La muerte en dos tipos de guerra

Víctor L. Rodríguez - 5 de diciembre de 2018 - 12:08 am - Deja un comentario

En la universidad de Salamanca Millán Astray gritaba: “muerte a la inteligencia”, pero Astray, el novio de la muerte, era un mutilado y como tal le llamaban “el glorioso mutilado”, como son muchos apologistas de la muerte por insuficiencia cerebral. De Astray, dice Paul Preston, “institucionalizó y evangelizó los valores brutales y embrutecedores con que Franco libró y ganó la guerra civil española”. Millán ejerció, dice el historiador, la mayor influencia en la formación ideológica de Francisco Franco.

La muerte para Millán Astray era un credo donde morir no se consideraba un asunto de una sola vía. Los soldados como los ancianos no sólo reflexionan sobre la contingencia de la muerte del otro, también lo hacen con mayor tiempo sobre la propia. Así los soldados consideran un honor morir en combate, como una forma de racionalizar lo que creen inevitable o el resultado probable del estar en el campo de batalla, pero en el reverso, aunque parezca fácil y natural en un estado de guerra, hacer que el otro muera, es un hecho difícil. No sólo por sus complicaciones, sino porque en la conciencia humana matar a un semejante es malo.  Sólo se puede lograr que hombre lo haga siendo una pieza de una masa estructurada donde se convierte en un autómata capaz de realizar crímenes brutales, como parte de un grupo que en vez de condenar absuelve, porque la culpa se diluye en el conjunto y no es, en modo alguno, un asunto personal. También se puede racionalizar como un acto de defensa.

La muerte provocada en otro tiene regularmente un objetivo y en función de este se podrá considerar si es o no racional, pero la muerte de alguien que no se conoce o con el que no se tiene nada personal es siempre irracional. Las muertes irracionales sólo se producen en un estado de guerra o cuando el hombre está dotado de una fría insensibilidad que desvirtúa su condición de ser humano. Tiene de algún modo que haber un motivo para desear la muerte de alguien para que sea útil a los fines de quienes pudieran provocarla, lo que haría que quizás sea racional. Una muerte inútil, aunque que sea propuesta por un genio, se considera siempre irracional.

Únicamente se concibe que alguien muera sin objeto alguno en las acciones de un cretino que la proclame en un acto unilateral de guerra, como parte de una arenga en una reunión social, que no se debe reciprocar, porque es un acto de guerra planteado en la sociedad y no los campos de batallas. Una guerra como la explicada por Maurice Joly, en su libro “El Arte de Medrar”, “Manual del trepador”, donde este autor dice: “La sociedad es un estado de guerra regido por leyes”, donde sólo se necesita sólo la inteligencia.

La guerra en la sociedad, de acuerdo con Joly, tiene su origen en los instintos contrarios a la igualdad, que el autor considera los más violentos, pues se desprenden del orgullo, el egoísmo, la intolerancia, la envidia y la pasión por gozar y por dominar. Así se sostiene guerra con los contribuyentes y por eso con una moral de pacotilla se hacen doctrina del cumplimiento para cobrarle sólo aquellos que no pueden evadir el pago de los impuestos. Resulta una guerra de intereses donde los colectores de los tributos se hacen parte con los que más tienen y se convierten en trituradora de sujetos de clase media hasta que los gritos resuenen en todos los sitios y los lugares de compras donde los ingresos se escapan.

En el estado de guerra que se vive en la sociedad la muerte no es sólo física, a veces tiene mejores resultados la muerte económica.  Se persigue al sujeto de tal modo que se procura que muera de inanición y con poco honor se acude a todos los tipos de bajezas detrás de la eficacia para conseguir tal fin. Cuando esto no se logra se preguntan sobre los motivos de un sujeto cuando asume una posición y sobre ella escribe. No entienden que alguien actué alrededor de principios y al margen del oportunismo. Así se enojan mucho por lo que se escribe y se plantean como solución la muerte económica y cuando esta no da los resultados esperados piensan en la física, que puede ser en todos los modos un fracaso, por inútil.

El autor del “Arte de Medrar” o “Manual del Trepador”, dice que jugar con talento en un estado de guerra que se da en la sociedad, siguiendo todas las reglas y sin cometer fallos es el arte de la vida, que implica varios juegos, como el de la política, el del amor, el de la fortuna y el de la fama y considerando todos estos la cuestión está dada por el juego que uno quiera jugar. En este país en el ámbito político y en la Administración pública se juega mucho el juego de la fortuna, pero sin cumplir las reglas. Aunque todo pueda parecer perfecto sólo deben cuidarse del imponderable azar, no obstante jueguen la lotería con el 99% de los números.

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