Nuestra dualidad fronteriza

Si no sabes a dónde vas, cualquier ruta te llevará allí. Y esta semana, todos los trayectos coincidieron en la frontera de México con los Estados Unidos.

Una crisis migratoria y humana se ha desatado en el linde de estos dos grandes del hemisferio occidental. Una que ha puesto una ley migratoria, a justificar la separación de niños menores de edad, de sus familiares. Y subsecuentemente trasladando a estos primeros, a Centros de Detención. Allí, estos infelices críos, están siendo encarcelándolos en grupos de veinte, en jaulas de alambre, como en perreras humanas. Niños de todas las edades, y principalmente de Centroamérica, separados de sus padres y con la incertidumbre de una pronta reunión, que muchos analistas prevén que en algunos casos no se logrará. Más de 2,300 de criaturas entre 18 meses y 16 años de edad han sido separados de sus padres, y repartidos a estos Centros a lo largo y estrecho de la nación americana, luego de cruzar la frontera en busca de asilo. Algo que pareciera totalmente ilógico, inimaginable y cruel. Sin embargo, real. Las pruebas son contundentes.

A pesar de que el gobierno federal ha querido evitar que congresistas, activistas o dirigentes de organizaciones sin fines de lucro, visiten estas instalaciones, en el mundo en el que vivimos hoy, no hay forma de mantener un secreto. Si no quieres que algo se sepa, pues no lo hagas, ni lo digas. Hoy día, toda persona con un teléfono, es más que un simpático promotor de curiosidades y chistes, una marca imaginaria o un aferro promotor de ideales extremistas. Todo individuo con un “Smart Phone”, es un delatante, un reportero y un revolucionario. Y como era de esperar, un grupo de valientes, han logrado captar imágenes y grabaciones de niños traumatizados, desorientados y en estado de auxilio. Reproducciones que le parten el alma, al más fuerte de los hombres que caminan este mundo.

Todas las televisoras nacionales y locales han promovido estas imágenes y sonidos. Y la gran mayoría de ellas y nosotros los hispanos parlantes que vivimos en esta nación, nos hemos inclinado por lo justo, lo correcto y lo humano. A coro hemos exclamado nuestro reproche. Pero aquellas estaciones y agrupaciones que se identifican con los lineamientos de la administración, han salido a su defensa. Sorprendentemente, muchos evangélicos, se han visto apoyando esta medida despiadada. No obstante, no les ha valido. Es evidente, la táctica Estatal. Es de carácter social y político. Y pudiéramos dejarlo ahí. Pero también es étnico, es racial y es una predisposición. Todos los latinos lo hemos interpretado así. Es una extensión del discurso que sugirió a inicios de la precampaña, del hoy presidente Trump. Uno que coloca a los inmigrantes y extranjeros, en especial a los hispanos, como protagonistas culpables de toda desdicha de los anglosajones de los Estados Unidos.

Pero luego de una semana de piruetas políticas y contra-acusaciones que trajeron a los siempre culpables Obama o Hillary,  para justificar sus medidas, el Presidente Trump parece haber encontrado la mayor de las presiones, en su hija y esposa, más que en el reclamos de la población americana o estados extranjeros que han expresado su descontento sobre el manejo de la situación.

Ahora veamos el punto de vista de la administración republicana. Alejándonos, responsablemente de las imágenes, los sonidos y las inclinaciones emocionales.

Según las autoridades federales, a causa de unas lagunas legales, muchos extranjeros que llegan a la frontera, son liberados después de una breve detención. Según las autoridades, esta situación ha fomentado un incremento de inmigración ilegal. Contrabandistas y traficantes de personas, han capitalizado esa brecha legislativa y han explotado estas lagunas. La ley actual establece un estándar fácil de alcanzar, que permite a los extranjeros que someten solicitudes de asilo sin mérito, permanecer en los Estados Unidos durante años mientras litigan sus casos.

La cantidad de extranjeros que llegan y que reclaman un temor creíble ha aumentado a uno de cada 10, frente a uno de cada 100 antes de 2011.

Desde el año fiscal 2009, la cantidad de casos de inmigración que provienen de un hallazgo creíble de temor, ha aumentado dramáticamente, mientras que el porcentaje de casos que finalmente recibieron asilo ha disminuido significativamente. La Oficina Ejecutiva de Revisión de Inmigración tiene más de 312,000 casos con solicitudes de asilo pendientes.

El atraso en el proceso de asilo afirmativo de los Servicios de Inmigración y Ciudadanía de EE. UU. se ha incrementado en más del 1900% desde el final del año fiscal 2012. Y el número de solicitudes de asilo recibidas en el año fiscal 2017 fue el mayor número anual de reclamaciones en más de 20 años.

Ahora, la diferencia de porque en el pasado los niños no eran utilizados como piezas de ajedrez político y ahora sí, es que, en todas las administraciones previas, la omisión legislativa que justificaba esa separación, era conscientemente evitada.A pesar de que el debate se ha tornado geopolítico y racial, nosotros los dominicanos en el exterior, quienes nos identificamos con las causa y abogamos por una solución de la crisis, puede que estemos disfrutando de una inconsciente dualidad que nos lleva a un momento autorreferencial, de descubrimiento de valores humanos, más que los dominicanos. Uno de permisividad y postura que asume que inmigrantes como nosotros, que llegan a Puerto Rico en busca de porvenir, deben ser protegidos. Que cuando vemos personas no documentadas, llegar a las costas de la Florida huyéndole al comunismo, lo apoyamos. O los oriundos que vemos arribar de Honduras, escabulléndose de la persecución, se les guarda refugio. O los más recientes en cuestión. Los ciudadanos de Guatemala y México que le huyen al crimen. A esos entonces otorgarles asilo.

¿Habremos llegado a un nexo donde la epifanía moral va a reinar? Donde se entiende que a pesar de que el progreso o mejoría nunca es una línea recta, como quiera hay que darle cabida a su evolución.

Entonces. Como entes responsables, adultos y dominicanos, este comportamiento y reacción confirma una dualidad que debemos enfrentar. Porque no es posible o pueda que sí, que los dominicanos que vivimos fuera, tengamos un punto de vista sobre cómo tratar a los indocumentados aquí, mientras que tenemos uno totalmente opuesto en la isla.

Si de algo ha servido esta experiencia, es de la necesidad de una actualizada, justa y franca ley migratoria, tanto para los Estados Unidos como para nosotros, los dominicanos mismos. Me vi y nos vi retratado en los anglosajones temerosos de los latinos. Hay que comenzar a superar  el rencor histórico con los haitianos por asuntos de luchas sociales e independencias. Debemos aceptar que el rechazo es algo más atado a la etnia, al racismo, a lo religioso y al espíritu segregacionista. El planteamiento de una ley y su aplicación no puede ser un elemento de exclusión selectiva, sino de autoridad territorial y migratoria. Pues el mismo trato, no es recibido por los recién llegados colombianos, venezolanos y puertorriqueños a Quisqueya.

Las palabras tienen consecuencias y sentido. La forma en que hablamos, denota la forma en que pensamos y sentimos. Dominicanos, no desestimemos aquello que vociferamos invalido, cuando en otro escenario lo estamos validando. Nos hace ver como un sector en conflicto consigo mismo.

Los valientes miden sus fuerzas, ayudando a otros. En especial a los más vulnerables.

Pero lo mismo debe aceptar los Estados Unidos. Deben dejar de andar vociferando que son el “Melting Pot”, “Land of the free” y el país de los inmigrantes y las oportunidades. Esa noción de apertura se ha tornado cada vez más hipócrita, desde la lucha por los derechos civiles en los años 60. Y los hispanos más que la comunidad afroamericana, hemos sido los causantes de ello. Pues en los últimos 50 años hemos pasado de ser una diáspora compleja, tan solo segmentada por etnia y país de origen, a una monolítica, unificada por idioma, con exigencias y políticas relacionadas.

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