El «Porvenir»

Los románticos soñadores, que creen en una humanidad igualitaria, finalmente se  convencerán  de que nada será posible, porque el miedo a llevar a la práctica esa idealidad no permite que un nuevo contracto social cambie
Ylonka Nacidit Perdomo - 1 de enero de 2018 - 6:00 am - Deja un comentario
Foto: Fuente externa/Acento.com.do/Un altar al "Generalísimo Trujillo"

«El Porvenir es una esfinge. Hesíodo al cantar  la Virtud la acompañó del dolor y de la pena, dioses que no mueren nunca. Compañeras de esa esfinge, perpetuas, inseparables, son las interrogaciones melancólicas con que el alma busca descubrir lo que ella guarda, avara, en sus labios muros, en la cuenca sin luz de sus ojos, en la expresión enigmática de su rostro helado.

«Todas las fuerzas del arcano están replegadas en la severidad impasible del Porvenir. Ni el viejo verso de Homero, repleto  de salud, ni la pastoril modulación de la lira de Virgilio, ni el épico acento de Hugo, conmueven el misterio, para hacerlo visible al pensamiento, que encarna esa esfinge en la actitud indefinida, inabordable, de sus formas andróginas. » [1]

El «Porvenir» puede tener un disfraz; puede mirarse por ambos lados: desde la izquierda o desde la derecha; estar bajo la amenaza de líderes o teóricos asalariados, y cerca del abismo o de una delirante “necesidad” de continuidad. Miles de opiniones es posible leer sobre el «Porvenir», escritas en distintos géneros literarios  por “competentes” talleristas orgánicos del diarismo. Pero lo más probable es, que desde ahora ningún artículo que se escriba sobre el acontecer político sea trascendente, porque la sociedad se ha disciplinado en asumir como suyo, también,  el círculo vicioso de emular las mentiras, y actuar como subordinada de los dictados de las fuerzas hegemónicas del sistema que no miran hacia atrás para extraer lecciones del pasado para el «porvenir».

Así las cosas, la democracia seguirá -al parecer- siendo un axioma utópico, una acción muda en la Historia. Los románticos soñadores, que creen en una humanidad igualitaria, finalmente se  convencerán  de que nada será posible, porque el miedo a llevar a la práctica esa idealidad no permite que un nuevo contracto social cambie esa organicidad  en la cual, la superestructura política del Estado solo esté al servicio del laborismo de los que asumen para sí los privilegios sin rendir cuentas.

Ya no creo en el «Porvenir», antes sí, cuando era también una romántica rebelde; pero ahora, cuando descubro que hay  mayorías que  se subyugan al despotismo, sin identificar con claridad cuáles son sus objetivos en la vida, sé -y no soy insidiosa- que las dictaduras tienen su disfraz, que la raison d’être es una maquinaria siempre partidista, disciplinada, reproductora de su autoridad, que fabrica voluntades sumisas por cada proceso electoral; siendo esa autoridad “representativa”, “electa” la que tiene éxito, porque distribuye tantas dádivas que hace que las relaciones humanas pasen a ser relaciones infrahumanas, transformadas en un bienestar irracional, de dependencia, con una amalgama de colores donde son escasos los bienes para esa mayoría que no conoce el real estado de cosas.

A lo largo de las dos últimas décadas hemos visto que,  somos una sociedad débil, profundamente transformada en términos materiales, pero brutalmente puesta al servicio de las enmascaradas sutiles del poder. El ámbito nacional se ha convertido en un escenario con distintas temporadas  para no preocuparse por nada, para que se continúe  en la pasividad del «todo está bien»,  porque el estilo de vida de la población ha sido la adhesión a lo mediático como si estuviera en una guardería donde el ciudadano/ ciudadana adulto entiende que se debe vivir  siempre  en medio  de un recreo.

Una mayoría, que tiene la categoría de ciudadanía,  no converge con la otra mitad de esa mayoría que es deliberativa, puesto que el poder estatal ha extraído a la primera su capacidad de pensar. Ahora la ciudadanía no es más que, una actitud negligente, una dimisión de la demanda de sus derechos y ejercicio pleno de los mismos. Literalmente el adversario ideológico de la ciudadanía  es la ilegitimidad del poder político sustentado en una espuria democracia.

¿Realmente, la ciudadanía está rezagada? ¿Está consciente de que la «voluntad general» ha sido reducida a una abrumadora propaganda de Estado y desde el Estado, que meteóricamente y celosamente ocupa todos los escenarios?

Ha llegado hoy el «Porvenir»  de un nuevo año, y quedó  atrás otro virulento, vertido no en el olvido, sino en referente excepcional  para la Historia oficial. Si emerge éste de las cenizas dejadas por el otro, de igual manera, no será extraño que el «Porvenir»  se diluya, o que una inesperada turbulencia dé la bienvenida al desacreditado año anterior, puesto que, ya no es posible que la ciudadanía sea instrumentalizada, considerada universal solo en tiempos de elecciones, y no cuando se hace mayoría social y toma un curso –unida- que se intensifica, que engloba todos los derechos, que está incómoda  con las ironías del destino, y la manera en que es corroído el país.

El «Porvenir» se ha ido diluyendo, extinguiéndose; ha sido devorado por esta república aldeana, por las sombras constantes de las dictaduras y de las tiranías, porque no se dan respuestas definitivas a las interrogantes de más de medio siglo, que son interrogantes constitucionales que empezaron sus andaduras en 1844.

No obstante, vuelvo a leer a un autor anónimo que nos dice: «El Porvenir es una esfinge. En cada pueblo y en cada alma, en este momento crítico de la civilización, en esta hora compleja, el pensamiento no busca interrogarlo; mientras bullendo en las comprimidas tristezas humanas, en las dolorosas injusticias, en las aberraciones  triunfantes, en el fondo de la esclavitud moral […] está  la conmoción irreductible que aplastará, de sorpresa, la vigencia de tantas desolaciones sociales como imperan con agravio del derecho y la moral, con menosprecio del civismo; conmoción que integra en el inmutable silencio de sus formas la solitaria esfinge del Porvenir. » [2]

Quizás sea cierto que el 17 quedará identificado como el año de la «presencia cívica» en las calles, donde la ciudadanía se organizó de manera legítima, procurando una democratización real  de  las instituciones representativas del Estado, dando una alerta ante el surgimiento posible del populismo autoritario, ya que la concienciación política es la única posibilidad para que el «Porvenir»  pueda emerger en esta comunidad que ha perdido su identidad, por la intensa vigilancia del Estado a sus acciones.

Entiendo que hay muchas maneras de subyugación de la ciudadanía, y que la más efectiva la encarna la ausencia de instrucción,  y la incapacidad para el saber, y el pensar. Nuestra ciudadanía  nunca tendrá preeminencia en el Estado sino renovamos la inercia de aprehender los saberes, sino nos sentimos extraños ante el orden jerárquico impuesto. Es necesario abrir los ojos,  tener miradas propias, existir rompiendo la coerción subliminal  de la «cultura del espectáculo».

Carmita (Carmen) Landestoy, autora del libro ¡Yo también acuso!, escrito en el exilio, luego de huir de la dictadura de Trujillo,  en el «Prólogo» a su obra dijo: «Yo siento que, cuando llegamos a cierto sector en el camino, cuando «la exigencia de expresión de los pensamientos» nos apremia de tal modo, que parece corto el trecho que nos falta por recorrer para expresar nuestras ideas por escrito, duele perder tiempo en polémicas que oscurecen los problemas en vez de iluminarlos, enturbian la visión y hacen que se sienta frío en al alma  […]». [3]

Quizás sea cierto lo que dice Carmita, pero ahora estamos ante una sociedad muy heterogénea, que tiene mínimas  posibilidades de autoorganizarse, porque lo ha perdido en la práctica, y en los partidos tradicionales, al igual que en los emergentes, las luchas de facciones no terminan.

Del 17 al 18 solo hay un salto de 356 días que irán desplazándose,  cada uno con un enigma diferente, capturado en las páginas de los diarios, o administrados por el Estado que los instrumentalizará para dejar sus huellas en ellos.

Es por eso que mi escritor anónimo citado insiste en que «Atentos a la esfinge, interrogaremos  la inmutabilidad de su rostro helado, para oír lo que nos guarda su silencio, y despojar nuestra ánima indolente de sus errores o desvaríos, y hacer de cada idea una fuerte virtud de patriotismo que nos sirva de escudo». [4]

Que así sea en  este 2018.

NOTAS

[1] «Divagando» (anónimo) en La Cuna de América. Revista de Ciencias, Artes y Letras. Año I, Núm. 14 (5-VII-1903): 1.

[2] Ibídem.

[3] Carmita Landestoy, ¡Yo también acuso! 2da. Ed. (Talleres Tipográficos de Editorial LEX: La Habana, 1946): 8.

[4] «Divagando» (anónimo) en La Cuna de América.

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