Atalaya del escrutinio

No prometer milagros, hacerlos

«A los oprimidos y a los opresores se les priva de su humanidad por igual». –Nelson Mandela

En el siglo XX ningún estadista supera en estatura a Nelson Mandela. En cualquier equipo de estrellas de todos los tiempos, Mandela merece una posición destacada.

En nuestra apreciación personal, Madiba descolla entre gigantes, porque siempre permaneció sereno y enfocado ante las más difíciles circunstancias. Hombre valiente porque supo conquistar el miedo, al tiempo que era prudente y pragmático. Comprometido con sus convicciones, pero jamás intransigente: su profunda empatía facilitaba el dialogo con sus más acérrimos adversarios, pero jamás la entrega incondicional. Nunca antepuso intereses personales o tribales a los de la nación sudafricana. No prometió milagros. Predicaba con el ejemplo, haciendo siempre más que lo que prometía. Vivió y sacrificó su vida para liberar a oprimidos y opresores por igual.

En las célebres palabras pronunciadas en la conclusión de su discurso de tres horas en el juicio por sabotaje y traición en 1964, ya se vislumbraba la grandeza de espíritu de Mandela, al declarar:

«He luchado contra la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir».

Condenado a cadena perpetua por luchar contra la injusticia del apartheid en Sudáfrica desde su juventud, casi muere de tuberculosis en la cárcel. Malpasó 27 de los mejores años de  su vida como preso  político, incluyendo 18 años en la isla de Robben, donde casi no le permitían leer y escribir, y cuando no estaba en solitaria, pasaba los días en una cantera picando piedras con un martillo, literalmente. Pero en sus horas de ocio no descansaba de trabajar por el ideal de una vida en armonía y con igualdad de oportunidades para todos. Su recio espíritu salió ileso- quizás fortalecido- de esa experiencia, que en una ocasión él retrospectivamente llamó “unas largas vacaciones”, sin rencor ni afán de venganza. Incluso se dice que hizo estrechas amistades con sus carceleros afrikáners.

En una ocasión, bajo la fuerte presión internacional, el gobierno ofreció liberarlo, pero a condición de que abandonara su militancia contra el apartheid.  Mandela, quien ya llevaba dos décadas en la cárcel, respondió sin vacilar que «mi libertad no puede separarse de la de todos los demás».

Alcanzado el poder como presidente de la nación en 1994 en las primeras elecciones con sufragio libre de África del Sur, Mandela gobernó para todos por igual, no solo para los oprimidos negros que habían sufrido el látigo de los afrikáners. Tuvo que resistir el empeño de los dirigentes de su partido de imponer el himno de la lucha contra el apartheid como himno nacional, logrando en 1997, después de tres años de intensas negociaciones,  adoptar la fusión del suyo con el antiguo himno nacional de los afrikáners. Utilizó su prestigio para guiar a la nación unida por el sendero de la paz y la justicia social, tendiendo puentes en lugar de erigiendo muros. No prometía milagros, pero se desvivía para hacer realidad sus ideales que eran los de su pueblo. Es la auténtica antítesis del clásico demagogo.

Al cabo de su mandato constitucional, el entonces octogenario se retira voluntariamente  de la jefatura del estado en 1999 para trabajar como ciudadano privado en diversos proyectos de interés social, traspasando el mando del gobierno a su sucesor en las segundas elecciones libres.

Mandela no era un santo, como él mismo no se cansó de repetir ante la veneración que inspiraban su forma de ser y sus hazañas políticas en sus seguidores, pero con su liderazgo sin igual inspiró el milagro de disolver el sistema de apartheid y hacer la transición pacífica  a una democracia liberal con los mismos derechos para todos los sudafricanos. Antes de 1990 nadie creía posible la eliminación del sistema de segregación racial en esa nación sin derramar mucha sangre, a excepción de Nelson Mandela.

Los dominicanos merecemos conocer mejor este ícono universal  del estadista. Mandela debe figurar prominentemente en las lecturas de nuestros escolares, destacando su labor e impacto  en favor de los derechos humanos y la libertad  no solo en Sudáfrica sino en todo el planeta. Santo Domingo también merece un monumento en homenaje a Mandela para que nos ayude a seguir su incomparable ejemplo. Proponemos erigir un monumento conmemorativo y educativo, apropiado a su intrínseca humildad, para  siempre recordar su ejemplar vida, como ya han hecho otras capitales mundiales. En julio 2018 se celebrará el centenario de su natalicio, dándonos un buen motivo para rendir tributo a este gran estadista. Los beneficiarios principales seremos todos los dominicanos, sobre todo si nos inspira a emular su  ejemplo de vocación por la defensa del bien colectivo.

Lecturas:

http://acento.com.do/2013/opinion/editorial/1144279-honor-eterno-a-nelson-mandela-luchador-contra-el-racismo-y-por-la-libertad/ 

http://www.bbc.com/mundo/ultimas_noticias/2013/12/131206_mandela_a_pruebas_criticas_cch

http://www.listindiario.com/las-mundiales/2017/07/19/474589/un-mural-recuerda-a-nelson-mandela-en-la-plaza-madrilena-de-lavapies-que-lleva-su-nombre

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