Atalaya del escrutinio

Perjudicados por prejuiciados

Muchas personas piensan que están pensando cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios”.  William James

En el austero idioma inglés, la palabra “prejudice” significa tanto perjuicio como prejuicio. Prejuicio es perjuicio, tanto para el prejuiciado como para el prejuzgado. Nunca debemos subestimar el perjuicio sufrido por el prejuiciado, actuando por reflejo automático, sin reflexionar. El prejuiciado es víctima directa del subconsciente, al desestimar oportunidades que se presentan en su vida.

Actuar en base a prejuzgar es perder el control sobre nuestras decisiones, cediendo esa prerrogativa a nuestro subconsciente. Tanto el individuo como la sociedad son perjudicados en su desarrollo por la prevalencia de prejuicios que manifestamos a diario, en muchos casos a pesar de esfuerzos deliberados por obrar objetivamente. Existe una estrecha correspondencia entre sociedades de mayor desarrollo humano y la disminución de la incidencia de los prejuicios, sugiriendo la posibilidad de desencadenar un círculo virtuoso. Todo esfuerzo sostenido por hacer prevalecer el discernimiento sobre el prejuicio es valioso, auténtica prioridad para el progreso humano, y debe iniciarse temprano en el hogar y en la escuela.

Tomar decisiones en base a mitos, supersticiones y adoctrinamientos heredados de nuestros antepasados- o desarrollados en el transcurso de nuestra propia vivencia, pero basados en información anecdótica y no en base al discernimiento- es una de las mayores limitantes que tenemos como individuos y como especie. Homo sapiens se diferencia de los demás seres vivos por su gran capacidad de deliberar y discernir, pero no siempre aprovechamos ese don característico de los humanos. Es más fácil reaccionar visceralmente por reflejo automático- como quizás fuera necesario para la sobrevivencia cuando se habitaba en la selva y la caverna- desarrollándose el prejuicio como una especie de primitivo instinto que se hace difícil de extinguir ahora que ya no es racional ni conveniente. Además, hemos creado vehículos muy eficaces para reproducir los prejuicios y agitar los ánimos- al menos cuando son manipulados de esa manera (como propaganda)- como son los nacionalismos, las categorías raciales y étnicas, las pseudociencias, las religiones, las instituciones educativas, los medios de comunicación, los algoritmos, y hasta la creación artística y la expresión poética. Los antillanos y centroamericanos incluso hemos forjado una nueva voz- prejuiciar– ya aceptada por el diccionario de la Real Academia Española- para designar lo que hacen los manipuladores al “predisponer a una persona en contra de alguien o de algo”. No solamente existen personas prejuiciadas, sino también hay “prejuiciadores” que se dedican a prejuiciar a terceros para pescar en río revuelto.

Para entender hasta donde llega el impacto de los prejuicios en nuestras vidas, consideremos el caso- aparentemente inocuo- de unos esposos con las mejores intenciones. Veamos cómo ellos en el hogar “prejuician” a los hijos. Predisponen contra los molondrones, porque sus padres hicieron lo mismo con ellos. O porque tuvieron una mala experiencia con molondrones latigosos y babosos en algún momento de su vida. El caso es que los niños, sin haber probado nunca ese alimento exquisito y nutritivo- elemento esencial del arte culinario criollo para mucha gente-  desarrollan un rechazo a los molondrones, sin haber degustado ese platillo. Nunca tuvieron la oportunidad de ampliar la palestra de su paladar, empobreciendo un chin su vida. Prácticamente todos los padres y abuelos “prejuiciamos” a los jóvenes en ocasiones, a pesar de los esfuerzos para no caer en la tentación de transmitir los prejuicios heredados a nuestros seres más queridos. Hasta en la forma de hablar, sin querer o queriendo, manipulamos para predisponer a otros a prejuzgar, y no siempre tan inofensivamente como contra los molondrones. Pues de la misma manera también predisponemos a la prole contra vecinos porque son “greñuses”, “pájaros” o “infieles”, o cualquier otro estereotipo de persona, sin tomar en cuenta que son individuos, no caricaturas.

La importancia de frenar nuestra propensión al prejuicio fue explicada magistralmente por una querida amiga recientemente en la presentación del libro, “El Milagro de Consuelo: una historia con valor para la educación dominicana”, de la Dra. Leonor Elmúdesi. La veterana educadora, sor Leonor Gibb, en respuesta a una pregunta, explicaba que la lección más importante aprendida de su experiencia de casi seis fructíferas décadas en la comunidad de Consuelo, es la importancia de lo que ella llama,  la “apertura”. Los educadores siempre tienen que abordar su misión de educar con mente abierta y sin ideas preconcebidas, aceptando a los alumnos por su valor intrínseco como individuos, sin encasillarlos en estereotipos por su origen, creencias u otros atributos, trabajando con sus fortalezas personales para conducirlos a su primer éxito, que eventualmente se reproduce con nuevos triunfos. Valiosa lección que equivale a decir que el primer deber del educador es deponer los prejuicios para aprender educando, lección que recomendamos a nuestros institutos pedagógicos incorporar en sus programas de formación inicial y de capacitación en servicio.

Para corroborar la valiosa observación de sor Leonor sobre la importancia de la “apertura” en la educación, citamos a León Trahtemberg en su breve artículo, “Elimina los prejuicios y mejorará el aprendizaje”:

Richard E. Nisbett, el autor de la nota para el New York Times (Education Is All in Your Mind, 8/2/2009) señala que la diferencia está en la capacidad de los profesores de lograr que los niños venzan los estereotipos negativos que tienen de sí mismos respecto a su capacidad para aprender. Cuanto antes se les expone a las exigencias académicas, en forma de juegos y ejercicios para autoconvencerse de que son capaces, su desempeño se eleva enormemente.”

Tan traicionero es el prejuicio que en ocasiones nos prejuiciamos contra nosotros mismos. ¿Cuántas niñas creen que no pueden destacar en las matemáticas y ciencias, precisamente porque padres, maestros y toda la sociedad hemos reproducido este antiguo prejuicio durante generaciones? El resultado es que las mujeres  han ganado menos de 3% de los premios Nobel en categorías científicas, en física solo el 1%. Muchas personas siguen creyendo, a pesar de la abrumadora evidencia científica contraria, que hay algo intrínseco al cerebro femenino que dificulta el desarrollo del pensamiento lógico-matemático. Son ellos los herederos del prejuicio de generaciones de hombres (y mujeres) que juraban que las mujeres no podían ser buenas maestras, abogadas o doctoras en medicina, pues ellas solo sirven para los quehaceres domésticos, o como secretarias y enfermeras. Por estar barajando las cartas de nuestros prejuicios constantemente,  ¿durante cuántos siglos prescindimos de los aportes a la economía, mejor dicho a la humanidad, de generaciones de profesionales brillantes, replicando la hoy evidente falsedad de la insuficiencia intelectual de mujeres y “negros” para ejercer las profesiones liberales? ¿Se perjudican solamente las mujeres y “los negros” por los prejuicios contra ellos?

¿Hasta cuándo insistiremos en negar nuestros prejuicios, perjudicándonos nosotros mismos al igual que a nuestros hermanos, en lugar de esforzarnos por adecuar nuestro comportamiento a los requerimientos de la era del conocimiento que nos ha tocado vivir? Asusta pensar que, según recientes investigaciones, la vejez y los algoritmos utilizados por los medios informáticos refuerzan los prejuicios existentes.  La población envejece  rápidamente y cada día dependemos más de las herramientas informáticas que hacen uso de los algoritmos, creando una real amenaza de intensificación de los prejuicios en el futuro.

Para no seguir siendo perjudicados por prejuiciados, nuestros educadores deben liderar esfuerzos extraordinarios por liberarnos de los prejuicios que nos persiguen como fantasmas del pasado. Rompamos las cadenas que nos fuerzan a reordenar repetidamente nuestros prejuicios, en lugar de utilizar el don divino para deliberar y discernir como seres inteligentes. Eliminando nuestros prejuicios, mejoramos nuestras vidas.

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