Al amanecer

La violencia como recurso

Durante años se ha jurado y perjurado que la familia es la base de la sociedad y que sin ella, sólida y firme, todo lo que existe no tendría sentido. Sin embargo, a juzgar por lo que publican los medios desde hace algún tiempo, el conglomerado social dominicano parece avanzar en la dirección opuesta: violencia, corrupción, impunidad, exclusión, vanidad, involución, feminicidios e irrespeto a la ley y el desprecio a la vida.

Muchos han tratado e intentan razonar y atribuir una causa fundamental que explique la vorágine que pretende hundir todo y a todos en el caos. Si el eje de la violencia e irrespeto a la vida, el orden y a la paz nace en el seno de familias disfuncionales, lo lógico sería preguntar ¿este es un país disfuncional? ¿Lo que se percibe a diario es reflejo de síntomas que surgen de raíces muy profundas en la oscuridad de los tiempos, y de la manera pésima en que nos tratamos entre sí?

A los dominicanos les encanta echar el pleito. Algunos aseguran que no lo barajan, porque no se dejan. ¿Por qué somos tan inclinados a ser tan beligerantes? ¿Acaso no hemos aprendido nada del consenso? ¿De la negociación? ¿Del acuerdo en la forma y en el fondo? ¿Por qué nos fascina tener una carta debajo de la manga? ¿Ha engañar primero, antes de ser engañados? ¿Ha pensar mal, para acertar? ¿Ha perder la vida por nimiedades? ¿A seguir a Jalisco y empatar la que no se gana?

Cabe preguntar: ¿qué harán los líderes de hoy –que eran los jóvenes inquietos, revolucionarios de ayer—con los miles de muchachos seducidos por el glamour de la violencia, el dinero fácil, las drogas, sin empleos y atrapados en un callejón sin salida, en un país beligerante?

La familia nuclear tradicional, y dentro de ella sus mentores –padres y madres—tienen mucho que ver con la actitud de los hijos cuando se trata de proteger y amparar a los más débiles. En una sociedad con leyes escritas de justicia que no se cumplen, es usual que por lo general se impongan los más fuertes. De ahí que en ciertos barrios del país, pequeñas junglas llenas de fieras, la delincuencia imponga su funesto reinado de ilegalidad, espoleado por el irrespeto a la autoridad.

Y con ella se alimenta la violencia en todas sus modalidades, entre ellas los feminicidios. Una vez una madre, atormentada por las quejas que llovían contra su hijo preferido, salió al medio de la calle de su barrio pobre y gritó a los cuatro vientos: “¡mujeres jembras, recojan a sus hijas, que mi gallo anda suelto!.” Hoy, con la competencia feroz de algunas damas, algunos dirían que marchamos en el rumbo opuesto.

Un país que alcanzó su parto histórico a fuerza del filo del machete, no es ajeno a la violencia política y social que sólo pudo generar machos necesarios para la protección de las hembras, en una etapa donde se justificaban todas las tropelías.

Hoy día, la mujer busca avanzar en todos los campos y en el uso de su cuerpo a voluntad, a contrapelo de la tradición y la cultura machista. Lo lógico es que haya enfrentamientos y divisiones, no consenso, sensatez ni acuerdos, mientras el agresor sea visto de un solo lado y no parejo.

Somos un país beligerante por naturaleza. Nos encanta la pelea y el enfrentamiento. Desafiar al abusador. Imponer nuestra fuerza y voluntad. Los médicos contra el gobierno, el gobierno contra la oposición, la oposición contra el poder, las facciones a lo interno de los partidos, las luchas entre familiares, pobres contra ricos, ricos contra pobres, mujeres contra mujeres, vecinos contra vecinos, ciudadanos contra instituciones, organismos contra ciudadanos, hombres contra hombres; en fin, el imperio de la locura y la sinrazón.

¿El germen de toda esta violencia ciudadana derivada? La familia disfuncional, desintegrada, y la irresponsabilidad personal. La ausencia del padre o de la madre, la falta de un timón y una brújula, sumado a la desigualdad económica y social, y a la injusticia social, así como el desequilibrio en la crianza entre varones y hembras.

Cabe preguntar: ¿qué harán los líderes de hoy –que eran los jóvenes inquietos, revolucionarios de ayer—con los miles de muchachos seducidos por el glamour de la violencia, el dinero fácil, las drogas, sin empleos y atrapados en un callejón sin salida, en un país beligerante? Sólo pensar lo que podría ocurrir, produce escalofríos… pese a todos los esfuerzos que se hacen para revertir la marea que amenaza con barrerlo todo.

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