Confesión

Fui durante 40 años el editor jefe de una revista importante. Fui elegido tres veces al Knesset. Fui el primer israelí en reunirse con Yasser Arafat.
Uri Avnery - 12 de septiembre de 2017 - 12:08 am - Deja un comentario

Hoy es el último día del año número 93 de mi vida.

¿Estoy moderadamente satisfecho con mi vida, hasta ahora? Sí, lo estoy.

Si por un milagro pudiera ser devuelto, digamos, a 14 atrás, y recorrer todo este largo camino de nuevo, ¿me gustaría eso? No, no lo haría.

Ya es suficiente.

EN ESTOS 93 años, el mundo ha cambiado completamente.

Pocos días después de mi nacimiento en Alemania, un ridículo demagogo llamado Adolfo Hitler intentó un golpe en Munich. Fue llevado a prisión, donde escribió un tedioso libro llamado Mein Kampf. Nadie se dio cuenta.

La guerra mundial (nadie la llamaba todavía la Primera Guerra Mundial) era un recuerdo reciente. Casi todas las familias habían perdido al menos un miembro. Me dijeron que un remoto tío mío se había muerto congelado en el frente austriaco-italiano.

El día de mi nacimiento, la inflación rugía en Alemania. Mi nacimiento costó muchos millones de marcos. Muchas personas perdieron todo lo que tenían. Mi padre, un joven banquero, se enriqueció. Comprendió cómo funciona el dinero. Yo no heredé ese talento, ni lo deseé.

Teníamos un teléfono en casa, una rareza. A mi padre le gustaban los aparatos nuevos. Cuando tenía tres o cuatro años, conseguimos una nueva invención, una radio. Nadie siquiera soñaba con la televisión, por no hablar de Internet.

No éramos religiosos. Encendimos velas de Hanukkah, ayunamos en Yom Kipur y comimos Matzot en Pascua. Abandonar esto parecía una cobardía ante antisemitas. Pero no tenía ningún significado real para nosotros.

MI PADRE era sionista. Cuando se casó con mi madre, una joven secretaria. Uno de los regalos de la boda era un documento impreso que decía que se había plantado un árbol en nombre de la pareja en Palestina.

En ese momento, los sionistas eran una diminuta minoría entre los judíos en Alemania (y en otros lugares). La mayoría de los judíos pensaban que estaban un tanto locos. Un chiste en boga decía que un sionista era un judío que daba dinero a un segundo judío para enviar a un tercer judío a Palestina.

¿Por qué mi padre se convirtió en sionista? Él, realmente, no soñó con ir a Palestina. Su familia había vivido en Alemania durante muchas generaciones. Desde que aprendió el latín y el griego antiguo en la escuela, imaginó que nuestra familia había llegado a Alemania con Julio César. Es por eso que nuestras raíces estaban en un pequeño pueblo (he olvidado su nombre) a orillas del Rin.

Entonces, ¿qué pasaba con su sionismo? Mi padre era un “Querkopf”, un contrario. No le gustaba correr con el rebaño. Le convenía pertenecer a un grupo solitario: los sionistas.

Esta peculiaridad de la personalidad de mi padre probablemente me salvó la vida. Cuando los nazis llegaron al poder, yo sólo tenía nueve años, y mi padre decidió irse inmediatamente a Palestina. Mi madre me dijo mucho después que el detonante fue un joven alemán que le dijo a mi padre en la corte: “Herr Ostermann, ya no necesitamos judíos como tú”.

Mi padre se sintió profundamente insultado. En aquellos tiempos, él era muy respetado en el tribunal, designado receptor, una persona a cargo de quiebras, famoso por su honestidad. Durante años, una terrible crisis económica había devastado Alemania, y las quiebras eran abundantes. Esto ayudó al demagogo llamado Hitler, ese mismo, en su camino al poder, gritando “Abajo con los judíos”.

Yo fui un testigo ocular de la victoria nazi. Camisas marrones se veían por todas partes en las calles. No estaban solos: todo partido importante tenía un ejército privado, con uniformes. Estaban el Frente Rojo de los comunistas, la Bandera Negro-Roja-Dorada de los socialdemócratas, el Casco de Acero de los conservadores, y otros. Cuando llegó el momento, ninguno de ellos levantó un dedo.

Nunca asistí al jardín de la infancia y fui enviado a la escuela cuando tenía cinco años y medio de edad. A los nueve años y medio fui enviado al Gimnasio, donde empecé a aprender el latín. Yo estaba en un movimiento juvenil sionista. Medio año más tarde lancé un profundo suspiro de alivio cuando el tren nos llevó a través del Rin a Francia, unos 2,000 años después de que mis antepasados hubieran cruzado el Rin en la dirección opuesta, según la leyenda familiar.

Durante muchos años suprimí de la memoria estos primeros años de mi vida. Mi vida empezó cuando me paré en la cubierta de un barco y vi a primera hora del día una fina franja marrón que aparecía en el este. Tenía diez años y dos meses. Era el comienzo de mi vida nueva.

¡OH, LA DICHA! Un barco grande con un enorme barquero oscuro me llevó de la nave a la orilla de Jafa. ¡Qué lugar tan misterioso y mágico! Lleno de gente que hablaba un lenguaje extraño y gutural, que gesticulaba desmesuradamente. ¡Y todo alrededor lleno del maravilloso olor de un mercado con comidas exóticas! Carros tirados por caballos en las calles.

Menciono estas primeras impresiones porque más tarde leí la biografía de David Ben-Gurion, que había llegado al mismo lugar algunos años antes que yo. ¡Qué lugar horrible! ¡Qué lenguaje tan gutural! ¡Qué bárbara gesticulación! ¡Qué olor tan desagradable!

ME ENCANTÓ este país a primera vista, y todavía me encanta, aunque ha cambiado más allá del reconocimiento. No me puedo imaginar viviendo en ningún otro lugar.

La gente sigue preguntándome si soy un “sionista”. Respondo que no sé lo que significa “sionismo” en estos días. A mi juicio, el sionismo murió de muerte natural cuando nació el Estado de Israel. Ahora tenemos una nación israelí, estrechamente conectada con el pueblo judío en todas partes, pero, no obstante, una nueva nación con su propio entorno geopolítico, con sus propios problemas. Estamos atados a la judería mundial, como Australia, o Canadá a Gran Bretaña.

Esto es tan claro para mí, que difícilmente pueda entender los interminables debates sobre el sionismo. Para mí, estos debates están vacíos de contenido real y honesto.

Así también son los interminables debates sobre “los árabes”, debates que no son ni reales ni honestos. Los árabes estaban aquí cuando llegamos. Acabo de describir lo que sentí hacia ellos. Sigo creyendo que los primeros sionistas cometieron un terrible error cuando no intentaron combinar sus aspiraciones con las esperanzas de la población palestina. La “Realpolitik” les dijo que, en su lugar, abrazaran a sus opresores turcos. Muy triste.

La mejor descripción del conflicto fue dada por el historiador Isaac Deutscher: un hombre vive en un piso superior de una casa que se incendia. Desesperado, el hombre salta por la ventana y cae sobre un transeúnte que está gravemente herido y se convierte en un inválido. Entre los dos, entra en erupción un conflicto mortal. ¿Quién tiene razón?

No es un paralelo exacto, pero es lo suficientemente cercano como para inspirar el pensamiento.

La religión no tiene nada que ver con esto. El judaísmo y el Islam son parientes cercanos, mucho más cercanos entre sí que cualquiera de ellos lo es al cristianismo. El eslogan “judeo-cristiano” es falso, una invención de ignorantes. Si nuestro conflicto es religioso, eso sería una aberración trágica.

Soy un ateo completo. En principio respeto la religión de los demás, pero, francamente, ni siquiera puedo empezar a entender sus convicciones. Me parecen reliquias anacrónicas de una época primitiva. Lo siento.

SOY UN optimista por naturaleza, aunque mi mente analítica me diga lo contrario. He visto en mi vida tantas cosas absolutamente inesperadas, tanto buenas como malas, que no creo que algo “deba” suceder.

Pero viendo las noticias diarias, podría vacilar. Tantas guerras estúpidas por todas partes, tantos sufrimientos horribles infligidos a tantas personas inocentes. Algunos en nombre de Dios, otros en nombre de la raza; otros en nombre de la democracia. ¡Es tan estúpido! ¡Tan innecesario! ¡En el año 2017!

El futuro de mi propio país me llena de ansiedad. El conflicto parece interminable, sin solución. Sin embargo, para mí, la solución es completamente obvia; tan obvia que me resulta difícil entender cómo alguien en su sano juicio puede evitar verla.

Tenemos aquí dos naciones: israelíes y palestinos. Innumerables ejemplos históricos nos muestran que no pueden vivir juntos en un estado. Por lo tanto, deben vivir juntos en dos estados –“juntos”, porque ambas naciones necesitan una estrecha cooperación, con fronteras abiertas y algunas superestructuras políticas conjuntas. Tal vez una especie de confederación voluntaria. Y más tarde, quizá, algún tipo de unión de toda la región.

Todo esto en un mundo que se ve obligado por las realidades modernas a unirse cada vez más, avanzando hacia algún tipo de gobierno mundial.

No voy a vivir lo suficiente para ver todo esto, pero ya lo estoy viendo en mi mente en la vísperas de mis 94 (un número agradable, en general).

Me doy cuenta de lo afortunado que he sido en todo momento. Nací en una familia feliz, el más joven de cuatro niños. Salimos de Alemania nazi a tiempo. Yo fui miembro de una organización clandestina, pero nunca capturado y torturado, como algunos de mis compañeros. Fui gravemente herido en la guerra de 1948, pero me recuperé completamente. Sufrí un atentado en mi vida, pero el asaltante falló mi corazón por algunos milímetros.

Fui durante 40 años el editor jefe de una revista importante. Fui elegido tres veces al Knesset. Fui el primer israelí en reunirse con Yasser Arafat. He participado en cientos de manifestaciones por la paz y nunca he sido arrestado. Estuve casado durante 59 años con una mujer maravillosa. Y estoy razonablemente saludable. Gracias.

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