Al amanecer

Irma, su polvo y los dioses africanos

Irma no se pudo contener. Era demasiado el tiempo de alivio desde Andrews y Wilma, en la Florida, hasta la magnitud épica reciente de Harvey en Houston, Texas. Demasiado descanso para la ruta de la guagua aérea en el corredor de las Bahamas, desde Saint Thomas hasta Miami, pasando por el arco de las Antillas mayores.

Por unos minutos, la ansiedad de la vida se preocupa por si misma. Millones de residentes en la ruta de los demonios africanos de Benín, Nigeria y el desierto del Sahara, en el Occidente africano, bajo el santo nombre indígena de huracán, se olvidan de Putin, de Trump, del loco de Corea del Norte, de la masacre en Siria, de Isis y sus verdugos, para poner atención a lo esencial, a lo fundamental de la vida humana.

Oshún, madre de los océanos, y Yemayá, señora del aire y de la vida, deciden en los próximos días asuntos de vida o muerte. Es un ritual anual en el que, según algunos, los difuntos africanos víctimas de la esclavitud de las antiguas potencias colonizadoras, pasarán factura por todo el daño hecho a sus antepasados en la misma ruta de los dolores y éxtasis infinitos del paraíso antillano encadenado.

Por un segundo, se dará importancia a lo que de verdad lo merece: la existencia, la vida misma. Por un segundo, podríamos olvidarnos de nombres y apellidos, de ricos y pobres, de abundancia o de escasez, de políticos y de reelección, de lo tuyo y de lo mío, del politeísmo materialista y del monoteísmo sectario, para vernos tal y cual somos: humanos, débiles, semejantes, víctimas de la naturaleza.

El daño potencial de este nuevo fenómeno del terror que combina el viento, las aguas y el sonido ya se proyectan como catastrófico, tal vez uno sin precedentes, dentro de los más de 70 huracanes que han barrido la zona geográfica desde que se lleva registro de estos fenómenos hijos del caos, la burundanga y el revolú africanos, alimentado en las ardientes arenas de otro polvo con nombre femenino y de corte árabe: Sahara.

Para que no se insinúe que somos prejuiciados, machistas o xenófobos, y a pesar de que la mayoría de los huracanes con nombres femeninos han sido fulminantes en algún momento de la historia moderna, por su carácter “progresista” a la hora de causar caos y daños materiales, detrás de Irma se anuncia el inicio de otro destructor con nombre masculino, bautizado José.

A juicio de algunos, estos súper huracanes son señales de los tiempos climáticos. Primero, por su poder y capacidad de causar daños materiales que se elevan a miles de millones de dólares y un saldo cuantioso en vidas. Mientras otros menos cautos y más creyentes, lo atribuyen a designios de Dios; siempre Dios, inmerso como el castigador del Viejo Testamento que da vida al imponente y eterno Leviatán, dueño de la vida y de la muerte.

Los dioses africanos son, en las figuras de Oshún y Yemayá entre más de 400 altares, la tabula rasa que pasa balance a los hechos negativos de la conducta humana. Algo así como el antiguo Demiurgo devorador de los romanos, para justificar semejante y horrorosa capacidad de daño. Y es que los dioses se parecen tanto a los humanos. O será a la inversa: ¿los humanos nos parecemos y contagiamos a los dioses?

Dado el peligro del momento, se sugiere a los hijos del culto de Ifá, entre ellos políticos dominicanos que realizan sus consultas en Samaná, Hialeah, Guayama o Puerto Príncipe, que inicien sus sesiones. A los cristianos que se encomiendan al Santísimo. Y al resto que eviten ser sorprendidos por Irma, su polvo y demás compartes. Podrían pasar al más allá sin la confesión debida y con el ruido incesante del agua y del viento, para meditar las razones y sinrazones del sentimiento trágico del espejismo de la vida breve…

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