Avelino Stanley y la historia de las otras, que puede ser la nuestra, de muñecas rotas o destrozadas

Foto: Virgilio Díaz Grullón, Avelino Stanley y el Prof. Juan Bosch, ca. 1998.

1. ¿QUIÉN ES AVELINO STANLEY? Avelino Stanley (La Romana, 1959) se ha dejado intranquilizar, atrapar, perturbar, no sé si por la perplejidad que toca a los protagonistas de una época en la cual el testimonio no basta, sino una voluntad colectiva en aptitud vigilante ante la demencial “subjetividad” de una sociedad que no reconoce sus fobias o sus peligrosas esquizofrenias, puesto que la cotidianidad aquí se ha hecho un cataclismo todos los día, en este país que da sepultura casi todas las semana a un cuerpo de mujer, a un cuerpo que es destrozado cuando un fiero machista, poseído por las fuerzas del caos de su alma, lo agrieta y lo reduce a una cosa, a una cosa-sexual a la que desgarra, y que la prensa hace una historia trágica, crónica roja.

Avelino Stanley, junto a Dagoberto Tejada en el Festival del Caribe. Santiago de Cuba, 2006

No sé si Avelino colocó su corazón de hombre ante el dilema de la indiferencia o ponerse de frente ante el vivir como con-vivir. No sé si la historia que nos narra en su libro El caso número cien (2018) la hizo emerger de la intrahistoria de las otras, de esa mayoría oprimida, expropiadas de sus identidades y, que se coleccionan en estadísticas frías, porque no pudieron subvertir el autoritarismo ni transgredir los roles sexuales impuestos, resquebrajadas por las inequidades, navegando en contra-representaciones de discursos, siendo víctimas de las coartadas y encierro de sus saberes desde el orden simbólico masculino, que se apropia de sus imaginarios.

Avelino argumenta una historia, el registro de un suceso, que es, una crónica, un escrutinio para la interrogante que nos hacemos: ¿No sé cuántas dominicanas más tendrán que hacer el irónico tributo de su cuerpo, para que se comprendan los excesos de la alienación que trae la educación sexista, lo pernicioso que es continuar, desde el Estado, ignorando que hay que derrumbar a los demonios del patriarcalismo, y a esa perversidad institucional de restringir, de postergar, una transformación en las estructuras de poder de la sociedad, suprimiendo la coerción sexual, las descargas de la crueldad psicológica que mantienen en tensión las relaciones entre un hombre y una mujer heterosexuales. Porque es eso, lo que observamos: la tensión, la violencia hacia la mujer, víctima de los otros –al “igual” que ella- heterosexuales.

Tal parece que lo femenino, ese género, está condenado por la eternidad, en esta tierra, a caer en las trampas de una existencia trágica, y condenadas -mis aparentes “iguales”- a que su cuerpo no le pertenezca.

Avelino tiene un quehacer escritural en narrativa breve, novela, ensayos, etc. Su obra ha sido valorada, si se puede decir así, colocada en múltiples ocasiones en el epicentro de los opinadores locales, pero canonizada por la crítica académica internacional. Es un escritor, a mi modo de ver, que ha transitado por un camino que lo ha conducido a ser lo que conocemos como un intelectual comprometido, por lo cual para él es inaceptable “comulgar” con aquellos que hacen de la vida para los oprimidos un estado de sitio.

Su mundo, el de Avelino, que en cierta manera nos pertenece a todos, lo hemos visto desde distintas perspectivas y prismas: ha sido de acciones que promueven denuncias, protestas contra las arbitrariedades del poder político, y de las tradicionales clases que representan a las élites económicas asociadas a la oligarquía que han provocado, por más de tres centurias en este país, un desequilibrio en la convivencia, arrojando a los marginados a la nada, instrumentalizándolos para la explotación, deteriorándolos, aniquilándolos, y su condición humana reducida a la miseria material y espiritual.

Avelino ha acumulado, sin ser narcisista ni tener una postura pública enfermiza light, acartonada, méritos personales propios. Se antepuso, desde la década de los 80s, al insomnio que trae la soledad generacional cuando una no se hace cómplice del sistema.

Por qué no he de llorar, Ed. 2003.

El siglo XXI, al cual hemos llegado añejados, nos ha colocado, en el presente, en una situación de alerta, de oposición frontal a los carceleros de las consciencias, de los que traen nuevas formas aplastantes de la voluntad de los más débiles, entronizándose y tratando de hacerse imprescindibles.

En este mundo opaco, sabemos, como Avelino, que estamos de frente a la incertidumbre existencial,   a la catarsis cotidiana o al suicidio emocional, cuando se lee una noticia en cualquier página periodística o en la tableta de cómo la adversidad cubre el día a día.

Es cierto, y lo creo, que nuestra capacidad de asombro ya ha abarrotado todos los límites, y roto todas las barreras. Pero, y lo digo, con cierto agotamiento, no sé qué presunción de no sentir la derrota total condujo a Avelino a escribir sobre una tragedia que no es pesadilla, sino un estado agónico del vivir anárquico, caótico y decadente de esta sociedad: los feminicidios, crímenes de género contra la mujer, por ser mujer, en un país que se vanagloria de ser progresista y postmoderno, pero que es, a fin de cuentas, una nación gris, tribal, que muere grotescamente y, que denomino siempre como un país flotante, excesivamente excluyente y, excesivamente sexista.

Avelino resurge, renace como novelista, tres años después de que, curiosamente, hiciera un viaje a otro estadio de la ficción. Sobreviviente del síndrome de Giulian-Barré, Avelino ahora reflexiona sobre la extrema resistencia de las mujeres a no continuar siendo violentadas, amordazas cuando la peligrosidad las amenazas y las asecha.

He leído la obra narrativa de Stanley y, confieso que no todas. Sin embargo, como lectora observo que en ellas, él siempre nos ha dado avisos y sobreavisos de situaciones humanas; no obstante, creo que sus avisos vienen con sus itinerarios y, sus sobreavisos abren túneles de las prisiones donde dormitan los que no tienen pertenencias, los que desnudos se encuentran a la intemperie, los condenados a una sombra debajo de un árbol o a ser hacinadas sardinas en un callejón barrial sin otras guarniciones que no sea la cloaca gigante de la política clientelista.

Avelino Stanley en el programa de TV Cita Cultural, conducido por Yanela Hernández

Por eso es mi pregunta, antes de hablar de su libro: ¿Quién es Avelino Stanley?, ese escritor combativo, comprometido, que conoce que aquí (en la República Dominicana) la estupidez mediática todo lo nocivo y la opresión patriarcal lo disfraza de positivo a través de la simulación, que en la superficie visible, del país flotante, el hambre abre las madrugadas, que solo bastan cinco pies cúbicos de agua para destruir las improvisadas viviendas de los desterrados de la tierra, esas casas de remiendos de cara a las torres que se erigen en cuadraturas que asemejan estadios de circos, y donde no hay cárceles con pabellones para las grandes ratas, que son las ratas de corruptos y corruptores indiferentes a que, cada día cae al suelo la cabeza de una mujer que intentó aferrarse a la vida huyendo de su perseguidor y matador, de un “con-vivir” infernal de palizas que luego atestiguan los vecinos, o de la tortura y los golpes que se escuchaban pared a pared con la del vecino.

Siempre he dicho, Avelino, que de nada sirve la palabra democracia o la palabra progreso cuando somos espectadores de la barbarie que sobrepasa al sentido que creemos conocer del vocablo civilización, cuando un cuchillo al cuello que sostiene “la autoridad” de una voz fuerte, es el aviso de ese caótico limbo en el cual quedan los huérfanos de ese grito de alerta de otra voz débil, que clama auxilio.

Avelino, hermano, no te empeñes más en no querer aceptarlo: esta es una sociedad fantasma, tapiada por una falsa convivencia en armonía; somos un conglomerado inducido a la violenta por un rastrillo que nos pasa por encima, que literalmente significa muerte, porque la masculinidad-machista agresiva, el falo erigido en superestructura estamental y societal, lo permea todo, polariza este mundo ancho de interrelaciones, de roles de sexos, de patrones culturales donde lo femenino se proyecta desde la ideología de un misoginismo rampante, que hace a la mujer una cosa encerrada en la dialéctica de la posesión versus la destrucción.

Es esa dialéctica, posesión versus la destrucción, la que está presente en esta crónica re-formulada narrativamente por ti con el título El caso número cien, que no es un simple collage, una inventiva cualquiera, sino la puesta en escena de cómo se socializa lo viril, la fuerza transmitida generacionalmente como parámetro de la relación hombre versus mujer heterosexuales; la evidencia de cómo la política sexual del Estado crea la ambivalencia de los “valores” del androcentrismo, y un imaginario para las otras paternalista.

Avelino Stanley (1959), novelista dominicano, 2006.

Avelino Stanley es, actualmente, de los pocos autores que desarraiga esa ideología de la masculinidad opresora. Sabe que nada es anverso ni solo reverso en las actitudes, que el mito de la flor como representativa de la dulzura y fragilidad de la mujer se ha reproducido para ficcionalizar su identidad, y que el amor cortés ha sido desacralizado por el sexo duro, aun continúe siendo una costumbre el pomposo traje de novia, y la virginidad como algo hipócritamente relevante.

Ahora Avelino, te pregunto, luego de leer las crónicas desarrolladas en tu novela, los 30 capítulos en las voces de Carmen, José y Lala, si consideras que tus iguales matan por amor, cuando no aceptan una conducta sexual pasiva de la mujer, como protesta del deseo no correspondido. ¿La asesina porque ella es exclusiva posesión de él, y no puede ser indiferente a él, ni mucho menos descortés con Eros? Porque luego de leer tu libro requiero que me respondas si consideras que, la ideología sexista de la masculinidad machista tiene sus códigos no escritos, y uno de ellos es el código oculto de que, no se puede provocar que el hombre llegue a la condición de sentirse una fiera enjaulada por el desprecio de su presa.

Avelino con estas crónicas –considero-, pretende ser un facilitador, un tallerista, para que conozcamos y coloquemos en el debate ese código oculto que el falo erecto ostenta de manera amenazante y arrogante ante la pareja, y que a través de la voz de Carmen, hija del caso número cien, es posible conocer de esta manera: «Yo sabía que madre estaba asustada; tenía motivos para sentirse así. La agresividad y la intolerancia de nuestro papá crecían cada día. Él le gritaba, le reñía, le echaba maldiciones. El proceso comenzó desde hacía mucho tiempo con pequeñas manifestaciones. Luego todo fue empeorando constantemente. » [1] Continuando Carmen su relato diciendo que: « […] Él se encolerizó y le mandó un recado agrio a madre. Un recado de esos cuyo contenido se parece mucho a una amenaza. » [2]

2. AVELINO STANLEY Y ERNESTO SÁBATO. Ernesto Sábato en su ensayo Más sobre las misiones trascendentes de la novela nos dice que: «La esclavitud alcanza su máxima y más desagradable culminación en el acto sexual, donde el cuerpo desnudo está expuesto con la máxima indefensidad y en que la palabra “posesión” adquiere un sentido filosófico, más allá de lo puramente físico. » [3]

Y yo también lo creo así, puesto que, según nos narra Avelino, está claro que el ser humano es egoísta, desarrolla un para-sí que resquebraja a la subjetividad de manera demencial, y no se puede excluir –lamentablemente- a nadie de un descontrol posible. Aún cuando las palabras claves o descriptores de esta novela sean reeducación, y lo que Avelino llama masculinidad hegemónica, así como igualdad y equidad, la rueda del poder y el control, la rueda de la igualdad, androcentrismo, nuevas masculinidades, diversidad, etc., un episodio de una mañana, una reacción sexual violenta se hace cruda realidad, y es un feminicidio más, en este caso el feminicidio cien, el caso cien. Es decir, que aunque también sea exageradamente atroz decirlo: 100 mujeres vivían, convivían o convivieron conyugalmente con su verdugo y, así, en ese mismo estado de sitio, de terrorismo conyugal, están miles de dominicanas atrapadas en el amor-sexual, en el delirio de la posesión de los amantes, conviviendo “afectivamente” con sus posibles asesinos y homicidas, contaminadas sus cotidianidades y, concluidas por el suicidio del agresor, como escape “espectacular” a la justicia y a las leyes patriarcales.

Danza de las llamaradas, Ed. 2001.

La voz de Carmen también lo expresó diciendo que: « […] Papá le dijo de forma autoritaria que no se fuera. Ya madre no tenía por qué hacerle caso, porque no eran pareja y a ella la esperaban compromisos de trabajo; por eso decidió continuar con la ruta de su día. Papá entonces la alcanzó en la calle y procedió de esa forma tan lamentable que los llevó a madre y a él a la tumba y a nosotros a la orfandad. » [4]

La tragedia, la ruleta, la enredadera, la telaraña, las garras de la muerte nos persiguen; así también la muerte con distintas caras y el filo de la navaja sobre el cual se vive cuando las amenazas de la pareja o ex pareja son aterradoras y llegan sin advertirse, y se escuchan no como murmullos, sino como truenos, como tempestades huracanadas superando a la ficción. Pero no voy a ser condescendiente, la sumisión femenina a los golpes y a los horrores de la violencia, el llamado «círculo de la violencia» no es algo que Stanley ha inventado, o lo que José,  el hijo del caso número cien, diciendo que: «Con el paso del tiempo fui entendiendo que el amor por mi padre tenía altas y bajas. » [5]

El «círculo de la violencia» es lo que es, es un rostro conocido, no es la insoportable levedad, es de lo que nos resentimos ahora, que nos diezma, que nos hace mártires en nuestras propias casas, es lo que se ha aprendido a llevar como una cruz en silencio –de acuerdo a la educación tradicional materna-, pero es el epílogo de la última vía de escape que se troncha: la denuncia, la separación.

Por eso, no sé si lo que dice José es cierto que, «Un hombre, por ser hombre, no tiene que ser violento» [6], porque tampoco sé si como sociedad continuaremos siendo miopes ante las mutilaciones, ante las torturas, ante nuevos inquisidores, por no reconocer lo que Avelino coloca en voz de la trabajadora social que va a Barrio Libre a impartir talleres: los «derechos que tienen las mujeres al desamor». [7]

Quizás, Avelino, continuaremos necesitando anteojos para comprender que la “igualdad”, esa palabra creada por los hombres de la Ilustración para ellos, entre ellos, y entre sí, sin el derrumbe de los estereotipos y, por consiguiente, del Estado patriarcal, no es posible, puesto que es una condición “legal” fallida en las relaciones de los sexos opuestos, en los roles sexuales, y que tú sugieres a través de la voz de la trabajadora social, que «esa visión no es genética, sino cultural. » [8]

La crónica periodística de la semana que recién acaba de concluir nos muestra que, cada día las violencias de esa “igualdad” nos destrozan, y que la muerte es un celaje, no una despistada parca, una sombra que se advierte, que visita destinos personales, a los opuestos, a los amantes, ex amantes, de sexualidades atrayentes y que se atraen, que no se comprenden, desagregando a familias, y destruyendo el cuerpo de la mujer, no su intelecto.

Es el cuerpo, Avelino, lo que se destruye desde esa opresión genérica; el sexo no poseído es el que se persigue, y no se tolera ser compartido. No es la capacidad femenina como nos pretenden hacer creer, la emancipación de ella, la que se “razona” anular, ¡no!, es el objeto-sexo que el código penal dominicano no “libera”, a causa de esa supuesta igualdad legal con el hombre, al cual se le ha otorgado naturaleza divina, y que la volubilidad de los otros no deja que fácilmente se lo arrebaten o que se lo nieguen para su goce.

El Poeta Nacional Pedro Mir, junto al escritor hondureño Roberto Quesada y Avelino Stanley.

No es tan simple entender esto. Aún cuando en la carta a la psicóloga del liceo Maribel Vargas, Carmen se pregunte: « ¿por qué no existen programas de reeducación con enfoque de género para la gente adulta? ¿Por qué dejan que todo se siga empeorando aun cuando se trata de un mal que se puede enfrentar? […] «Pensando en eso me pregunto, ¿y qué ha pasado con los hijos y las hijas y con los demás familiares de las noventa y nueve víctimas anteriores a madre? ». [9]

O como expresara la Premio Nobel de la Paz que citas, que vino al enésimo Congreso Internacional de Mujeres de Éxito, y le dijera al Presidente: -«Me siento compungida por “el caso número cien” ocurrido ayer en un barrio de esta ciudad»-dijo. Y agregó- «Ha llegado el momento de que los países latinoamericanos se unan en una gran cruzada que propicie una reeducación para enfrentar la violencia contra las mujeres. » [10]

Luego de leer este libro de Avelino considero que, la masculinidad machista, indudablemente, ha jerarquizado al cuerpo de la mujer como suyo, por eso el empeño (de la mujer) de que doctrinalmente, jurídicamente, se “admita” otra condición a ella, sobre ella, sobre su cuerpo.

Y digo aquí, que continúa siendo un error hacer esta demanda a través de la “igualdad”, ya que la vigilancia sobre el cuerpo de la mujer (desde el Estado, hecho hombre opresor) es extremadamente peligrosa, y no nos deja respirar desde la diferencia. No entiendo el empeño, el fastidio por continuar con la palabra “igualdad”.

Demasiadas confusiones para el patriarcalismo traen las palabras género, diversidad, roles de género, ideología de género, perspectiva de género y, al parecer son aborrecidas desde los estamentos religiosos, políticos y militares. No se piensan tampoco como parte de los vocablos que la divinidad debe re-aprender. Al parecer, el sujeto femenino no es digno de la “redención”, de que en lugar de ser sepulta, sea levantada de la tumba, y se le deje escoger el derecho a vivir en libertad a través de la diversidad de los roles de género. El mundo, Avelino, ¿no crees? debería plantearse esta redención: a cada cual dársele la libertad de escoger y litigar el derecho de sus roles de género.

Y esto último que he expresado, me hace volver a Ernesto Sábato, al ensayo citado, cuando nos dice que:  « […] la gran novela no sólo hace al conocimiento del hombre, sino a su salvación. Y esta tarea, lejos de ser un lujo de individuos indiferentes al sufrimiento de clases o pueblos miserables, es una clave para el rescate del hombre triturado por la siniestra estructura de los Tiempos Modernos». Argumentado luego, Sábato que, el alma es «ámbito desgarrado y ambiguo, sede de la perpetua lucha entre la carnalidad y la pureza, entre lo nocturno y lo luminoso. » [11]

El Estado patriarcal dominicano, Avelino, no se rebela contra las garras de las barbaries del alma, ni contra los crímenes de género. Aún venga un diluvio no se le presta atención a esa neurosis de los déspotas machistas. Los castigos que contemplan las leyes han fracasado y, cuando se suicidan, no dudo que, ellos busquen acceder a la promesa de la eternidad por amor y, quizás ese es el vínculo con la muerte que los hombres agresivos esperan encontrar al dar el salto de irse al agujero negro de la inconsciencia, porque la “eternidad”, a veces, se vende como una baratija en el adoctrinamiento insincero. Huir a la “eternidad” es el mejor desencuentro con el cuerpo-sexo que no se pudo atrapar egoístamente solo para sí.

Quizás será necesario que ángeles rebeldes se den una visita por aquí, y arrojen desde el cielo desprecio a los culpables de la indiferencia con la educación no sexista, y a los opositores a reeducar desde la perspectiva de género. El seguir rechazando el patriarcalismo, y la masculinidad machista, a la ideología de género y a la perspectiva de género traerá todas las infelicidades. No sé qué tan positivo es que se repitan año tras año esas “benditas” conmemoraciones, invocaciones de paz, de cero tolerancia, etc., etc.

Finalmente, considero que Avelino Stanley nos acerca, a través de sus crónicas noveladas, a que como comunidad tengamos una comprensión un poco más diáfana de porqué ocurren los feminicidios. Partiendo del relato de tres personajes (Carmen, José y Lala) nos advierte del desamparo emocional en el cual quedan los huérfanos; nos conduce a entender porqué los feminicidas causan esas pérdidas, ese tipo de exterminio, esas separaciones físicas y espirituales de los hijos con sus madres.

El caso número cien (Cocolo Editorial: Santo Domingo, 2018) de Avelino Stanley es, un trozo de un caso real arrancado a un barrio de la ciudad que no se puede conocer solo desde el reportaje periodístico, en un país de comunicación subliminal, donde desde sus entrañas brotan situaciones de vidas truncas, desenlaces inimaginables que descubren la vulnerabilidad de esta sociedad que coagula sangre de inocentes en las calles, en las carreteras, en los hogares, en las habitaciones donde los adultos fracasan en sus intentos de no dejarse enajenar por la violencia.

De todos los capítulos que componen esta novela, personalmente me quedó con el Capítulo 22 titulado «Wasaps para una estrella» y, subtitulado «Nosotras… Carmen y Luisa. »

Este capítulo es, a nuestro modo de ver, el que subvierte toda la historia, y es narrado por la muñeca menor de esta crónica, Luisa, que aunque no fue destrozado su cuerpo, quedó como el de una muñeca rota. Imaginar esa voz de niña indefensa, nos hiela la piel, y el alma se estremece cuando Luisa, huérfana, de seis años, la hija menor del caso número cien, al no tener la alegría de que de su madre la espere al salir de la Estancia Infantil, decide enviarle un wasaps de voz a su madre, diciéndole: «Cuando no te pueda ver durante el día, ayúdame a esperar con calma a que llegue la noche. Sé que me estás hablando si veo que el brillo de la estrella sube y baja rápidamente como cuando prenden y apagan las luces de navidad. » [12]

Avelino Stanley en esta novela hace uso de la infratextualidad y la supratextualidad como recurso literario para confrontar las voces de Carmen, José y Luisa, los tres huérfanos, al cuidado de su abuela Berta. Aunque el autor deja el final abierto, y nos sorprende terminando con otro intento de feminicidio en el Barrio Libre, por otro caso de machismo, enmarca la historia en una cartografía socio-cultural de carencias materiales y anquilosamiento en el desarrollo comunitario. Stanley escruta, mira, lo ocurrido en una familia que, como otras, están invisibles en las políticas públicas para la reeducación con perspectiva de género. El autor no describe gráficamente el feminicidio, pero sí muestra sus repercusiones en los huérfanos, el llanto espiritual que provoca y, quizás, lo que se puede hacer para evitar que se repitan más casos cien.

NOTAS

[1] Avelino Stanley. El caso número cien (Cocolo Editorial: Santo Domingo, 2018): 27.

[2] Ibídem, 28.

[3] Ernesto Sábato. Antología (Librería del Colegio: Buenos Aires, 1975): 133. Selección y estudio preliminar por Z. Nelly Martínez.

[4] Ibídem, 182.

[5] Ibídem, 32.

[6] Ibídem, 33.

[7] Ibídem, 154.

[8] Ibídem, 168.

[9] Ibídem, 161-162.

[10] Ibídem, 23.

[11] Ernesto Sábato. Opus citatium, 145-146.

[12] Avelino Stanley. Opus citatium, 140.

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