Al amanecer

Reflexiones sobre un tema tabú

Los humanos tenemos en la vida dos días de menos de 24 horas. Primero, al nacer. Y segundo, al partir. En esa hora de la verdad que narraba el poeta y de la cual se evita pensar en estos tiempos de ligereza relativa. Y como nadie se muere en la víspera, esto del morir se empeña en demostrar al menos en el plano material que bajo el mundo visible de la luz, ésta es inseparable de la sombra.

El poeta español Jorge Manrique, (1440-1479, recitaba en las coplas por la muerte de su padre:Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte contemplando/cómo se pasa la vida/cómo se viene la muerte/tan callando, cuán presto se va el placer/cómo, después de acordado, da dolor/cómo, a nuestro parecer/cualquiera tiempo pasado/fue mejor.

Desde los tiempos de los rigurosos funerales en el antiguo Egipto, donde a la hora del adiós el faraón cargaba con la vajilla y hasta con los sirvientes, al espectáculo de hoy de la santa muerte en el México contemporáneo, celebrado con mezcal en los cementerios de Oaxaca, o tacos y tequila en Guanajuato, o el treat or trick del Halloween nórdico pagano, la muerte con todas sus máscaras de terror juega al ajedrez con la vida.

El jaque mate viene desde lejos. Pasando por la rígida postura filosófica de Sócrates en las calles de Atenas frente a la mentira o la cicuta, hasta lasmasacres del antiguo imperio romano,el morir –así con todo y artículo—se ha convertido en el principal personaje y protagonista de la historia humana. Y no transcurre un día sin que la muerte del otro llegue a recordar a los vivos su amenaza indeleble, más aún en el rito anual del día de los fieles difuntos.

El acto de desencarnar no ha sido comprendido del todo. La ignorancia y el temor parecen evitar todo atisbo sobre asuntos que conciernen más al más allá que al más acá. Sin embargo, la educación para la muerte ya tiene una evangelista. Se trata de la británica Kathryn Mannix, especialista en cuidados paliativos.

En su obra Cuando el final se acerca (Editorial Siruela), ella busca “devolver a la gente la sabiduría de la muerte, para entender que se puede vivir bien dentro de los límites de la pérdida de energía”;que ese trance fulminante pueda ser uno normal, amable e indoloro, decidiendo antes dónde y con quién se prefiere pasar a la otra vida, como si se tratara de otro nacimiento, incluso más allá de los ensayos de la doctora Elena Kubler-Ross en la década de los años 70 del siglo pasado en California.

Y Jorque Manrique no pierde actualidad y sus coplas atemporales lo atestiguan: Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,que es el morir;/allí van los señoríosderechos a se acabary consumir;/ allí los ríos caudales,/allí los otros medianosy más chicos,/y llegados, son iguales/los que viven por sus manos/y los ricos.

En su libro Mannixrelata más de treinta casos donde describe la dinámica de las horas finales, llenas de humanidad, empatía y de paz. Desde luego, ese trance no es igual junto a familiares en el hogar, como era antes, que en la cama de un hospital, el velorio y la despedida en la funeraria. Después de todo, la vida –que no es solo una, como afirma Marc Anthony, ni queda igualada en la tumba fría, como predica Tito Rojas, ni tampoco es un carnaval, como decía Celia Cruz– transcurre en el suplicio quisquilloso de imaginar cosas que no son.

Para la autora, el dolor asociado al morir es lo que produce pavor y sobresaltos. Y describe el proceso, salvo algunas excepciones, como “ir durmiendo cada vez más, y entre sueño y sueño perder la consciencia. Luego la respiración comienza a cambiar. Se ralentiza por etapa hasta que se detiene del todo con suavidad, seguida de una sensación de serenidad, de paz única.”Decir adiós y gracias, es muy triste. Pero no tener la oportunidad de hacerlo, es mucho más difícil para quienes quedan atrás.

El morir es inherente a la vida. Algo inevitable para lo que hay que prepararse y no esperar hasta el último momento. Sin embargo, entre miedo y miedo, y con eso de posponer la decisión para después, François de La Rochefoucauld, afirmó que “ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente”; mientras que el filósofo Fernando Savater asegura que “los humanos no somos capaces de aceptar la idea de una buena muerte.”

De todas ellas, la más sublime metáfora del morir la define el poeta español Federico García Lorca, (1898-1936), cuando en un arrebato de luz andaluz en Canción de la muerte pequeña describe el acto amoroso “como una muerte chiquita.” Algo muy común en insectos y animales que, luego de aparearse, uno muere. Y es que el amor, la sexualidad, la vida y la muerte andan siempre juntos. Llegar a la meta, al cierre del círculo, siempre trae paz y alegría.

Para los sufíes morir es la última danza en que la criatura se diluye en el Absoluto. Para los hedonistas, es un callejón sin salida, un salto doloroso al vacío. Para los místicos, es algo sutil, intenso, romántico. Una forma de ternura materno-paternadonde se da y se recibe. El abrazo de los amantes que se entregan, fundidos entre sí. Un acto supremo de abandono a Dios. Un retorno al final con plenitud absoluta. Un dulce morir, como subraya Pablo en  la primera carta a los Corintios 15:55-57: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?

Las coplas de Manrique superan la severa prueba de los tiempos: Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte contemplando/cómo se pasa la vida/cómo se viene la muerte/tan callando, cuán presto se va el placer/cómo, después de acordado, da dolor/cómo, a nuestro parecer/cualquiera tiempo pasado/fue mejor.

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