Urgente

Peripecias de un locutor por graduarse en la uni

El inquieto José Lluberes agotaba sus días como arrendatario de la emisora de El Conde esquina 19 de Marzo: Radio-Radio. Tenía la mira en un nuevo emprendimiento.

Me contó que había avanzado negociaciones con el radiodifusor Pedro Justiniano Polanco (Pepé) para la adquisición de la frecuencia modulada de Radio Continental, la 99.3 megahertz. Pepé, unos seis pies de estatura, cerca de 300 libras y setentón, era también vicepresidente de Radio Mil, donde, años después, con su voz ronca, me confió la razón por la que se había desprendido de sus empresas originales. “Estaba cansado ya”.

Aquella tarde de 1987, en su oficina, Lluberes me comentó sobre lo productiva que había sido su experiencia en la emisora de Rafael Martínez Gallardo. Pero, a su entender, había cerrado una etapa; debía explorar otro mundo, y ese otro mundo era como propietario.   

Hasta ese momento, las emisoras de la AM, en general, usaban la FM como enlace de sus transmisiones, si no las mantenían apagadas. Se entendía. La frecuencia de impacto era la AM. Estaciones noticiosas de prestigio, como Mil, Comercial, Cristal, Clarín, Continental y Popular, y musicales como Visión, Universal y Antillas, copaban la atención de la audiencia.

Las transmisiones en FM, aunque garantizaban fidelidad, no eran rentables aún. Algunas operaban separadas, con baja potencia y programaciones especializadas, como Audio 94, de Radio Radio, que difundía música y cultura francesas.

TENSIÓN EN LA EMISORA 

Lluberes lucía distendido tras su decisión. Confiaba en que había identificado el nicho perfecto para su proyecto radiofónico.

Y vino la propuesta. “Tony, voy a salir con una emisora y quiero que te vayas a trabajar conmigo”.

Me dejó sin aire; mas, me repuse. Como el resto del personal, era presa de la tensión ante el cambio. Difícil negarme. Se trataba de uno de los empresarios más identificados con la vida de su personal, y yo no era excepción.

“José”  –le repliqué escuetamente–   “cuénteme de qué se trata”. Yo quería saber el tipo de programación, la parrilla de la nueva estación. Resaltó: “Música romántica…”. Le interrumpí: “¿Y el locutor? Contestó rápido: “Dará la hora, a veces”.

Buena idea, pero ese concepto –pensé– no para quien aspirara a leer noticias en el primer noticiario del país: Radio Mil Informando.

“Espero que me comprenda; me gusta eso, pero allí no me desarrollaría hasta donde quiero como locutor”, le comenté en voz baja.

Otro locutor de la plantilla, el banilejo Jessie Pepén, había optado por irse con él a fundar Sonido Suave, que saldría al aire en 1988, en la 27 de Febrero casi esquina Máximo Gómez, y allí sigue, tres décadas después, bajo la dirección de Mon Lluberes, hermano de José, en retiro por convalecencia, según el locutor de la estación, Expedy de los Santos. Otros, como los jóvenes disc-jockey Ramón Reynoso (fallecido) y Marcos Espinal, emprendieron otro rumbo.

Sonido Suave salió al aire con parte de lo bueno de Radio-Radio (Nueva Ola, Sábado Viejo, románticos), alternado con boletines noticiosos y jingles o promociones cantadas. El impacto ha sido notable. https://www.youtube.com/watch?v=uRn4_ZreZWs.

Ante la partida de José Lluberes, Rafael Martínez Gallardo retomaba su empresa. Pero ya no bastaba con nostalgia ni buenas intenciones. La crisis económica golpeaba y la publicidad era asignada casi siempre en función de relaciones primarias y promesas de comisiones.

Yo había asumido el turno de la noche, de lunes a viernes, y diurno los sábados. Leía noticias de ocho a nueve en Onda Musical, en la calle Palo Hincado, y tardaba unos minutos en llegar a Radio Radio. El locutor de turno, Samuel Rollins, fue comprensivo. Era la única salida para avanzar hacia el final de la licenciatura en Comunicación Social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.   

Consciente de mis objetivos y metas, había resistido la gran tentación de acompañar a Lluberes en su nuevo proyecto. Sabía que me iría bien con él. 

Las noches en Radio-Radio se hacían largas, irresistibles, pese a las canciones románticas. La calle ya resultaba peligrosa en aquellos tiempos. De lunes a viernes, cerraba a las doce y caminaba presuroso todo El Conde, hasta el Parque Independencia, con la esperanza de montar un “concho” donde no me atracaran. Me atracaron una vez, pero tenía la firme voluntad de graduarme. Pese a los avatares, lo logré el 25 de febrero 1988, un año después de agotar todos los procesos.     

La mamá Zora no vivió para ser madrina y celebrarlo. Había fallecido el 17 de octubre del año anterior, lo cual obligó a posponer la graduación del 28 de ese mes.

Quedé con el deseo de recordarle mi reacción de aquel día en que, por enésima vez, me rogó que regresara a Pedernales porque “la capital es muy peligrosa y te van a matar”. Para generarle confianza, le había manifestado de manera decidida: “Mamá, calma; confíe en mí. Volveré a Pedernales, profesional o muerto”.

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