El Sol Naciente

Embraer desoída en suelo dominicano

La democracia está herida como una ángel que se retuerce en los confines inocentes de su propia anatomía por el caso de Embraer: la venta retorcida de los aviones Tucanos por una Empresa Brasileira a la Fuerza Aérea Dominicana.

Embraer acaba de ser condenada en Brasil por pagar soborno a funcionarios dominicanos. El fallo ha sido dado por los tribunales brasileiros en esta misma semana, cuando soplan los aires navideños que con sus frescuras hacen que olvidemos con rapidez cualquier cosa que moleste nuestro sosegado espíritu.

Pero duele a la conciencia nacional que el aparato del Gobierno dominicano no reaccione ante tan infausta     noticia que involucra en conexión implicante a funcionarios dominicanos, por la otra parte receptora de dólares en extorsión.

No obstante, escribo porque Embraer  representa una hebra incómoda en el tejido sucio de la corrupción impune que impera en el tramado de la gobernación política nacional. Una condena allende los mares, un expediente de papeles que hipócritamente ignoran las autoridades dominicanas  que de seguro tienen en sus manos.

Debemos reflexionar cuando los jóvenes nos increpan con el dedo acusador de: todos los políticos son iguales, o los empresarios dominicanos son unos depredadores egoístas. ¡ Y tienen la razón!.

Todavía hacen caso omiso del estrujado caso en la prensa del país sudamericano, pero aquí los funcionarios se dan por no enterados, obviando compromiso con tan sonado tema que dice mucho de la carencia de institucionalidad, la falta de una democracia transparente y los negocios turbios amparados en una justicia dominicana maniatada por los asociados  al poder politicio. Claro, con la honrosa excepción de unos pocos jueces de carrera.

Como puede apreciarse, la justicia anda coja y secuestrada para evitar consecuencias graves  a los detentadores de riquezas mal habidas.

Es así el porqué de controlar los estamentos judiciales: plasmar impunidad, una condición añorada y acariciada por el poder.

Es ahí donde se encuentra la explicación de la callada de algunos personajes con funciones públicas, cómplices de esas canalladas que alientan con desatar los vientos sociales por un cambio radical que coloque al país por el camino de respeto a las leyes y sobre todo a las buenas costumbres éticas.

Urge enderezar la vida democrática de la sociedad para que las nuevas generaciones prosigan un buen modelo ético de gestión de la gobernanza y no encuentren justificación alguna de clamar en reprimendas a la generación presente que hemos asumido el destino de gobernar.

Debemos reflexionar cuando los jóvenes nos increpan con el dedo acusador de: todos los políticos son iguales, o los empresarios dominicanos son unos depredadores egoístas. ¡ Y tienen la razón!.

Aquellos jóvenes y adultos que merodeaban el Parque Independencia en ocasiones desaliñados, con una » cantarita» a manera de alcancía, pidiendo encarecidamente unos centavos como contribución al Partido y con una retórica encendida de revolución, que convirtieron en Liberación, invirtieron sus discursos y postura añejas, una vez llegados al poder, en una «liberación» personal, troglodita y elitista que -cual camuflaje serpentino- mueven su proceder en el lodo de la corrupción.

Si Raffles el Ladrón de las Manos de Seda fue un bandido, al menos su bandidaje fue un drama que se enalteció en la historia porque lo robado retornó a los pobres, a los niños.

En el caso dominicano el drama culmina con la acumulación originaria de un patrimonio excesivo que conforma todo un consorcio prácticamente financiero, que en algunos críticos comentarios los ciudadanos abrumados se sienten anodadados y en falso creen que no podemos «hacer nada».

Desconocen el sentido de la política y la versatilidad del rumbo de la historia: lo único que no cambia, es el cambio.

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