Al amanecer

Nicaragua: Libertad a sangre y fuego

Al conmemorarse 39 años de la llegada al poder de los sandinistas en Nicaragua, el 19 de julio de 1979, las imágenes que se difunden en estos días por la prensa internacional parecen recrear la historia de la misma represión y del río de sangre del Somocismo, que sus verdugos juraron darle fin cuando derribaron a la dinastía reinante hace casi cuatro décadas en la patria de Rubén Darío.

Con más de 300 jóvenes muertos, entre 18 a 25 años de edad, nacidos, criados y educados bajo la orden del FSLN –la mayoría en abierto rechazo a los vicios, costumbres, corrupción, piñatas, soberbia y ambición que caracterizó a la dictadura somocista–, la consigna hoy en las calles de Managua, Jinotega, Masaya, Monimbó, Estelí y otros lugares es al unísono: Daniel y Somoza son la misma cosa, aunque el derecho a la protesta haya sido criminalizado por el nuevo régimen.

La historia de Daniel Ortega y el grupo de “comandantes” que le acompañó en la aventura de apoderarse de Nicaragua con el pretexto de derrocar una dictadura, tiene un prontuario amplio y extenso de crímenes y delitos de Estado que la memoria popular parece haber olvidado, y que sin embargo las imágenes de terrorismo oficial actuales refrescan con inusitada nitidez.

Y la soberbia de un régimen forajido que traicionó el ideario sandinista no ha ocultado tampoco su desfachatez ante las nuevas generaciones ni las autoridades eclesiásticas, cuando apela a grupos paramilitares, táctica muy típica de gobiernos ilegítimos perpetuados en el poder como sus pares de Cuba y Venezuela, para asesinar con impunidad, lo mismo en las calles que dentro de los templos y de las academias.

Quienes observan dentro y fuera lo que ocurre en Nicaragua aseguran que los hechos recientes confirman que el sandinismo fue sustituido por el Orteguismo, el cual se apoderó del FSLN y de los recursos del Estado, en una mancuerna partidaria y familiar que usufructúa el país como si fuera un botín familiar, y en lo que Ernesto Cardenal describió con certeza como el final de la revolución frustrada, que ahora intentó apoderarse de la seguridad social.

¡Cómo es posible que los nicaragüenses hayan salido de una dictadura corrupta en el siglo pasado para caer en otra de nuevo cuño en el nuevo siglo, por lo general peor, en una edición similar a la de Venezuela y a la de Cuba, frente a realidades objetivas particulares pero con resultados ideológicos tan idénticos y tan nefastos? Una respuesta podría estar en el grado de corrupción e impunidad individual que contaminó a algunos protagonistas en dichos procesos históricos y en distintos escenarios.

Cuando el poder y la traición van de la mano, el resultado no puede ser peor. El antes y el después del Orteguismo, con el intermedio del gobierno de Violeta Chamorro, la conciencia del Comandante Cero, Edén Pastora Gómez, Sergio Ramírez, y otras voces disidentes que no traicionaron a Nicaragua, más ocho años de anuencia de la administración Obama, carga sobre su panteón una serie de crímenes impunes, entre ellos los del periodista Carlos Guadamuz, Jorge Salazar, Jean Paul Genie, Douglas Guerrero Castellón, y el principal jefe de los Contras, Enrique Bermúdez, entre otros asesinatos emblemáticos que jamás han sido aclarados en la justicia y el poder oscuro.

El sandinismo de Daniel Ortega ha propiciado los negocios en los cuarteles y fomentado la corrupción oficial, además de tomar el control de la Justicia y de los poderes Legislativo y Judicial. Entre piñata y piñata, la dirigencia en el poder evolucionó de delincuentes a revolucionarios, para llegar a la última etapa del capitalismo salvaje, convertidos en ricos y millonarios, con vehículos y yates de lujos, y negocios de todo tipo, luego de apropiarse en la década de los 90 de miles de propiedades urbanas, rurales, casas, fincas y empresas heredadas de los Somoza.

Quienes conocen el régimen, aseguran que los hijos de los principales líderes sandinistas estudian, viven y se gradúan en el extranjero: Estados Unidos, Inglaterra, Suiza, Francia, Italia y España, y sus familiares disfrutan de vacaciones entre Nueva York, París, Roma, Madrid y Miami. Se estima que para el 2009, hace nueve años, la fortuna de Daniel Ortega superaba los 40 millones de dólares, su hijo, Payo Arce, tendría más de diez millones, y el comandante Bayardo Arce Castaño sobre 20 millones.

Todo ello evidencia que el somocismo y el sandinismo al final se fusionaron para formar una criatura bicéfala, cuyo himno de batalla consiste en hacerse ricos con el pillaje, destruyendo los cimientos de la democracia, engañando a la juventud y fomentando la corrupción. La única variable que se repite cuatro décadas después de Somoza es que las nuevas generaciones de nicaragüenses, al igual que en el pasado siglo, rechazan seguir siendo hijos de la nueva dictadura denominada socialismo del siglo XXI. La misma niega a sus hijos el legítimo reclamo que proclamó Augusto Nicolás Calderón Sandino, más conocido como Augusto César Sandino: el derecho a ser libres.

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