Al amanecer

La bruja, el sargento mayor y la histeria

El hastío  de la tarde calurosa de junio fue alterado por gritos y sobresaltos en la calle Los Pinos, de Villa Duarte. Todo el mundo corría despavorido hacia la esquina de la carnicería de Josebanco, en Simonico, donde presuntamente habían sorprendido a una mujer en pleno acto de hechicería en el interior de su destartalada vivienda.

Unos decían que era de Azua o San Juan de la Maguana; otros que del este, y los menos situaban su origen en Samaná. La verdad era que nadie conocía a ciencia cierta de dónde era la dama de unos treinta y pico de años, mulata clara, de talla atlética, rostro redondo, y dentadura blanca, cabellera abundante y brillosa que le llegaba a la cintura bien torneada, entre otros atributos físicos.

Los más ignorantes aseguraban que la famosa bruja solía recibir visitas de hombres y mujeres, más de los primeros que de los segundos, para consultas a puerta cerrada, en su rancho de Simonico. Pero al parecer le atribuían otros encantos en ese micro mundo que constituía el vecindario de entonces, pendenciero y chismoso, salpicado de alcohol, cigarrillo, juegos de azar y mujeres y hombres de la vida alegre de los años 60, cuando era fácil caminar desde Los Mameyes hasta la cuesta de las Américas, rumbo a Los Minas o el Ensanche Ozama, en medio de olores, colores y sabores, y sin temor a la delincuencia que prima hoy día en nuestro país y que cohibe a muchos de la alegría de salir a dar una vuelta al aire libre.

Los servicios de la alegada bruja continuaban para quienes buscaban soluciones a problemas íntimos o familiares en ese punto de consultas que era su casa. El cuchicheo era intenso en los triángulos que conformaban las calles Los Pinos, Colón, La Victoria y la Buena Vista, conectadas en un entramado de callejones, cercas de alambres, empalizadas y pasos de servidumbre, que daban fama a las narrativas eróticas de muchos “brecheros” de profesión, entre patios y patios, ventanas y puertas por donde se filtraban los quejidos ocasionales de algún manoseo intermitente.

En Simonico, otrora sector donde residían muchos militares de la marina, la fuerza aérea, la policía y marinos mercantes, muchos de ellos solían pasar temporadas lejos de sus familias. Éstas protagonizaban altercados intermitentes por diferencias de menor cuantía entre sus hijos. En gran parte fruto de las travesuras que se cometían entre ellos. Al parecer, una dama del barrio se sintió ofendida en su honor por una versión de la bruja que la vinculaba sexualmente a un “honorable” ciudadano casado de la zona, y corta ni perezosa notificó a la Policía las actividades que se realizaban en la casa de la bruja.

En el antiguo cuartel policial de Villa Duarte, en la esquina de la calle Real y Socorro Sánchez, próximo al monumento a la caña, prestaba servicios un terror de los delincuentes. El sargento mayor conocido con el apodo de Caja e’ bola, quien pregonaba a todo pulmón en medio de la calle que “no le tenía miedo a nada.” Le fue encargado investigar el caso de lo que ocurría en un extraño rancho de la calle Los Pinos. Y para allá salió a descifrar el enigma que tenía al barrio a oscura pero encendido.

Caja e’ bola vigiló a la sospechosa durante varios días. Y esa tarde estival de junio, en una acción fulminante y rayando la una de la tarde, el eficaz agente llegó a la casa cerrada a cal y canto. Destrozó la tranca de la puerta principal y penetró como una centella al cuarto dormitorio de la fuente de todos los miedos en Simonico.

Allí, yacía la bruja totalmente desnuda, en decúbito prono, invocando a dioses extraños. El sargento mayor le sujetó la luenga cabellera con una fuerza inaudita y descomunal de sus dos brazos. La arrastró al piso, mientras ella se revolcaba como un animal presa de pánico para liberarse de la fuerza bruta que la dominaba. Ambos salieron forcejeando a la calle Los Pinos, en medio del alboroto y la curiosidad de la turba. La bruja fue conducida a rastra y sin ropas todo el trayecto hasta el cuartel de la policía, seguida por la multitud y el intenso calor en una metáfora de casi linchamiento.

Desde entonces, no se supo más de ella. Su rancho quedó cerrado de manera permanente. Las autoridades no dieron cuenta del hecho. Nadie supo decir a ciencia cierta quién era ella o si alguien reclamó sus pertenencias, entre ellas velones, imágenes, y artilugios de colores con fotos de santería. Y los centenares de niños que entonces presenciaron los hechos en la vía pública no olvidaron jamás la estampa, ni la duda de quién fue el más fuerte: la fuerza bruta de Caja e’ bola, el miedo paralizante de la misteriosa bruja capturada de la calle Los Pinos, o la histeria colectiva del barrio espoleada por la ignorancia.

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