La columna de Miguel Guerrero

Carlos Goico Morales, una olvidada víctima de la ingratitud política

Durante años, su nombre llenó las páginas de los periódicos. Las luchas partidarias, frecuentemente sórdidas, pocas veces fomentaron en él los naturales prejuicios personales y políticos tan característicos de nuestro ambiente. En marzo de 1988 fue internado en la clínica Gómez Patiño, olvidado de quienes en tantas oportunidades recurrían a él para un favor o un consejo.

Don Carlos Goico Morales, Vicepresidente de la República durante los mandatos constitucionales del doctor Joaquín Balaguer de 1970 a 1978, tenía siempre un atractivo especial para la prensa. Su estilo era muy particular. Con los periodistas que le cuestionaban sobre algún tema importante, solía inteligentemente evadir cualquier respuesta comprometedora.

Hacía suyo, en su trato con la opinión pública, aquella vieja enseñanza de que no existen preguntas, sino respuestas indiscretas.

Una tarde en el Palacio Nacional, recuerdo como ahora, le abordó un grupo de reporteros del que yo formaba parte. A la primera pregunta reflexionó unos segundos, cogió mi libreta en sus manos, pidió de entre los presentes un bolígrafo, tomó asiento en una de las sillas del Salón de Embajadores en la tercera planta, después de un acto encabezado por Balaguer y escribió su respuesta.

Bueno, licenciado, y los demás, ¿qué hubo de respuesta?, inquirió medio angustiado y sonriente uno de los periodistas, haciendo de vocero del resto. Con una palmadita en el hombro, me dijo dirigiéndose al grupo: “Periodista, le recomiendo que extraiga algunas copias para sus colegas”., y se marchó dejando a todo el mundo contento.

Unos años después, un artículo mío le disgustó profundamente. Me lo reprochó en  forma elegante y cortés, tiempo más tarde, en ocasión de un acto en El  Seibo, cuando él ya no era vicepresidente ni nada por el estilo, lo que me hizo sentir realmente mal conmigo mismo.

El artículo que motivó su reacción en contra mía tenía que ver con un planteamiento político suyo en plena campaña electoral de 1982, cuando Balaguer intentaba un regreso frente a la candidatura del doctor Salvador Jorge Blanco. Goico Morales había reprendido duramente la obstinación del expresidente por el cargo. Yo le critiqué su declaración diciendo que él había sido tan reeleccionista como Balaguer y que incluso había intentado un tercer mandato vicepresidencial en 1978. Su declaración, decía en mi artículo, era el producto de un disgusto político más que el convencimiento real de los males del reeleccionismo.

En su atractivo lenguaje cervantino, me llamó aparte en la reunión y se quejó en el estilo de un diplomático avezado, dejándome un amargo sabor en los labios y un profundo sentimiento de simpatía personal hacia él. A pesar del ramplimazo, como dijo que yo le había propinado, seguía siendo un asiduo lector de mi columna y me invitaba a seguir en el oficio.

Cuando lo internaron  tiempo después, un amigo común, Carlos Morales Troncoso, que fue a verle en esos días en la clínica. Su amplio y fino sentido del humor permanecía intacto. Meciéndose plácidamente en una mecedora, le observó filosóficamente:  “Ten esto siempre presente: la enorme ingratitud  humana. Tú eres el primero y único en visitarme. ¡Esa es la política, hijo mío, esa es la política!”..

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