Al amanecer

La burundanga no es la solución

Parece un menú gastronómico perfecto, pero no lo es. Se trata de la ley de partidos y electoral que al parecer podría llegar a la recta final esta semana, luego de casi 20 años pululando como alma en pena entre los pasillos del Congreso nacional. El diccionario práctico Grijalbo define burundanga como “batiburrillo o mezcla de cosas dispersas.” Mientras que la versión del diccionario de Español Dominicano indica en sus varias acepciones que es “disparate, dicho y hecho disparatado, enredo, confusión, cosa sin valor o sin importancia.”

Una tercera versión popular, prohijada por la delincuencia importada, la describe como una planta tóxica alucinógena, denominada campana y originaria de Centro y Sudamérica, cuyo polvo o “sustancia tiene efectos narcóticos que doblega la voluntad de la víctima, la cual queda a merced de los delincuentes.” Durante la época de la Alemania nazi se conocía ese derivado vegetal como escopolamina o suero de la verdad, para extraer secretos a espías capturados durante la guerra, debido a que es un bloqueador de los neurotransmisores del cerebro.

¿Por qué se ha dedicado tantas horas, esfuerzos y debates interminables sobre esa medida? ¿Cuál es la importancia suprema de esa ley que tiene a los partidos de la oposición y del gobierno en una rebatiña infinita? La razón es obvia, al margen de los intereses políticos partidistas: quien controla la ley y el método de primarias, abiertas, cerradas o neutras, domina el proceso de votación y el resultado final a su favor como es una victoria anticipada y el acceso al ejercicio del poder.

Durante años, los intereses políticos nacionales y los carteles de los políticos corruptos han dosificado mucha burundanga al pueblo dominicano y a la opinión pública, con el objetivo único de mantener alucinado, narcotizado a gran parte de la población a la hora de definir, asumir y decidir asuntos que afectan a todo el país. Los intereses político partidistas han sido hábiles a la hora de imponerse sin ningún temor o consecuencias a la voluntad nacional o al interés general, alternando pan y circo con el disparate o la burundanga deliberados para sus objetivos finales confesos.

¿Cuál es el afán de imponer un método particular a lo interno de los partidos a la hora de escoger sus candidaturas? ¿No es ello antidemocrático? ¿Por qué asignar miles de millones de pesos a procesos político-partidistas, a costilla de los contribuyentes? ¿Y qué objetivo se busca con la sobrecarga de atribuciones que tendría la Junta Central Electoral a la hora de organizar múltiples elecciones casi simultáneas, en ese arroz con mango y adefesio que cocinan los delegados políticos en el Congreso nacional?

La propuesta de ley, que ha logrado cerca del 90 por ciento del consenso, salvo la modalidad de primaria, continúa siendo la manzana envenenada que tiene el ambiente nacional intoxicado, alborotado, secuestrado con tufo de burundanga delincuencial, y varado el sistema de selección de candidaturas a lo interno de los ripios de partidos políticos en el sistema democrático dominicano. Y no es para menos. Parece que no hay espacio para la racionalidad y el decoro en esa selva o jungla que es la política dominicana y sólo se busca dar paso a un salto al vacío, a un proceso complejo, absurdo e inimaginable.

En un país donde sobran los mal pensados, y la suspicacia suele sustituir las mejores de las intenciones, cualquiera podría inferir que todo el revuelo en torno a esa lucha por imponer una ley electoral y de partidos como un traje a la medida del mejor postor, tendría como propósito oculto generar un caos de grandes dimensiones que ponga en peligro, en su día y su hora, el sistema democrático e institucional de la nación a la hora de supervisar de forma simultánea tantas primarias abiertas, cerradas o mixtas.

La maquiavélica propuesta de tal magnitud en un país de por sí complicado, sólo podría generar un caos de consecuencias imprevisibles, dado el historial político de antecedentes en las que los principales protagonistas que se creen ser dueños del país no suelen ponerse de acuerdo para algo tan simple como contar los votos en comicios ordinarios. No se puede apostar al desorden y a la confusión total en el sistema político y electoral. Sus resultados podrían retrotraer la historia presente a un pasado ya superado, cuando se trata de asuntos medulares para la estabilidad de la nación. Cuidado con los espejos de Nicaragua y Venezuela. La burundanga no es la solución…

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