El Ángel

La exploración que hace Ortega de este joven es una mirada a la psicología de un jovencito que decide irse por el lado más oscuro y sin tener ningún remordimiento por lo que hace
Félix Manuel Lora/Acento.com.do - 21 de noviembre de 2018 - 5:15 pm - Deja un comentario
Foto: Fuente externa/El debutante Lorenzo Ferro, en un trabajo de antología, es la clave también para que la película funcione a cabalidad, pues su rostro y perfil ayudan a desmitificar los rasgos del “serial killer”, sobre algunos argumentos aceptados de los sociópatas.

Título original: El Ángel. Género: Drama. Dirección: Luis Ortega. Guión: Luis Ortega, Rodolfo Palacios, Sergio Olguín. Reparto: Lorenzo Ferro, Chino Darín, Cecilia Roth, Daniel Fanego, Mercedes Morán. Duración: 1 hora 57 minutos. País: Argentina

“El Ángel” es una versión ficcionalizada de Carlos Eduardo Robledo Puch, probablemente el asesino serial más famoso de la historia criminal argentina que, según cuenta en su expediente, realizó 11 asesinatos y 42 robos en apenas dos años en que duró su vida delictiva. Hoy, 45 años más tarde, es el preso más antiguo.

Esta fascinación por este prontuario delictivo de Carlitos es que ha movido las intenciones del realizador Luís Ortega (Caja negra, 2002) quien ya había explorado la vida de criminales en la miniserie “Historia de un clan” sobre la familia Puccio, y que, a su vez, Pablo Trapero le dedicó un angustioso filme titulado “El clan” (2015).

Precisamente “El Ángel” hace esa exploración a la vida de Carlos Robledo, ese jovencito de ojos celestes, cara de niño simpático y de pelo rubio rizado. De esta manera es presentando en su escena inicial cuando se pasea por las calles y entra, sin tapujos, a una vivienda para tomar de ella lo que se le antoje.

La exploración que hace Ortega de este joven es una mirada a la psicología de un jovencito que decide irse por el lado más oscuro y sin tener ningún remordimiento por lo que hace. Pero la posición del filme no es escandalizarse de los horrores ni ajusticiar al personaje principal ni tampoco hacer un discurso sobre la culpa, su desempeño es bordear los ángulos ásperos para que la narración tenga su propio curso y defina la naturaleza ambigua del ser humano.

Narrada con elegancia, seducción, este filme sigue un patrón de aberturas y espacios que a veces se tornan estrechos para perseguir al personaje central sin ser jueces de sus acciones a sabiendas que es la propia sociedad la que lo condena.

El realizador, siendo hijo de una de las figuras artísticas del universo musical argentino como lo es Palito Ortega, no pierde oportunidad de homenajearlo a través de la introducción de un par de canciones pues estas también sirven de telón musical a la adecuada banda sonora que ha construido a favor de la película.

El debutante Lorenzo Ferro, en un trabajo de antología, es la clave también para que la película funcione a cabalidad, pues su rostro y perfil ayudan a desmitificar los rasgos del “serial killer”, sobre algunos argumentos aceptados de los sociópatas.

Esta condición es la que aprovecha su director para mostrarlo ante el público como un jovenzuelo como cualquier otro, pero con implicaciones morales subyacentes en la conciencia colectiva de lo que se considera ser criminal o no.

Ortega sale airoso de no caer en la apología del crimen, ni tampoco en la sublimación de la impunidad, más bien hace un retrato que va aclarándolo en la medida de la evolución de la historia, dejando posicionado un filme que también habla de la rebeldía, la inocencia y la libertad.

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