Los indicadores en estas tierras de un ser humano exitoso

Se tiene éxito como predicador de la palabra de Dios, poniéndole a éste en claro que sólo puede orar bien aquel que tiene sobre el plato una porción de hueva de esturión, un nieto que estudie en las antípodas y que allá haya nacido por obra del señor y muchos euros
Víctor L. Rodríguez - 13 de septiembre de 2017 - 12:08 am - Deja un comentario

Uno de los imperativos que la sociedad actual nos exige es tener éxito. Eso se puede lograr solo. Actuando como emprendedor, creando riqueza solamente con la voluntad y sin la ayuda de nadie. El éxito se mide por elementos externos, con indicadores económicos que se manifiestan exteriormente.  Como se mide la capacidad contributiva en el caso de los impuestos. Si usted ha conseguido dotarse de esos signos que significan riqueza, sin emprender nada, ha sido porque lo ha heredado o quizás se sacó la lotería, o tal vez tuvo un buen puesto donde haciendo compras o dando contratos desde un cargo público aseguró su futuro evitando caer preso por no tener cien millones de pesos.

Medir el éxito de los últimos que en países como el nuestro llegan a la riqueza tardía no es del todo difícil, porque ésta se exhibe para que tenga sentido. No hay éxito si no se compra en un sitio adecuado más de una casa y dos o tres apartamentos de tal modo que se sepa, si no se viaja a Europa en medidas del tiempo breves y en estando en tal lugar si uno no se hospeda en una suite presidente. Todo dejándolo saber a través de fotos que el hombre de éxito no pone en Facebook ni en ninguna red social, lo hacen sus hijos y esposa. Él sólo envía las fotos seleccionadas de sus viajes a su red de amigos indiscretos y ellos las ponen y él le da like.

No hay mejor indicador de que se tiene dinero que un vehículo. Un carro de determinadas marcas famosas que por tales son muy caras o una yipeta grande que topando el acelerador consuma el combustible de veinte carritos utilitarios transportando pasajeros en la Avenida Máximo Gómez sólo en la hora pico. Los vehículos son caros, pero si se tiene el privilegio de una exoneración no pagan impuestos. Cuando se habla de dinero el vehículo lo dice todo, aunque usted no tenga nada. Es conocida la frase: “El peatón no es gente”. Únicamente vale caminar en el gimnasio y en el centro comercial de Miami. Se odian los parques locales como lugares de borrachos y locos.

Los vehículos son caros, pero si se tiene el privilegio de una exoneración no pagan impuestos. Cuando se habla de dinero el vehículo lo dice todo, aunque usted no tenga nada.

Caminar en una avenida sólo es símbolo de pobreza, de no tener lo suficiente o de no comportarse como un verdadero rico, aunque ahí se puede exhibir un vestuario de deportivo Nike, Adidas o cualquier marca conocida, pero por comunes no dejan de ser de menesteroso que quieren presumir cuando se la mandan de New York. En las avenidas van a correr y caminar mujeres que compran sujetadores que venden en supermercados, en los que uno se hace socio sólo para comprar barato. Si uno compra ahí es porque no tiene visa y tampoco puede viajar exclusivamente para comprar.

Las mujeres exitosas exhiben su éxito con una cartera muy cara, con personalidad propia, y las llaves del vehículo, las que llevan siempre en una mano o las que tiran sin cuidado sobre la mesa de los restaurantes o en los escritorios de los funcionarios públicos a quienes les van a demostrar su poder con cierta disonancia. No hay forma de que uno no se fije en la marca del carro que representa la llave de encender el vehículo ni deja de ver el sobre que suelen sacar con más de treinta tarjetas de crédito, como si fuera un arco iris con colores plateado, dorado y negro y papeleta de miles que hacen bulto cuando sólo está buscando una tarjeta de presentación.

Cuando una mujer viene con una cartera saben los que miden riquezas para tener amigos o relacionados todo sobre la misma. Conocen cuáles de las carteras femeninas caras son originales o cuáles son de una marca falsificada. Las carteras de peso no se ponen en las piernas ni se cuelgan detrás de la espalda en la silla. Se ponen sobre el escritorio o sobre la mesa del restaurant, como un mojón que marca territorio y los límites del otro, aunque el lugar no sea de su dueña. Nunca se debe hacer enojar a una mujer cuyo éxito es reciente y no esté muy entrenada en el arte sobrevivir sosegadamente, pues suspende abruptamente el hablar afectado y se pone en “modo plebe” y desdice de todo lo que le ha favorecido.

Yo pensaba que era mentira, pero cuando se tiene dinero se coge un aire. Recuerdo aquel tipo que llegó a la capital con una maleta rota y ahora se exhibe como un rico catando extrañas marcas de vino, ausente de sus recuerdos están lejos los colmados donde bebía cervezas que pagaban entre todos con la notable ausencia de su aporte. Ahora se sienta en una mesa reservada permanentemente en un restaurant de los caros, porque el valor de los platos es su única medida de un restaurante bueno, y hablando en voz alta con sus invitados, ricos de su misma calaña, analiza sentado la caída del yen y habla de cómo afectaron las inundaciones en Europa las cosechas de uva de 1967, de los vinos de la Rioja y de las cepas de Borgoña. Todo lo busca en la Internet.

Habla el tipo de reuniones de ricos en las que ha estado, pero en las que sólo es un paria, un intocable de la India, con un dejo de desencajado, que es el reflejo natural de que ese no es su sitio. Únicamente está ahí por su notable éxito en la radio describiendo todas las certezas del superior gobierno sin importar su color, pues es amigo de todos los presidentes y de cualquiera que dinero tenga. Si usted lo ve entre los ricos de cuna, emprendedores de ancestros y ricos que dicen son de verdad su única conducta es hacer mutis, porque sabe que en lugares como esos no lo quieren, pero para el éxito es mejor estar ahí y hacer el sacrificio, que estar en el colmado de los viejos tiempos, con amigos que a nada aspiraron sólo a beber cervezas con otros amigos iguales.

Se tiene éxito como predicador de la palabra de Dios, poniéndole a éste en claro que sólo puede orar bien aquel que tiene sobre el plato una porción de hueva de esturión, un nieto que estudie en las antípodas y que allá haya nacido por obra del señor y muchos euros. En la Riviera francesa, en la costa Azul, donde hacen el festival de Cannes, en la ciudad que se llama Niza, que no fue descubierta por los nuevos ricos por todas esas cosas ni por el paseo de los ingleses ni por la muerte de Isadora Duncan, sino estrenando como un juguete un aparato que tiene un GPS y después buscando en Wikipedia. El nieto ahí nació en una premedita emergencia para que allí fuera el parto y el niño fuera galo, aunque le dijeran gitano, con el designio de terminar sus estudios en un lugar tan lejos como Nueva Zelandia, un nombre que se parece al de su abuela, todo por la gracia de señor. El que predica en el éxito suele ser ambiguo cuando habla del señor, no se sabe si se refiere a Dios o a su benefactor.

Uno no sabe en eso de los que predican cuál es el éxito mayor, si el de predicador o el de la predicadora, aunque esto no deja de haber parejas. El éxito de aquellas que predican a Dios es para ayudar a los que sustraen el erario a tener indulgencia, sin importar cuál sea su sexo. Se racionaliza todo lo que han hecho, utilizando medios como los descritos por Anna Freud, en su libro, «Mecanismos de Defensa», aunque no se basen en ese libro, sino en la palabra escrita del señor.

Procuran las predicadoras igual que sus pares varones que se sepa que disponer de lo público no se cuenta como pecado si a la iglesia bendecida se le entrega el diezmo como Dios manda o en exceso. Les dicen a todas las mujeres preciosas que si todo es con Dios o algo que se parezca a nada ni a nadie les importa, sólo basta estar en paz con el señor y acostarse todas las noches arrepentidas en Cristo crucificado.

Los hombres de éxito reciente por lo común son antiguos marxistas que ven el mundo objetivo, tal como es, que ya no hacen especulaciones desfasadas con sueños de un mundo mejor, que no están creyendo en utopías. Hoy hombres que eran jóvenes buenos bajan la cabeza sintiéndose frustrados porque sólo tienen una casa y una cuenta de diez millones de pesos. Les duele escuchar frases de los muchachos recién ingresado a la administración pública como si hubieran perdido todas sus oportunidades y lo sienten mirando el fracaso en las personas de hombres que saben mucho pero que no son ricos, que no llegaron a ningún sitio, que únicamente han sido por muchos años funcionarios honrados y ahora están iniciando la segunda mitad de la década de sus 40, pensando en una pensión y en los límites de su seguro social.

A ese prototipo de hombre honrado objeto del desdén de muchachos metrosexuales que no pasan de 22 años es modelo para coger cabeza.  Ese hombre al que ese muchacho arquetipo que va a un trabajo de servidor público con salario mínimo, que se pone sin poder con un par Ferragamo, que tiene un carro que le regaló su padre para que sea gente, que se pasa su tiempo de trabajo haciendo narraciones de cómo viven y gastan sus héroes los banqueros, los ricos que roban y aquellos han robado, que como estrujándoselo en la cara le dice a un servidor público cercano a los cincuenta años que no armo su porvenir y fue honrado: «Cuando yo tenga su edad, aparte de mi casa, tengo que tener una en la playa y muchos millones de pesos». Los fracasados en este país son personas que han carecido de la visión de futuro que hoy tienen los muchachos, cuyos padres les sirven de ejemplo.

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