Magia y miseria en Bahoruco

Melissa Paulino Santana - 13 de junio de 2018 - 12:07 am - Deja un comentario

Recordar el sur es leer a Alejo Carpentier describiendo lo real maravilloso y la desolación de  la realidad del caribe en un mismo párrafo. Mi recuerdo por las tierras de Bahoruco es tal vez uno de los más memorables que tengo de la isla. Anduve por áridos paisajes cubiertos de suelo calizo e hirientes cactus, azotado todo el paisaje por el insolente sol del  sur. Paisajes de la República que permanecerán en mi memoria, tanto por su vistosidad, como por las experiencias vividas entre sus habitantes. Hoy escribo sobre mi viaje a una comunidad en una loma de Villa Jaragua.

Leí que a principios del Siglo XX un terremoto provocó que los habitantes se movieran a la parte alta de la comunidad. Recuerdo que duramos subiendo la loma al menos una hora, a eso de las 10 de la noche, a pie. Poco a poco se alejaba la melodía bachatera de los colmados en cuyos inventarios predominaba la cola real y los cigarros Nacional ,y el silencio total tomaba el  mando.  Sé que los moradores que allí conocí no me recuerdan, pero yo recuerdo todo. Recuerdo al niño ciego que cantó para nosotros en el acto de bienvenida, rodeado de los demás habitantes, en cuyos rostros felices solo cabía el orgullo y la esperanza . La hermosa voz del infante se alzaba entre la abrazante oscuridad de una montaña donde ninguna casa tenia electricidad. El viento mecía el fuego de la fogata que era alimentada constantemente con palos y troncos secos y las estrellas en el cielo eran tantas, tantas, que al mirar arriba apenas había espacio libre de tintineos. 

Todo el espectáculo le ablandaba el corazón  a cualquiera y fueron muchas lágrimas de nosotros, los hijos de la ciudad, los que ejercemos  la cotidianidad de trabajos de oficina con aire acondicionado y tapones de hora pico. Recuerdo despertar con el olor a aire fresco que es imposible de tener en Santo Domingo y empezar el día  con chocolate caliente para calmar el frio de la madrugada.  Recuerdo la travesía para conseguir una cubeta de agua, a los niños descalzos guiándome por el camino, al suelo casi infértil, y a la espectacular vista del Lago Enriquillo en la falda de la montaña.

La familia donde me quedé tenía un bebé de menos de un año, que se pasaba los días frente a la casita recogiendo tierra y masticándola. La joven madre, que presumo no pasaba de los 20 años, no se  inmutaba; algo hay que comer.  Era una familia de cinco en una choza diminuta , hecha con yagua y lodo, sin piso y sin luz. Los trastes de la casa consistían en una cama para los cinco, dos platos de aluminio y dos sillas de mimbre. Si llovía fuertemente, solo quedaba rezar. Ninguna casa de los alrededores tenia luz. Las autoridades subieron a la loma el día que llegamos montados en una camioneta todo terreno, y según los habitantes, era la primera vez que les veían la cara.  Las personas vendían por cheles lo poco que paría la tierra y tener animales que criar era un lujo. El “hombre de la casa” era una persona sana y trabajadora, dentro de lo que podía. Los niños más grandes estaban en edad escolar, pero no iban a la escuela. Como en otras comunidades a las que he ido, si un niño tenía conjuntivitis, podían pasar meses y meses antes de que recibiera algún tipo de atención médica. Hambre, padecimientos, preocupaciones. ¿Cómo se puede aguantar tanto?

La experiencia, al ser la primera de este tipo que viví, fue una bofetada en la cara de muchas que luego seguiría viendo en otras comunidades alejadas. En los rincones más lejanos de la media isla, vive gente que no tiene a nada más que a ellos mismos. La categoría de pobreza extrema  (vivir con menos de 46 pesos al días y no tener acceso a satisfacer las necesidades básicas de alimento, agua potable, techo, sanidad o educación ,según la definición del Banco Mundial-) propicia a toda clase de escenarios inverosímiles. Una vez, una madre que acababa de conocer me pidió que me llevara a su hija de 9 años a vivir conmigo a la capital. “Llévatela, me la traes después” , me decía con seguridad  absoluta mientras la niña, quien luego caminó tomada de mi mano a todos lados, observaba sonriente desde una esquina. En los días siguientes ella y sus hermanas se secreteaban cosas concernientes al hombre que entraba  y salía de  la casa, esquivo y silencioso sin  decir nunca nada. Estos secretos eran “cosas que no me podían decir”.

Es increíblemente sencillo perder la perspectiva cuando vivimos bajo la calidez de nuestro hogar, teniéndolo todo. Más allá de las grandes conglomeraciones urbanas, más allá de los pueblos bullosos y vivos de las provincias, hay gente cuyas vidas parecen sacadas de una novela latinoamericana de comienzos de siglo. ¡Qué solos estaban aquellos niños! Es fácil adornar el pasado con  misticismo  y recontar lo vivido desde  lo místico y casi idealizado, pero cuando recuerdo el sur, es difícil no caer en esta práctica. Sé que vi paisajes y escenas inmemorables. Los recuerdos de todas las familias que conocí en mis viajes siempre se mantienen conmigo, golpeándome el estómago cada vez que soy presa de alguna trivialidad: a la madre alimentando con agua de tierra al infante, el niño ciego y cantor cuya condición pudo ser curada con correcta atención médica, a la doña de pañuelo azul que sacrificó a su única gallina como muestra de amabilidad hacia nosotros y a las fogatas  cuyo fuego casi alcanzaba el cielo en medio de las enigmáticas noches de un sur que tiene tanto por ofrecer.

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