Flechas

Latinobarómetro 2018

Los datos del Latinobarómetro 2018 sobre la República Dominicana confirman algunas percepciones y despiertan algunas interrogantes.

Por un lado, estas mediciones reflejan el sentir de la calle que entiende que la estrella del presidente Danilo Medina está declinando.

Por el otro, esta confirmación entra en franca contradicción con los datos de otra encuesta, reseñada recientemente en la prensa, según la cual los dos presidentes mejor valorados en el mundo serían, nada más y nada menos, que el presidente Putin y “nuestro” presidente.

Este triunfo internacional no impide que, según el Latinobarómetro, el 53% de los dominicanos se quieran ir del país. Lo que confirma el parecer que si se le diera visa a nuestra gente que vive en sectores vulnerables, barrios y campos enteros se vaciarían completamente.

Hoy en día, sin embargo, sin la posibilidad de alcanzar la “visa para un sueño”, son tantas y tantas las personas que se van clandestinamente de nuestra tierra cayendo en manos de traficantes de personas. Otras, muchas otras, son “vendidas”, “adoptadas” o “casadas menores” para alcanzar sus sueños, o más bien el de algún familiar.

Desgraciadamente, el fenómeno de la emigración atañe también nuestra juventud universitaria, a menudo becada por gobiernos extranjeros, que se queda por otros lares donde consigue empleos y vidas dignas, poniendo en alto el nombre de la República Dominicana.

Es interesante notar que, según el gobierno, casi el 47% del presupuesto del Estado es destinado al gasto social, entendido éste como los gastos de educación, de salud y de los diferentes programas sociales que ejecuta el gobierno “en beneficio de todos los dominicanos, en especial atención a los de más bajos recursos”.

Si este gasto se refleja en el hecho que la clase media dominicana alcanza ahora un 42% de la población como lo destaca el latinobarómetro, ¿Qué provoca el anhelo de esta clase media para irse del país?

La respuesta es que algo anda mal. Y que es justamente porque algo anda mal que nuestra democracia inacabada y desacreditada pierde apoyo, bajando sus partidarios de 60 a 40% en apenas dos años.

Estos datos nos conectan con las corrientes mundiales, donde el concepto de democracia se está vulnerando.

Con la agravante que el sueño de una “mano dura” nunca se ha borrado de la mente de una parte de nuestros conciudadanos. En efecto, hay nostálgicos de la “Era” que verían con beneplácito la posible resurgencia del trujillato, reclamando el “orden” y olvidando el terror.

Frente a datos como estos, uno se pregunta cómo es posible que la República Dominicana aparezca en el Barómetro como el tercer país más feliz de Latinoamérica.

Me cuidaría de estas conclusiones considerando que, según el Informe de Mundial de Felicidad (ONU2017), que toma en cuenta las variables PIB per cápita, esperanza de vida saludable, garantía de libertades y de derechos fundamentales, educación y corrupción la República Dominicana ocupa apenas el lugar 85 sobre 155 países.

Cabe entonces preguntarse cómo se mide la felicidad de un pueblo. Nuestro pueblo parece feliz. Es alegre, sonriente, extrovertido, chistoso, le gusta un “can”, bailar, celebrar; sin embargo, si está tan feliz, ¿de dónde proviene el alto grado de violencia y la inseguridad que nos arropa?

¿Podemos ser felices en los barrios frente a las ejecuciones extra judiciales, a la inseguridad, a los feminicidios, al maltrato infantil, a la violencia despiadada de la miseria? ¿Podemos ser felices en un pueblo como Boca Chica, donde el alcalde tuvo que emitir una resolución para prohibir a los menores pasear solos de noche?

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