Al amanecer

Bandola, la planchadora

En el Villa Duarte de principios de los años 60 del siglo pasado, pululaban por las calles y callejones de sus sectores, de día o de noche, una serie de figuras, personajes y personalidades todos ellos muy particulares. Una de ellas pernoctaba en una casa de madera alquilada en el sector de Simonico. Su apodo o nombre era Bandola. Su oficio consistía en lavar y planchar ropas de civiles y uniformes de guardias.

Como era usual para entonces, se desconocía del todo el origen de muchos de los moradores de los barrios, salvo su apodo y quizás a qué se dedicaban. La mayoría de sus clientes fijos o casi permanentes eran efectivos que prestaban servicios militares en el entonces Campamento Naval 27 de Febrero unos. Otros, en la Base Aérea de San Isidro, ya que en la barriada residían muchos guardias que eran trasladados con frecuencia a distintos puntos del país.

Bandola no tenía profesión conocida. Su cédula la describía de color indio. Cinco pies, siete pulgadas de estatura, cerca de 140 libras de peso, bien distribuida de físico y piel limpia, clara. Cara pequeña con ojos negros, pocas pestañas, pelo crespo y mirada fija. No muy agraciada de rostro pero sí notables senos y glúteos naturales, separados por una cintura proporcional. De hablar bajito y discreto encanto al caminar, con fondo de media sonrisa. Los chismosos del barrio aseguraban que practicaba la profesión más antigua del mundo después del de sicario. Pero nada más.

En ese entonces no tenía marido conocido. Sería bautizada hoy como madre soltera. Sólo tenía un hijo apodado Kikito, cuyas peleas en el barrio y sus travesuras en los guayabales de los montes cercanos al campamento naval, el Faro y de Los Mameyes, le producían migrañas y dolores de cabezas insoportables, que los saldaba con dramáticas pelas de correas o varas al menor desesperado y confundido.

La bronca al final se aliviaba con baños de agua de sal al pobre muchacho sin padre, o la ayuda y auxilio de los vecinos y hermanos Candé y Martincito, ambos curtidos marinos mercantescon experiencias en aguas de Cabo Mongó y Cabo Hatteras, quienes vivían en familia en la casa del frente ubicada en la estrecha esquina en forma deele o zigzag que conectade este a oeste las calles Colón con la Buena Vista.

En tiempos normales, Bandola lavaba, planchaba y secaba para subsistir. Sus planchas eran de metal tiznadas por el humo. Las calentaba con carbón y en un anafe de hierro en el patio de la casa. En una vetusta tabla horizontal, a la altura de la cintura, le sacaba el filo almidonado a chaquetas, camisas y pantalones, bañada en sudor, el moño recogido y con medio torso y senos al aire.Era un espectáculo. Sin embargo, la crisis cívico-militar que trastornó la vida de los capitaleños en abril de 1965 hizo que los uniformes kakis, blancos y azules escasearan para lavar.

Muchos militares, preocupados más por sus vidas que por sus trajes oficiales, optaron por encubrirse de paisanos para pasar inadvertidos, salvo los que realizaban patrullajes diurnos o nocturnos en esas horas aciagas.La llegada de las tropas estadounidenses a finales de ese histórico mes hizo que Bandola cambiara su clientela. Para sobrevivir,lavaba de día los uniformes de los soldados americanos de ocupación que pagaban en dólares, y de noche cobraba los servicios y encantos de su cuerpo de fruta madura.

Y sudaba a fondo, con efluvios de soldados blancos, negros y latinos,durante las noches sofocantes del intenso calor de verano. No había Lemisol, pero sí mucha agua, luz, talcos, sábanas, toallas y jabón de cuaba. Era un barrio lleno de mujeres jóvenes, en edad reproductiva, solteras, arrimadas o en concubinato con militares, entonces fuentes de protección, poder y seguridad. Cuando no, instructoras discretas en el arte de amar. La prostitución era entonces un delito ilegal pero tolerado en las dos riberas activas del río Ozama, cerca del muelle y al otro lado en la antigua calle José María Serra.

Para ella, ellos eran de día un alivio en lo que pasaba el ciclón de escasez, desempleo e incertidumbre que agobiaba a todos. Para ellos, ella era de noche un punto oscuro de referencia;un objeto vertical del deseo. Un desfogue necesario a sus impulsos hormonales y lujuriosos que calmaba los nervios. Todoen medio de las tensiones, órdenes, disparos, cigarrillos, bombas, sobresaltos, tragos, lágrimas, cañoneos, heridos, preservativos, balas,bombardeos, vigilancia, raciones, centinelas, muertos, hambre y heridos.

Una vez calmado el conflicto, Bandola–como Melisa en la antigua Roma–, sobrevivió al infierno interno y externo, público y privado. Meses después, la galería de su casa retomó la calma. La sangre se sosegó y el aire se despejó. Los clientes olorosos que hablaban inglés, con ropa interior blanca, gorras, botas brillosas, uniformes verde olivo y pagaban en dólaresno se ocultaban más en la cómplice oscuridad de su callejón lateral y patio posterior llenos de deseos, a fin de inflamar la rueda de la creación.

Ya el grupo no salía huyendo ante la llegada sorpresiva al calor de la noche de un jeep de la Policía Militar. Mientras, agazapados esperaban su turno para agotar con ella sus secretos púbicos en medio de la órbita preñada de sus miserias y de esperanzas. Del caos en un país convulsionado y sin futuro visible inmediato. Su hijo Kikito se hizo un hombre de bien. Sus vecinosjamás la criticaron, la señalaron ni la condenaron. Algunos dicen que Bandola, la planchadora,murió feliz. Aunque llena de recuerdos y muy poca salud por los valiosos servicios prestados a la Patria…

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