Las 5 "D"

Convendría más “la polética”

“Cuando alguien asume un cargo público, debe

considerarse a sí mismo como propiedad pública”.

Tomás Jefferson

¿Quien cree hoy en los políticos? No podemos dar respuesta a esta pregunta sin antes hurgar en los resultados de algunas encuestas de opinión pública y estudios acerca de la confianza en las instituciones, participación, la igualdad de oportunidades, y sobre la legitimidad política.

Y para ejemplificar, podemos referirnos a que una de las mayores debilidades de carácter fundamental que exhibe nuestro país, es precisamente la poca credibilidad y confianza de la ciudadanía en las instituciones públicas y en los partidos políticos. Estos últimos, y la Policía Nacional son las instituciones que cuentan con el menor apoyo entre los ciudadanos. Tales datos son arrojados por diversos estudios hechos en la República Dominicana, entre los que destaca el realizado por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) y el Centro de Gobernabilidad y Gerencia Social del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (CEGES/INTEC) conjuntamente con Barómetro de las Américas, titulado “Cultura Política de la Democracia en la República Dominicana y en las Américas 2012 : Hacia la Igualdad de Oportunidades” .

Arrojó el mencionado estudio, que en el caso de la República Dominicana es bastante elevado el promedio de personas que ejercen activismo civil y que acuden a alguna autoridad local para resolver ciertos problemas comunitarios. De igual manera, el país sale como el que menor grado de movilización y protestas realiza, no obstante estar entre los países que mayor promedio de percepción de corrupción registraba con 78.1 puntos.

En la versión 2016/2017 de este mismo estudio, se consigna que “la confianza en los partidos políticos en la República Dominicana se sitúa en 20.4%, consolidando la tendencia a la baja tras haber llegado a un valor máximo de 26.7% en 2008”. Asimismo, el apoyo a la democracia cayó de 81.6% en 2006 a 61.8% en 2016. En las elecciones sólo confía un 34.8%; sobre la corrupción, “para el 83.9% de los encuestados, al menos la mitad de los políticos de la República Dominicana están involucrados en la corrupción…”

Estos datos nos dan una idea del daño social y económico que ocasiona la corrupción política al país. Algunos de los efectos de este fenómeno podemos verlos en que: La esperanza de prosperidad de los ciudadanos sufre un gran desplome por el grado de desconfianza en los partidos políticos y los políticos; se fomenta la consolidación de élites y de la burocracia política y económica; se reproduce una concepción patrimonialista del poder, entronizando el fenómeno del clientelismo; favorece la aprobación de leyes, políticas y programas sin sustento o legitimidad popular porque la representatividad política se hace inoperante; dificulta la gobernabilidad; el índice de desarrollo se ve gravemente afectado; y las políticas públicas se ven reducidas en su efectividad.

Los filósofos griegos entendían que entre ética y política existe una unión indisoluble, entendiendo la ética desde el punto de vista de la racionalidad y de la libertad del ser humano, de manera que si el ser humano actúa racionalmente, sujetando sus actos a la crítica de su propia razón, entonces está actuando éticamente.

Nuestros políticos de la actualidad consideran que exigirles que actúen bajo estas premisas, es actuar fuera de la lógica política que se ejerce en estos tiempos, en los que reina la ley del más fuerte, como si en la selva viviéramos. De manera que vivimos una ruptura entre estos dos conjuntos de normas en la que la ética mantiene sus preceptos y normativas, sirviendo de referente público; en cambio, la política ha sufrido un gran desgaste y deterioro, que a nuestro entender sólo se revierten con el rescate de esta última por parte de aquella.

Tendríamos que volver a las concepciones del pasado, en que no se admitía la política sin ética, lo que repudió tajantemente Maquiavelo, quien sólo entendía la política por el poder. Es lo que estamos viviendo en los últimos decenios, el poder como un fin en sí mismo, sin orientar al Estado bajo una organización ideal, sin criterios morales, pues los políticos en su mayoría entienden como pensaba el autor de “El Príncipe” que estos son referentes imaginarios con poca utilidad para las decisiones políticas.

Muchos de nuestros políticos siempre están mintiendo, justifican siempre sus hechos reñidos con la moral y la ética, cuando no lo niegan constantemente. Ponen en práctica descaradamente la máxima de “divide y vencerás” indisponiendo a unos contra los otros para lograr sus objetivos políticos; esto lo vemos en el día a día político de nuestro país. Incluso, lo hacen no sólo a las parcelas políticas opositoras, sino que dividen e inducen a acusarse entre sí a entes y colectivos sociales para desviar la atención de sus actos corruptos y de los escándalos en que se ven envueltos.

Es común ver en nuestro país, la proliferación de partidos que entran al ruedo político a sabiendas que no tienen ningún tipo de posibilidad, incluso, no aspiran al poder sino sólo a obtener beneficios económicos y sociales; sin embargo engañan a sus seguidores por llevarles la esperanza de acceder a los puestos de Gobierno para poner en práctica programas que van en beneficio colectivo; eso no es ético; dar u obtener obsequios y dádivas a cambio de votos no es ético. Lo que sí es ético y es el fin último de la política, pensar en “el bien común”.

Hago un llamado a volver a las concepciones éticas y morales de la política, a volver sobre aquella unión indisoluble de la política y la ética, pues ambas competen a la acción humana y el hombre no puede prescindir de los principios éticos, los que orientan y deslindan entre lo bueno y lo malo en la política. Ennoblezcamos la política con los preceptos éticos, con su sentido crítico, para dotar aquella de legitimidad. Enfrentemos la corrupción para que la ciudadanía adquiera fe en la política y los políticos; proveamos la política y las acciones político partidarias, como de gobierno, de la debida transparencia, haciendo del conocimiento público la información sobre el accionar público, lo que hace una ciudadanía responsable, sensible y participativa que conoce sus derechos y obligaciones.

En fin, de esta manera seríamos más prósperos, y viviríamos más felices; entonces, convendría más “la polética”.

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