Al amanecer

La máscara del consentimiento

Desde El burlador de Sevilla y convidado de piedra, de Tirso de Molina, seudónimo de fray Gabriel Téllez, (Madrid, 1583), hasta El sí de las niñas, de Leandro Fernández de Moratín, (Madrid, 1760), la batalla entre el amor y el desamor –a veces en tiempo de comedia, cuando no de tragedia–, ha marcado las relaciones entre el hombre y la mujer en todas las latitudes del planeta.

El devaneo y la seducción, la treta y el engaño en asuntos de sentimientos compartidos entre los sexos, –¿conocen los egocéntricos milenarios la historia de Romeo y Julieta?– han resistido la prueba de los tiempos y evolucionado desde rígidas y severas normas limitantes de la mujer o del hombre, hasta la castración moral que perfila la vida actual en las relaciones de muchas parejas.

¿Qué valor tiene el “no” de una joven dama o menor ante los avances insistentes y libidinosos de un galán interesado en seducirla? ¿Hasta qué punto dicho adverbio de negación ha conducido a tragedias innecesarias, entre esposas que subestiman nobles compañeros y sueñan con un “tíguere”, o esperpentos cuyo mérito de macho alfa consiste en desflorar todas las virtudes posibles entre las faldas del pudor femenino?

La cultura condicionante patriarcal hace al macho a la medida: para muchos varones el “no” de una mujer, equivale a un sí extrapolado al tiempo, a un insistir “que ella cae”; o ante la decepción de ella, el consuelo de habérselo “comido.” La urgencia, la necesidad biológica furiosa y desenfrenada, tiende a no reconocer límites, fronteras, moral ni consecuencias válidas.

Nuestro país navega en aguas tormentosas de una moral castrada. Prueba de ello son los nuevos héroes del rap, del hip hop, reggaetón, del “perreo” y de otras modalidades subliminales cuyos mensajes y actores pretenden reducir la estatura de la mujer o del hombre, con o sin su consentimiento, sin vergüenza alguna ni pesar en lo absoluto. Eso en la calle, porque en las oficinas públicas y privadas hay poco espacio para la empleada embarazada.

A ello se suma la conducta individual del “consentimiento” que desplaza todo espacio de responsabilidad en el juicio moral a la mujer a la hora de conjugar el cóncavo con el convexo genital, de prostituirse o de corromperse, con el rechazo absoluto hacia ellas, mientras se exonera a los hombres que traten con mujeres a las cuales no les importa la presión social, si alguna.

En esto de “consentir” hay que ponerle atención. Se asume de manera equivocada que muchos hombres no son capaces de regirse por las reglas inmutables de lo que es correcto y equivocado. Y es que la moralidad ya no es asunto fijo, permanente, inalterable, sino algo siempre en reflujo. Tanto así, que cada quien tiene su verdad y su moral únicas, por encimas de la de los demás. La conducta correcta tampoco es una constante, sino un asunto simple de aprobación social o individual.

Si la mujer consciente en ser manoseada, ultrajada y reducida, entonces todo está bien. Si ella desea tener sexo con un hombre, entonces éste puede desahogarse con furia. Todo lo que un varón necesita es hallar a una mujer, cualquier mujer, con la voluntad de “consentir” ante sus apetitos libidinosos, o viceversa. Siendo así, lo que cinco minutos antes era algo moralmente equivocado, se convierte en válido, social y correcto.

Este nuevo mundo de moderno cambalache rechaza las verdades auto evidente. Es la existencia de lo creado, y no del creador, de lo obsceno y no de la virtud. Es un plano donde las mismas acciones de las estrellas, el senador, el cura, el diputado, Donald Trump o Bill Clinton son calificadas de morales, si son consentidas por sus propias víctimas; y a la vez abominables, sin el permiso de ellas.

La responsabilidad personal por tomar acciones correctas, al margen de lo que otro pueda pensar o consentir, jamás es tomada en consideración. De los hombres o de las mujeres no se anticipa que muestren carácter, sino que conduzcan su vida a su manera siempre y cuando los acompañe un cómplice dispuesto. Sólo logre que ella o él “consienta” y dele rienda suelta a la voluntad.

Nada de culpabilidad. Menos de responsabilidad ni preocupación. El consentimiento mutuo es la medida final de lo que es correcto o incorrecto. Ser bueno ya no es una realidad objetiva. Al contrario, una construcción subjetiva que depende en su totalidad de lo que alguien dice que se puede o no se puede hacer. Manosear, hostigar, acosar, rebajar la dignidad de una mujer en el hogar, la oficina o la calle es correcto en tanto ella lo permita, pero erróneo si ella lo rechaza o insiste que no.

El Don Juan celebra la mujer como objeto de recreación en las portadas de publicaciones como algo inofensivo, mientras que en la práctica diaria su frenesí por poseerla más allá de toda razón y contra su voluntad es calificado de delito. Lo cierto es que lo sano se ha corrompido y la maldad se ha dignificado. Hemos creado una nación de castrados morales en vez de un estado de caballeros. Sin conciencia, sin refreno ni control, en pos de la próxima conquista bajo la máscara del “consentimiento.”

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