Al amanecer

Las 21 curvas de la autopista del Nordeste

Más allá del debate sobre el éxito o el fracaso económico de la autopista Juan Pablo Segundo, como también es conocida la autopista del Nordeste que comunica casi en línea recta a Santo Domingo con la provincia de Samaná, la realidad es que transitar por dicha vía constituye una experiencia singular para descubrir otro país.

Los 106.59 kilómetros de longitud se inician en el kilómetro 20 de la autopista de Las Américas, y a lo largo de sus tres peajes el paisaje se va deshilvanando en numerosas pinceladas de la campiña nacional, donde los árboles en distintas longitudes se amoldan al ritmo ondulante, plano o mixto de la ruta recreativa y su contorno caribeño.

Hasta el kilómetro 50 todo fluye a pedir de boca, excepto por las tres primeras curvas en modo de preaviso que asoman entre el primer y segundo peajes que bordean las jurisdicciones de Bayaguana y Monte Plata. El verdor exuberante y la sensación del espacio vital se traducen en relajantes que tienden a distraer todos los sentidos.

A partir de Sabana Grande de Boyá, donde inicia el segundo tramo, la naturaleza en el este cambia a un terreno más ondulado y crescendo a montañoso, con el asomo de la cadena de Los Haitíses cortando como el filo de un cuchillo la cuenca del Bajo Yuna. Las rocas dejan de ser calizas y su color obscuro rememora periodos volcánicos.

Los dos carriles amplios y despejados en ambas vías van abriendo paso a un terreno accidentado a partir del kilómetro 60, con domos aislados y curvas sucesivas en ascenso y en descenso, en ángulos inclinados, donde conducir con moderación y a la defensiva es esencial para preservar la vida. Allí inician las últimas 18 curvas, como los amores: con sobresaltos, confianza y precaución.

La pista de rodaje es sumamente pulida. Y si hay precipitaciones, se incrementa el riesgo de un accidente indeseado, pese a que en ciertos tramos de rodaje se ha aplicado un sistema de granulación que permite a las llantas en buenas condiciones un mayor margen de seguridad del conductor frente a un eventual deslizamiento.

Lo más impresionante de la ruta panorámica con esencia turística lo constituye, entre curva y curva, mogotes y manglares, los lomos de las montañas aserradas por la dinamita y el poco o ningún riesgo de derrumbe a causa del mal tiempo. Además, las curvas contínuas no permiten desviar la vista de la vía de tránsito para quien conduce a la defensiva.

Desde el kilómetro 84 hasta el 106, donde empalma con el Boulevard Turístico del Atlántico en el distrito nagüero de Rincón de Molinillo, la ansiedad disminuye al quedar atrás las curvas en ascuas y retomar el terreno plano las condiciones típicas del tránsito: excesos de velocidad y la imprudencia usual de conductores temerarios.

Sin lugar a dudas, la autopista del Nordeste constituye no sólo ahorro de tiempo y de gasolina para viajar a la costa del Atlántico. Es una manera moderna de disfrutar la exuberante naturaleza del país junto a buena compañía, un arcoíris de hojas y colores, de árboles y piedras conjugados en simetría y armonía.

La ruta acerca al calor y a la acogida de nuestra gente buena. Esa obra maestra hay que preservarla a cualquier precio. Todo ello y más hace sentirse turista en otro país… llamado República Dominicana.

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