¡Paremos! ¡Cambiemos la mirada!

Tony Pérez - 10 de octubre de 2018 - 12:07 am - Deja un comentario

Los estruendosos e imperdonables casos de incesto y otras violaciones contra mujeres, niñas, niños y adultos mayores, ocurridos en estos días, deberían servir para algo más que encarcelar a los culpables, vomitar rabias, revictimizar a las personas afectadas y aprovechar para cobrar viejas facturas de despecho extremo por razones sentimentales y hasta laborales. Porque eso es solo una cara del pastel, y no la más saludable para erradicar el problema.

La deuda acumulada en prevención es tan larga y pesada como la cola de un cometa. Y los tímidos esfuerzos realizados hasta ahora se han evidenciado como ineficaces a la luz de los hechos. Y hacia allá hay que mirar. https://acento.com.do/2018/actualidad/8596890-violencia-borrador/.

Es probable que los principales frenos hayan sido la  importación  de leyes y su implantación acrítica y unilateral al margen de la cultura local y del modelo éxito anclado en el imaginario social, así como la agitación sistemática con discursos mediáticos plagados de frases cohetes más propias de la propaganda política. Cantaletas plagadas de epítetos y solo orientadas a las consecuencias sociales.

Una exploración rápida a los contenidos de los medios de comunicación enseña tales falencias. Esa es la moda. Solo la moda. Una ola que se esfuma rápido y vuelve hasta que aparezca otro escándalo. Pocos reparan, empero, en que la corriente sigue latente, alimentándose cada día con nuevos casos. https://listindiario.com/la-republica/2018/10/08/536473/registran-45829-denuncias-de-violencia-contra-mujeres.  

Es decir, un problema de salud pública que adquiere carácter epidémico, se trata mediáticamente con evidente desprecio por la reflexión, la mesura y la profundidad. 

A muchos les importa más el terror que nada cambia, la eliminación moral, el despecho, el aprovechamiento de las víctimas y de seudovíctimas y hasta la farandulería. Porque es pura coyuntura y reverbera en demasía, insumos que excitan a algunos y hasta dinero les reditúa.   

En pocas palabras, la comunicación ha sido puesta al servicio de la animación de un grave problema social, y muy poco a la prevención. 

Cada día se abre más espacio a la confrontación hombre-mujer como si la intención fuese ésa y no la comprensión y la preservación de la familia como célula fundamental de la sociedad; como si la intención fuese la inoculación de odio y engaño mutuos, y no la convivencia; como si la solución fuese que la mujer repita, uno por uno, los vicios incrustados en su cerebro por la socialización. 

Tal ecuación implica una infinita espiral de más violencia. Distamos a años luz de la toma de conciencia que conlleve cambios de actitudes. Muchos hombres desconocen aún que un guiño de ojo, aunque sea a causa un tic nervioso, o una leve sonrisa de timidez, podrían ser presentados como insinuación a la mujer. Y si lo saben, no han cambiado. Desconocen que un piropo callejero ha sido tipificado como acoso, igual que un halago. No han entendido que, para muchas hembras, el problema representa una oportunidad para dañar, si no chantajear para lograr un fardo de dinero so pena de apelar a instancias legales.   

El problema resulta ondulante. Va desde el varón hacia la hembra, y viceversa, bajo la sólida zapata de la sociedad y la cultura. Y, como tal, debería tratarse si se prefieren soluciones permanentes, no aspavientos ni complicidades en tramas perversas. Mucho menos banalización del tema con amarillismo mediático. 

La evaluación del proceso para identificar y reconocer fallas de este tipo, parece, sin embargo, que no está en agenda. 

Se insiste en ver el árbol como el bosque conforme la santa voluntad de particulares que morirían de hambre si el tema se enrumbara por la vía de la  prevención en vez del fétido camino del sensacionalismo, donde se multiplican los entuertos y se evacuan mares de resentimientos.

Urge un alto en el camino para evaluar y cambiar todo lo que haya que cambiar, porque lo hecho hasta ahora, en general, ha sido un fiasco si se mira la cantidad de mujeres asesinadas; hombres suicidados o presos; niñas, niños y adultos mayores víctimas de violaciones sexuales y otros maltratos. Y si se mira el desorden familiar y el caos que representan las relaciones hombre-mujer en la calle, donde el dinero les une o les distancia, y ella, por despecho, reproduce los mismos vicios que a él le reprocha.

Si hemos naufragado en el mar de las consecuencias, probemos otros métodos en que las causas no sean sepultadas.

El de la prevención, por ejemplo, es más barato y genera paz en la familia y la sociedad. El discurso mediático de la sinrazón y la arrogancia pare más violencia. La sola aplicación de la ley –muchas veces sin mediar análisis–  nos encharcará más. Y no es eso lo que deseamos. 

Hay demasiadas mujeres buenas como para que los hombres no las igualen a las malas. Hay demasiados hombres buenos como para que las buenas no los demonicen.

No chamusquemos el tema, abordémoslo de manera integral. Juguemos mejor a la reflexión y al entendimiento. Volvamos atrás y mirémonos al espejo. Sin oportunismo, trabajemos 24/7 por una nueva conciencia. Se hace tarde.     

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