La columna de Miguel Guerrero

El país que queremos

En la presentación de mi libro “Tocando fondo”, sobre la crisis bancaria del 2003 escribí que si bien puede verse como un año de frustración, y en efecto el frío examen de las realidades vividas en ese lapso conducía irremediablemente a aceptarlo de ese modo, creía, y aún creo, que de la profundidad de una crisis podemos encontrar la esencia de todo aquello por lo que hemos luchado por espacio de tantos años. La visión cercana de la tragedia nos enseñó entonces no sólo nuestras debilidades, de antemano perfectamente conocidas, sino el potencial de que disponemos para superar las grandes calamidades.

Alguien ya dijo que lo perfila a una nación, como a los individuos, no es lo que hace en circunstancias normales, sino lo que es capaz de hacer cuando se cae. Levantarse de un tropiezo hace grande a una nación, no importa cuán pequeña sea en territorio y recursos naturales.

La tarea del desarrollo implica la búsqueda de un lugar seguro en el futuro. Lugar que sólo podremos alcanzar con una comunión de esfuerzos y propósitos. Necesitamos de una acción conjunta que defina lo que queremos ser y cómo queremos vernos dentro de quince, veinte y cincuenta años.

Tan grande esfuerzo no corresponde a una sola administración ni mucho menos a una fuerza política. Se trata de un ejercicio de conjugación de voluntades, por encima de toda confrontación o prejuicio partidista o de cualquiera otra naturaleza. Tenemos la obligación moral de entender que el progreso del país depende de la capacidad que tengamos para anteponerlo a nuestros prejuicios y ambiciones. Endosar buenas políticas y acciones públicas no implica necesariamente el abandono de posiciones o una claudicación.

Si las diferencias nos distancian en la búsqueda de ese objetivo común inaplazable, las posibilidades de un futuro promisorio serán escasas. Y nos sobrará tiempo para lamentar nuestra estupidez.

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