Al amanecer

El PLD y la cuadratura del círculo

En la antigüedad, el cuadrado era un símbolo de la actividad humana, mientras que un círculo representaba las cosas santas. En su afán por honrar a las deidades, filósofos y matemáticos, desde Apofis I en Egipto, hasta Roger Bacon en la Europa medieval, pasando por Pitágoras, Hipócrates y Arquímedes, en la antigua Grecia, el desafío consistía en cómo hallar un cuadrado que tenga la misma área que un círculo dado.

Ese problema matemático irresoluble de la geometría antigua podría sumir a las dirigencia del PLD del 2018 en una encrucijada, en un drama; al parecer, en una solución imposible. En esa historia de una obsesión, un partido cuya élite se caracterizó en sus inicios por la disciplina, la dignidad y la integridad impregnada de su fundador y máximo líder, el profesor Juan Bosch, ahora se debate en un intenso pulso –en público y en privado—entre dos de sus principales líderes.

Entre las variables que confluyen en una crisis inimaginable hace algunos años antes, dentro de un partido que lleva casi veinte años en el poder, aparte de aspectos preponderantes y cuestionables de índole moral y éticos, sobresale con énfasis la divergencia y las maniobras entre el presidente del PLD, Leonel Fernández Reyna, y el presidente del país, Danilo Medina Sánchez, en términos de ver quién se impone a quién dentro y fuera de la colectividad política, teniendo como premio mayor el poder.

Las diferencias de criterios, al menos públicas entre ambos, han tenido como detonante la propuesta en el Congreso de la ley de Partidos Políticos y Electoral, así como la influencia que la medida podría tener como reflejo y consecuencia en el accionar de la Junta Central Electoral, árbitro único de las decisiones que toman los electores dominicanos a la hora de emitir el sufragio o coordinar las reglas que deben regir a los partidos y a los políticos en el teatro nacional.

¿Estará la respuesta y la solución a la crisis política interna y externa del PLD en las calles? ¿Será la misma fruto de la lucha generacional entre la ortodoxia inamovible del Comité Político y quienes propugnan por cambios internos desde fuera? ¿Influirán otras variables externas, dentro y fuera del país, en un punto crítico de cara a los comicios generales del 2020? ¿Será un candidato de consenso en el PLD, sin sombras y sin cola que le pisen, la posible salida airosa de la actual coyuntura? ¿O se repetirá otro pacto de caballeros, entre los aposentos del concubinato, como lo ha dictado la historia contemporánea?

Los sucesos recientes entre peledeísta de alto nivel, cuyos barruntos venían susurrando desde hace algunos años entre miembros de las bases y en los medios de prensa, sugieren que se está trazando una Línea Maginot, en la que cada facción morada fortifica una muralla de defensa ante la eventualidad de un conflicto de proporciones desconocidas que podrían ser letales. Y en ello se pone en juego la estabilidad y la tranquilidad que necesita la nación para continuar adelante en la solución de los innumerables desafíos pendientes, entre ellos el combate a la corrupción y la impunidad, y la pesada cadena de complicidades por lealtades o compromisos. Y es que Maquiavelo no puede imponerse todo el tiempo, porque el fin no siempre justifica los medios.

El PLD como partido mayoritario debería evitar a toda costa caer en el maleficio heredado tras el asesinato del dictador Rafael Leonidas Trujillo Molina. El mismo consiste en el virus de la división interna, la polarización de la sociedad y de la nación, la decepción con las instituciones, el autoritarismo y el desencanto con el sistema democrático y de partidos que nos gobiernan, pese a lo cual se ha logrado avanzar en algo material. Aunque falta mucho por hacer en lo moral.

De manera que, para que la cuadratura del círculo deje de ser algo imposible dentro y fuera del PLD en la actualidad, lo sensato y aconsejable recomienda el inicio de un proceso de autorreflexión y autocrítica, vías para renovar el desgaste y la saturación causado por el prolongado uso del poder, el retorno a lo básico en términos de ética, integridad, dignidad, moral y disciplina, así como el libre accionar de los poderes constitucionales, legislativos, judiciales y legales.

Además, añadir cero tolerancias a la impunidad y a la corrupción, respeto a las reglas del juego, mecanismos eficaces de disciplina en los que cada “compañerito” sea responsable de sus actos y se atenga a las consecuencias sin contemplaciones, incluso más allá del santo de su devoción. Hay que decidir entre la lealtad a lo humano y la devoción a lo divino, para que el círculo y la cuadratura sirvan de buen ejemplo a la sociedad. Al menos así piensa mi compadre Genaro, que no es político de profesión y para quien dos más dos siempre suma cuatro…

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