Atalaya del escrutinio

Sobre el bien y el mal de la República

“Las ideas son como las plantas, que unas fructifican temprano y otras tarde, habiendo entre las ultimas, algunas cuyos frutos no son cosechados, sino por generaciones venideras. Si no nos es dable tener la dicha de ver recoger a nuestros compatriotas los frutos de las ideas que sembramos ahora, ¿será por eso menos grande la satisfacción que debamos experimentar al saber que hemos cumplido con el sagrado deber que nos ha impuesto la Providencia de dejar este mundo mejor de lo que lo hemos encontrado?”

Hace ciento cuarenta años, un 25 de abril, falleció Ulises Francisco Espaillat, dejando sembradas semillas de germinación dilatada para crear un mundo mejor.  Hace treinta años, en ocasión del 110 aniversario de su deceso, la Sociedad Dominicana de Bibliófilos publicó la tercera edición de sus escritos en homenaje a su portentoso legado intelectual que merece ser preservado para futuras generaciones. 

La institución nos honró con la encomienda de presentar la tercera edición de la obra el día de su puesta en circulación. Al no haber podido incluirse en ese tomo el documento de 1856, titulado “Memoria sobre el bien y el mal de la República”, por no haberse encontrado un ejemplar, nos propusimos extraer de los escritos existentes las semillas del pensamiento de Espaillat inspirado en el sugerente título de su desaparecido ensayo. Ardua fue la tarea de escudriñar la obra del prócer escritor con la misión de relevar la clave de su pensamiento, por la profusión de ideas y propuestas valiosas que contiene; pero de esa lectura se hizo evidente que, para Espaillat, en el origen de nuestros males se encuentra la ignorancia, y que su antídoto es la educación. Educación básica universal para vivir mejor en paz y armonía; educación técnica y profesional para mejorar las condiciones materiales e impulsar el progreso. Propugnaba Espaillat por el establecimiento de escuelas normales para la formación de maestros desde antes de la llegada de Eugenio María de Hostos al país, e incluso propuso un esquema para financiar su establecimiento en Santiago mediante una suscripción pública.

La prédica apasionada de Espaillat nos sirvió  de inspiración hace treinta años para enfocar la atención de la sociedad civil sobre la urgente necesidad de invertir en la educación preuniversitaria para hacerla universal y de calidad:

Apelemos a las escuelas. La presencia de la inocencia, bebiendo en las fuentes del saber humano, quizás conmovería las fibras del corazón de esos hombres que todo lo posponen a la consecución de sus inmorales fines. Multipliquemos las escuelas, por más que nos cueste; abandonemos por mucho tiempo la manía de la ostentación, y no malgastemos en fuego de artificio el dinero que tanta falta nos hace para educar la infancia e ilustrar la juventud: disminuyamos nuestros vicios, y, si no basta, privémonos del pan material, para poder suministrar al pueblo, en abundancia, el alimento del espíritu

Alguien ha dicho que la vejez tiene sus ilusiones lo mismo que la juventud. Yo me he alimentado con las de creer fácil el poner una sociedad en el camino del verdadero progreso, y sería preciso que, después de una serie de esfuerzos continuados sin ningún fruto, viniera ésta a probarme que es la más reacia de todas las sociedades del mundo, para que pueda perder esa grata ilusión; sin embargo, debo advertir que esta ilusión es referente a la posibilidad, no al tiempo.

Hoy, treinta años después de aquella lectura de Espaillat, seguimos creyendo factible “poner la sociedad en camino del verdadero progreso”, “apelando a las escuelas” y a los maestros de excelencia. Seguiremos luchando por hacer realidad la “grata ilusión” de Espaillat,  procurando “dejar este mundo mejor de lo que lo hemos encontrado.”

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