Atalaya del escrutinio

Del populismo a la autocracia

El populista es en principio un demagogo. Pregona reiteradamente que su misión es impulsar los intereses del pueblo, aunque muchas veces sea solo para servirse a sí mismo y a sus allegados en la lucha por el poder y/o la riqueza. De hecho, su definición de pueblo no abarca a todos los ciudadanos, solo a sus adeptos y seguidores.

El populismo no está atado a ninguna ideología en particular: es un arma que puede ser utilizada con el discurso que más conviene al interés del dirigente o del partido para alcanzar y retener el poder. Hay populistas de izquierda y de derecha, y algunos son ambidextros. Como también hay populistas de procedencia humilde, y otros ya muy ricos cuando llegan a las luchas políticas para “favorecer” al pueblo. Lo que define al populismo es que niega el pluralismo inherente a la democracia, según el politólogo alemán de la universidad de Princeton, Jan-Werner Müller.

La demagogia le sirve bien al populista en las primeras etapas.  Cuando ya el discurso, la propaganda y el despilfarro de los recursos del Estado no alcanzan para los fines de mantenerse en el poder, entonces el gobernante populista recurre a otros medios más fuertes para apuntalar sus conquistas. Empieza irrespetando los controles y equilibrios de los tres poderes del Estado, así como maltratando a la oposición porque no cree en el pluralismo. Siempre para favorecer al pueblo, por supuesto, y sin abandonar los halagos y las dádivas que caracterizan el clásico estilo populachista. Muchas veces se hace tarde para los ciudadanos reaccionar, pues en base a dormir a la población con sus triquiñuelas y propaganda, el gobernante populista acapara paulatinamente todos los mecanismos necesarios para perpetuarse en el poder. Es la perfecta involución de la democracia a la autocracia. Hasta que eventualmente revienta, y empieza el ciclo de nuevo, salvo contadas excepciones de naciones que logran romper el círculo vicioso en base a la formación ciudadana y un estricto apego a la institucionalidad.

El dirigente populista se torna particularmente peligroso desde el momento en que proclama- o más frecuentemente manifiesta con sus acciones- “yo, y solo yo, interpreto y represento al pueblo”, incluso cuando las consultas por sufragio demuestran lo contrario.

Este es el caso, según nos relata un amigo boliviano, de Evo Morales. Después del referéndum constitucional de 2016 rechazando la posibilidad de la reelección indefinida (con una participación extraordinaria de casi 85% del electorado), el emblemático populista insiste en abrir las puertas para seguir en el poder más allá de su presente (tercer) mandato. Dice ser defensor del pueblo, pero sobrepone su interés por detentar el poder, a la voluntad manifiesta de la nación que ha declarado con su voto que no quiere abrir esa posibilidad. El claro rechazo de la mayoría de votantes a la reelección no es porque rechaza a Evo Morales, sino porque entiende que no es saludable para el desarrollo de la democracia boliviana establecer la reelección indefinida, prohibida en el ordenamiento jurídico del 2009, que solo permitía una reelección, hasta el fatídico fallo del Tribunal Constitucional Plurinacional hace pocos días.

El precepto de una única reelección en Bolivia se consigna en la  Constitución de 2009 que “refunda el Estado boliviano” bajo el liderazgo de Evo Morales.  Luego, para poder reelegirse en las elecciones de 2014, el presidente alegó el sofisma de que su primer período (2006-2009) correspondió  a la Constitución anterior, que prohibía absolutamente la reelección. Se dejó pasar la triquiñuela en esa ocasión. Hasta ese momento Evo Morales no tenía objeción a la “violación” de sus derechos políticos de limitar su tiempo en el poder. Vencido el pequeño escollo de su propia factura en 2014, inician los apetitos por eliminar la prohibición a una segunda reelección mediante un referendo constitucional. En ese momento, el presidente dijo que aceptaría la voluntad de la mayoría expresada en un referendo, sin importar el resultado. Posteriormente  el demagogo se ha puesto en evidencia, pues manipulando al Tribunal Constitucional bajo su control, antepone el supuesto derecho del ciudadano a ser elegido sin restricciones, a la voluntad manifiesta del pueblo a reglamentar en la Constitución el funcionamiento de la democracia y sus instituciones. El derecho político de la nación a determinar su forma de gobierno debe ceder ante el derecho divino de su majestad, el gobernante, de permanecer en el poder el tiempo que estime necesario para completar su obra de gobierno, que solo él puede llevar a cabo. Es la historia del populista desenmascarado como déspota usurpador, pues solo él sabe lo que quiere el soberano pueblo boliviano.

Leyendo este relato nos viene a la mente- quizás demasiado tarde para serle útil a nuestro amigo boliviano en esta ocasión- el viejo consejo de un sabio profeta:

¡Cuídate de los dirigentes políticos mientras son solo populistas, que cuando ya son déspotas, no hay cuidado que valga!

Lecturas:

http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-42159445

https://www.nytimes.com/es/2017/11/29/evo-morales-cuarto-mandato-reeleccion/

https://elpais.com/internacional/2017/11/29/america/1511917821_762144.html

https://www.infobae.com/america/america-latina/2017/11/23/encuesta-en-bolivia-el-75-de-la-poblacion-se-opone-a-la-reeleccion-indefinida-de-evo-morales/

https://www.gestiopolis.com/la-reeleccion-presidencial-consecutiva-en-la-historia-de-bolivia/

http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/01/160116_cuanto_cambio_evo_morales_bolivia_bm

https://www.project-syndicate.org/commentary/nicolas-maduro-and-the-essence-of-populism-by-jan-werner-mueller/spanish

https://elpais.com/internacional/2017/12/03/actualidad/1512256899_752374.html

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