion:  Pedro Almodóvar. Elenco: Antonio Banderas, Asier Etxeandia, Penélope Cruz, Leonardo Sbaraglia. Duración: 1 hora 48 minutos

Para un director como Pedro Almodóvar “Dolor y gloria” representa una película de mirada interior, reflexiva y hasta auto epistolar.  Es casi un complemento de una trilogía no oficial iniciada con “La ley del deseo” (1987) y “La mala educación” (2004).

Este filme se sintoniza muy bien con lo que ha sido la experiencia del propio director, su vida, su producción artística y su origen familiar. A través del personaje de Salvador Mallo, un director de cine en su ocaso, va analizando sus vivencias en la que se conjugan recuerdos de infancia con sutiles momentos de interiorización con respecto a su carrera y el inconmensurable vacío ante la imposibilidad de seguir rodando.

Partiendo del rescate de una antigua película rodada por él titulada “Sabor” y revalorizada por un nuevo público, Mallo se enfrenta al reencuentro de su actor principal Alberto Crespo que no había visto desde ese rodaje. Juntos vuelven a sus disímiles puntos de vista, Mallo no encuentra ya más justificaciones para la inspiración y Crespo que necesita reasumirse como un actor a partir de un monólogo que escribiera Mallo y que él desea interpretarlo en un pequeño teatro off.

No obstante, la presencia de la heroína (símbolo existencial de la movida madrileña de los ochenta) es que permite a Mallo hacer un recorrido por los laberintos de su mente, por aquellos surcos olvidados del tiempo, por esos recuerdos que lo obligan a conectarse con la figura materna (espectro esencial en los filmes de Almodóvar) y los miedos a la propia muerte suya y de los suyos.

Antonio Banderas, en un incuestionable alter-ego almodovariano, encuentra las aristas necesarias para enfrentar, en toda su calidad artística, al personaje de Salvador Mallo quien asume con resignación todo este proceso existencial.

La austeridad emocional con que Almodóvar asume este film recuerda las mismas andanzas de otros directores como Federico Fellini en “Ocho y Medio” (1963) o Ingmar Bergman “Fanny y Alexander” (1982) quienes retrataron experiencias similares.

El diseño de Juan Gatti y la dirección artística de María Clara Notari ofrecen ese aire impecable de utilización de colores que siempre ha caracterizado el gusto de Almodóvar en la que cada color, especialmente el rojo, representa una parte esencial en la narrativa.

“Dolor y gloria” es una carta que ofrece su director a ese público que lo ha acompañado por estas cuatro décadas, que ha sentido su dolor por lo que escribe y su gloria por lo que significa en el panorama cinematográfico mundial.

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