Chichiguas, de Manuel Rueda

Foto: Fuente externa/

Chichiguas, del escritor y pianista Manuel Rueda, es más que un relato de cometas o papalotes como sugiere su título. Es una historia de amor, donde se muestran trazos de la cruda realidad envueltos entre el candor y la ilusión en los ojos de un niño.

El autor nos cuenta de Miguel, un jovencito inquieto que cada día hacía el mismo recorrido, como hipnotizado, hasta llegar a la puerta de “la casa de los milagros”, y presenciar el “espectáculo” de “ángeles verdes, amarillos, jaspeados, llenos de flecos que sonaban como un arpa pequeña”.

Rueda, con sus ricas descripciones como visiones, logra atrapar al lector haciendo que en ocasiones dude si está hablando de seres espirituales o de esos artefactos hechos de papel y cintas multicolores que los muchachos suelen volar tirados por cuerdas hasta quedar enredados en algún árbol.

Pero nos despierta cuando escribe: “Ángeles de todos precios. Desde los arcángeles, solemnes e impotentes, que costaban más de lo que él podía pagar…hasta las pequeñas jerarquías de los querubines que costaban unos centavos”.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención de nuestro protagonista, era la sonrisa de bienvenida que le daba Mercedes, su amiga, quien a su corta edad ya sabía lo que era el trabajo, y creaba con sus manos los más pequeños ejemplares alados.

Rueda “da vida” a todos los elementos de la trama, incluyendo a los inanimados, personificándolos: Al niño ya no le atraían los “querubines”, los consideraba “demasiado nerviosos y alocados… no obedecían con rapidez sus órdenes. Cabeceaban a varios metros del suelo y temblaban como si tuvieran miedo a las alturas”.

Mercedes tenía una discapacidad física, sus piernas estaban “secas y paralizadas”, lo cual la hacía estar “atada a su mesa de trabajo” y a su amigo esto le partía el corazón, pero la sonrisa de su ella lo forzaba a devolvérsela.

Honrando esta amistad, la pequeña había prometido hacerle un “arcángel azul con una estrella de fuego en el centro”, aunque le tomaría un poco más de tiempo que el acostumbrado, ya que lo haría a escondidas de su tía Isaura, con quien vivía.

Miguel le agradeció con varios besos en las mejillas, a lo que la niña advirtió que podían ser sorprendidos y que no quería que le tuviera lástima. Pero su entusiasta amigo le respondió, con pura sinceridad: “Te quiero de verdad”.

El muchacho no podía esperar y cada día al salir de la escuela se sentaba a hurtadillas a observar a la joven artesana. Ella le advertía que al recibir su regalo tenía que ser “fuerte y dulce” e insistía: “Déjalo ir, Miguel, déjalo ir cuando él te pida”.

Ya casi llegaba el tiempo de hacerlo, pero el mozalbete tuvo problemas en la escuela y tuvo que quedarse encerrado en casa. “Al quinto día vino la libertad” y corrió a toda prisa por el camino conocido, pasando por la gallera, luego por “la callejuela de zanjas malolientes” hasta llegar al promontorio donde estaba la casa de su fiel camarada.

Sin embargo, todo el panorama se vio transformado por una escena llena de dolor y tristeza, y lo que había soñado se convirtió en pesadilla. Al reaccionar solo atinó a “gemir para sus adentros”:  —Oh Mercedes, ¿dónde estás?

Pero solo vio a su “príncipe” prometido, “poderoso como el cielo mismo y con la estrella escarlata en el centro”.

La tía de la niña le entregó el regalo que ella había creado antes de partir. Miguel tomo su arcángel y lo llevó hasta la orilla de una laguna y al soltarlo con su hilo de gangorra, lo vio volando en espiral como una serpiente. Mientras lo hacía, pudo escuchar la voz que decía en su cabeza: “Déjalo ir”.

Chichigua es una historia conmovedora, honesta y más que todo, humana. Manuel Rueda con su magistral narrativa, llena de imágenes, sonidos y sensaciones nos muestra realidades sociales que contrastan; la vida y el amor desde la perspectiva de los niños y de los mayores (a los ojos de los primeros), los sueños y las frustraciones; la felicidad sin importar la silla en que nos sentemos o la calle en la que vivamos; la resiliencia que nos hace levantarnos y mirar hacia lo alto y ver en medio de la oscuridad a “esa estrella enorme llameando”, que nos devuelva la esperanza.

 

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