El colmo de la tolerancia

¿Debemos tolerar sin límites al intolerante?

No tolerar al intolerante sería indudablemente devenir lo contrario de tolerante, extinguir la esencia propia e igualarse al intolerante. Sería equivalente a conceder victoria al intolerante. Ser tolerante cabal implica aguantar la intolerancia- sufrir la intolerancia  aun a riesgo de ser engullido por el intolerante tolerado- antes que ser intolerante uno mismo. 

Pero, ¿puede la tolerancia ilimitada potenciar la destrucción de la tolerancia misma? ¿Podemos establecer límites a la tolerancia, sin devenir intolerantes?

Esta es una de las profundas paradojas de la sociedad abierta, y el dilema que debemos enfrentar día a día para preservar la libertad en democracia, encapsulada por Karl Popper en 1945:

Menos conocida es la paradoja de tolerancia: La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto con ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por rechazar todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que presten oídos a los argumentos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñen a responder a los razonamientos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos.
Tenemos por tanto que reclamar, en el nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia. (
La sociedad abierta y sus enemigos)

Popper advierte que en nombre de la tolerancia no debemos ser permisivos con las personas que se esfuerzan por imponernos por la fuerza su intolerancia, pasando “a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas”. El ingrediente de la violencia o la incitación a la tropelía es el detonante para deponer la tolerancia en aras a defenderla de la agresión en su contra. Evidentemente Popper recién había sufrido en carne propia esa evolución de las palabras intolerantes a la violencia que desencadenó al Holocausto, y advierte sobre este talón de Aquiles de la sociedad abierta.

Hay que tolerar las opiniones de los intolerantes mientras se expresan como argumentos, mas no permitir la coacción. Hay que ser tolerantes de las ideas y los sentimientos de los intolerantes, por disparatados que nos parezcan, pero jamás permitir la imposición violenta de su verdad, sea de un individuo o de la mayoría. Debemos ser tolerantes de las expresiones que juzgamos necias, siempre que no inciten a la violencia criminal y no vulneren los derechos ciudadanos. Ser tolerante no significa reconocer y valorar positivamente todas las ideas de los demás, solo implica permitir que se comuniquen abiertamente esas opiniones en cualquier forma de expresión, sin llegar a la violencia, ni siquiera a la violencia verbal que es la incitación. Ser tolerante tampoco nos impide combatir con argumentos razonados las expresiones intolerantes.  Nada nos requiere adoptar las ideas necias, solo tenemos que respetar el derecho de nuestro semejante a pregonarlas libremente en paz. Las opiniones necias nos deben motivar a luchar con altura y mediante argumentos razonados contra la intolerancia. Thomas Jefferson y James Madison nos aseguran que «…la verdad es grande y prevalecerá si se la deja libre, pues es el antídoto propio y suficiente contra el error, y nada tiene que temer de la controversia, a menos que la intromisión humana lo despoje de sus armas naturales: el libre razonamiento y el debate. Los errores dejan de ser peligrosos permitiendo que se contradigan unos con otros.”

La tolerancia es un valor supremo con respecto a la manifestación abierta de ideas y opiniones; es permisividad cobarde cuando se admite sin la debida resistencia a la vulneración de los derechos ciudadanos o a la incitación a la violencia en cualquiera de sus formas. Ser tolerante con los intolerantes es un ejercicio de funambulismo moral sin malla, pues un paso en falso podría desatar incontables sufrimientos y hasta la extinción de la tolerancia misma. En aras de preservar la tolerancia, hoy más que nunca debemos tolerar todas las ideas y opiniones, aun las más necias; pero jamás permitir de brazos cruzados la destrucción de la tolerancia por los intolerantes violentos. Debemos siempre ser tolerantes, nunca pusilánimes.

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