Flechas

Una visita aleccionadora

A raíz de la estadía de la reina Letizia, quien visitó en días pasados República Dominicana para conocer personalmente los proyectos ejecutados por la cooperación española, leí el editorial de Adriano Miguel Tejada en Diario Libre intitulado “Vergüenza”, así como otro artículo en el mismo tenor.

Para los articulistas era vergonzoso., el hecho que en nuestro país -donde nos estamos preparando para recibir 10 millones de turistas en resorts de lujo con abundante agua las 24 horas- la reina de España visitara, entre otros lugares, una comunidad de Monte Plata donde la cooperación española instaló dos sencillos tinacos y una llave de agua a un costo de 130,000 US$, para la inmensa suerte de los moradores de allí que hoy en día se benefician del apreciado liquido.

La pregunta es: ¿a quiénes tienen que acudir las personas más vulnerables, las que nadie oye, salvo, acaso, en tiempos electorales para tener acceso a servicios básicos que les son negados? Ojalá, a pesar de la vergüenza que nos pueda causar, que más servicios de cooperación, más ONGs del mundo realicen muchas pequeñas obras que no interesan a los gobiernos locales ni al gobierno central, ni tampoco a ningún ingeniero por ser tan pequeñas que no permiten cobrar una tajada sustancial.

No muy lejos de este pueblo recuerdo haber visitado hace un par de años una comunidad cuyos pobladores reclamaban la construcción de letrinas ya que una vez satisfechas sus necesidades fisiológicas se veían compelidos a tirar las heces en fundas plásticas, en “el monte”. No sé si su clamor ha sido oído, pero este pueblo al igual que cientos de otros pueblos y barrios necesitan de pequeñas obras muy sencillas al servicio de la gente. 

No podemos olvidar que los millones que se esfumaron por los casos de Odebrecht, Punta Catalina, OMSA, CORDE, CEA, OISOE, etc., muy bien hubieran podido servir para unos cuantos tinacos, letrinas y pisos de cemento que el Estado no provee.

Otro punto subrayado en Diario Libre es que la reina de España visitó una finca de bananos donde siete de los once trabajadores eran haitianos, en irrespeto manifiesto de la ley de trabajo.

El problema es que no podemos esconder nuestra realidad. Son en mayoría haitianos los que hacen los trabajos agrícolas en la República Dominicana mientras nuestra gente va a formar parte del contingente creciente de dominicanos que viven en las grandes urbes del mundo.

Es la gran contradicción de nuestro país, a la vez emisor y receptor de migrantes, que necesita una mano de obra extranjera controlada para seguir produciendo los alimentos que consumimos o que queremos exportar.

La visita de la reina tuvo otro lado inesperado y refrescante, aportó aires nuevos en el Palacio Nacional, antro del conservadurismo vestimentario. La invitada de honor no tenía los brazos cubiertos como lo manda nuestro “protocolo republicano” en muchas instituciones del Estado.

Sin embargo, nadie podrá contradecir el hecho que  a pesar de esta “metida de pata protocolar” la reina Letizia lucía impecable, elegante, digna y decente. 

Cuando se me rechazó la entrada a la Cancillería en pleno  mes de agosto por tener mangas cortas -de la misma manera que a Patricia Solano le prohibieron el acceso del Archivo de la Nación-, la recepcionista frente a mi desconcierto me prestó gentilmente su chaqueta para que pudiera acceder a realizar mi diligencia.

Para mi sorpresa, ese día crucé en los pasillos algunas damas que tenían los brazos cubiertos pero que exhibían atributos de su anatomía que por otros lares no se exponen tanto a la vista sin que este hecho resulte chocante.

Debemos reconocer que el código de vestimenta impuesto por nuestras autoridades, además de ser muy conservador entra en total contradicción con el clima tropical en que vivimos.

Gracias a esta visión el empleo con traje se ha convertido en un símbolo de ascenso social,  dejando totalmente atrás la elegancia y comodidad de una chacabana para los hombres y, ¿porqué no? para las empleadas.

Entiendo el temor de nuestras autoridades frente a cierta exuberancia que, a mi juicio, no se resuelve tapando los brazos de las mujeres. Al final, como tantas cosas en República Dominicana,  el establecimiento de un código de vestimenta adecuado va a la par con una educación de calidad, valores, buenos modales y las habilidades sociales para la vida que todo ciudadano y ciudadana debería tener como bagaje al término  de su escolaridad.   

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