Al amanecer

El populismo nos vigila

La historia enseña que nadie aprende en cabeza ajena, pero sí refleja la realidad desde el espejo de enfrente. De ahí que las circunstancias se repiten cuando no hallan respuestas originales a la solución objetiva que demanda una variable o situación al parecer insoluble, sea de índole política, económica, social o individual. Lo mismo se infiere en gran parte para los estados y las naciones.

Muchos se preguntan: ¿por qué llegamos a dónde estamos? Por ejemplo, en los casos de Venezuela, Cuba, Nicaragua o Bolivia, o cualquier otro país que en el fondo anhele cambios estructurales de índole política o social, espoleada por un pueblo decepcionado por el concepto, la estructura débil de la democracia, la corrupción, la exclusión o las promesas incumplidas de los políticos.

Una posible respuesta objetiva a la luz de las realidades actuales podría ser el fenómeno del populismo, instrumento de permanencia vital tanto de los conservadores como de los denominados “progresistas.” Más cuando un grupo trata de tomar el poder y, una vez en control, administrarlo desde la nueva óptica para impartir o imponer directrices a instituciones y a ciudadanos.

En su versión política el populismo, nombre masculino, se define como “tendencia política que dice defender los intereses y las aspiraciones del pueblo.” En los hechos, la teoría se desdice de la práctica a juzgar por lo que ha ocurrido en los últimos veinte años en los laboratorios sociales de varios países del hemisferio, en los que se apostó a una carta o a un cheque en blanco como salida a una crisis; y al final, el remedio resultó peor que la enfermedad.

Para muestra, un botón. Veamos el caso y el librito de Venezuela. De ser el país de mayor crecimiento en América Latina a convertirse en el más pobre, más violento y con índices record de inflación de la actualidad y un éxodo histórico, en apenas 19 años. Todo con una idea fundamental: el populismo alimentado por un líder “carismático.”

Las herramientas conocidas para apoderarse del poder son las mismas en sus diversas modalidades. Consisten en filtrarse en las capas del país, el surgimiento de una figura elaborada que represente el cambio, hacer del Estado una prolongación ilimitada del culto a su personalidad y la extensión de su idolatrada figura, llámese Chávez, Maduro, Ortega, Perón, Kirchner, Castro, Xi Jinping o Morales. Son similares en todas las latitudes.

La pregunta obligada se repite: ¿cómo llegamos a esto en una democracia incompleta? Por fases y por etapas. Primero y esencial, la forja del “líder carismático”, la división y polarización de la sociedad entre nosotros, los progresistas y el pueblo; y ellos, los recalcitrantes, el enemigo; ofrecer soluciones simples a problemas complejos, torcer la ley, eliminarla o reformarla para adecuarla al nuevo orden, y desacreditar las instituciones públicas y privadas con el objetivo final de asumir el control absoluto de las mismas, por lo que se anula la independencia y efectividad de los poderes judiciales y legislativos.

Al profundizar el proyecto, el nuevo liderazgo enquistado a lo interno de los resquicios del poder inicia la fase de arrinconar, perseguir y hostigar a la oposición, acosar a los medios y obligarles a integrarse al coro unánime de bocinas, a publicar todo aquello que interesa al “ismo” en control de la cosa pública, con la excusa patriótica. Crear un enemigo ficticio interno y externo, siendo el más manido y popular “el imperialismo yanqui”, y atribuirle conspiraciones permanentes contra el “Estado.”

El siguiente eslabón consiste en la creación de una red de colaboradores internos de ese “enemigo del pueblo”, los opositores; obtener el culto religioso del pueblo con el reparto abundante de la riqueza de todos entre la élite, originado en la catarata de ingresos que significan el erario público, los gravámenes a las empresas privadas y disponer a voluntad de abundantes recursos naturales como el petróleo, minas y otros.

Algunos aseguran que la parte más dramática llega cuando se inicia la expropiación masiva de grandes empresas para nacionalizar pérdidas, pero privatizar sin beneficios. Por último, y lo más amargo ya que cuando ocurre casi no hay vuelta atrás, se pone en vigor la táctica del camaleón: mimetizar el partido con el Estado, hasta que éste se funde con el “líder” imprescindible, blindado con programas sociales, educativos y médicos que líderes demócratas corruptos no tuvieron la voluntad de cristalizar.

La figura omnímoda del cabecilla se proyecta incólume, luz y sombra en funciones, amo y señor de la vida y de la muerte. El estado de derecho y el debido proceso se esfuman. Se crea al demiurgo un circo de elogios y alabanzas sin límites. El “líder” es el principio y el final de todo, el alfa y el omega, el salvador imprescindible sin el cual la nación no tiene futuro, cuyo poder omnímodo comienza y permanece en las calles.

No obstante, la consigna más relevante y la señal más peligrosa desde sus inicios consisten en la cantata de los corifeos que justifican todo en el nombre del pueblo y la conciencia popular. Hasta la reelección, el continuismo o la dictadura. Por ello es importante vigilar el populismo y su manual engañoso invocado por lobos vestidos de ovejas en sociedades democráticas en crisis, donde escasean soluciones permanentes a problemas medulares que sólo se resuelven con más democracia, más justicia, más transparencia y más participación.

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