Al amanecer

Nagua y el cachimbo de Janingo

Boca de Nagua, nombre al pensamiento grato, hoy María Trinidad Sánchez A mediados del siglo pasado, sus calles cuadriculadas y limpias, sus zonas verdes y seductoras, y el arrullo del Atlántico con sus olas y vientos sobre la arena eterna de sus playas vírgenes, rememoran su nostálgico ayer tan intenso como hoy. Llena de arrozales y de malaria, de pecho apretao, de pobrezas y de riquezas, de gente noble, alegre y trabajadora. De inocencia y de villanía, de estampas y de numerosos personalidades que recorrieron sus vías.

Cuentan que una de ellas, Alejandrina viuda Paredes, más querida como mamá Janingo, es reserva de memoria digna. Sus testigos más fieles: la calle Independencia, entre la playa y el parque central, el teatro Rumor de Olas y el arrullo del oleaje en el traspatio de su humilde vivienda techada de yagua y horcones de madera con fondo blanco, fueron testigos únicos de sus más caros anhelos, sueños y penas que resistieron la voluntad del destino y las decepciones.

Aseguran que en las horas del hastío y al caer el alba de su jornada cotidiana, su único alivio consistió en su inseparable cachimbo y su jarro de café. En él se mezclaba la bruma del humo del andullo picado que, con intenso olor a perfume y cafeína, salía de la comisura de sus labios o del fondo de su pipa. Cuando no, el pachuché, sentada en la galería del frente de la casa, o en la cocina del anexo posterior, Janingo evocaba su pasado y aliviaba su presente entonando la lírica de un memorable merengue que resumió su vida ejemplar digna y honesta: “Majando mucho café/ vive Rogelio en el campo/ y cuando lo está majando/ lo contento que se pone… /majando… majando… majando.

Narran que desde muy joven quedó viuda y convertida en “madre soltera.” Y es que en Boca de Nagua, hoy como ayer, las galleras, los tragos, la locura del perico ripiao, la parranda, serenatas y la bohemia con mujeres que quieren con ardor, solían llevar a la encerrona de su máxima: “entra si quieres, y sal si puedes”. A veces culminaban en tragedias con su secuela de lutos y huérfanos. Su familia no fue la excepción.  Su amor a la vida llegó al extremo de adoptar otros hijos que no eran suyos, en una época donde no había Internet, Wikipedia, PowerPoint o Wi-Fi, pero sobraba el afecto.

Con la compañía alegre de su hermana, Negra Reyes, experta bailadora a quien no se le asentaba una mosca y cuyas pupilas y pies ágiles derrotaron a más de una madrugada, vivía todo el repiqueteo sempiterno de la güira, la tambora y el acordeón, con los merengues pícaros de Domingo García Enríquez (Tatico Enriquez) o el estilizado ritmo de Bartolo Alvarado, (el Cieguito de Nagua)…

Su estoicismo recorrió la calle Progreso, de ida o de vuelta de su propio conuco con cría porcina, gallinas o de chivos. Por las riberas del río Nagua o la pereza del Boba, la Narciso Minaya, la Julio Lamples, la Duarte, la Sánchez, la Mella, sobre las árganas cargadas de su burro fiel e inseparable. Los bidones de leche diarios fluían junto a las manos de plátanos, racimos de yuca, sacos de arroz con cáscara; cuando no, sacos de mangos, nísperos, limones, cocos secos, café y hasta guanábanas y cañas para el consumo de su familia. Sin querer, ella competía con los Jiminián, los Hilario, los Tanguí, los Alonzo, De la Cruz, Rodríguez, Rojas o Amador. Algunos dicen que eran los tiempos en que se amarraban los perros con longaniza.

Janingo jamás pidió ni aceptó favores de hombre pretencioso y menos parejero. Nunca trabajó para otro ni recibió dádiva pública. Su único hijo, Turín Paredes, fue popular alcalde (síndico) de la ciudad de Nagua por su administración diáfana en los tiempos de la turbulencia política balaguerista. Valiente y rabioso, sucumbió víctima de los efectos de los espíritus destilados. Ni siquiera los desmanes y tropelías del coronel Alcántara en la fortaleza militar Olegario Tenares, lograron doblegar su voluntad, su espíritu indomable, a la hora de reclamar justicia propia o ajena, con los compases de: “Las palomas están poniendo/ en los Yayales/ Aaaee, aaaeee/ ay ombe dónde están/ cuando fuimos a buscai huevo/ ¿huevo cuáles?, Aaaee, aaaeee/ ay ombe dónde están…”

Alejandrina jamás logró superar ese trauma, a pesar de los nietos. En particular Cenobio Ventura Paredes, honorable ciudadano, amigo fiel y locutor ejemplar ido a destiempo. Con la compañía alegre de su hermana, Negra Reyes, experta bailadora a quien no se le asentaba una mosca y cuyas pupilas y pies ágiles derrotaron a más de una madrugada, vivía todo el repiqueteo sempiterno de la güira, la tambora y el acordeón, con los merengues pícaros de Domingo García Enríquez (Tatico Enriquez) o el estilizado ritmo de Bartolo Alvarado, (el Cieguito de Nagua), y el pueblo prendido por los cuatro costados, aliviaron un poco su espíritu taciturno e introvertido.

La leyenda de ambas hermanas se extendió desde el barrio de Soldado, a la entrada de Boca de Nagua, hasta Matancitas, pasando por la Poza de Bojolo, El Cumajón, hoy San José de Villa, Las Gordas, llegando hasta la Laguna Gri-Grí, en la ruta vieja de Cabrera, El Factor, El Juncal o El ¨Papayo, al otro extremo, entre breñas de cacaotales, cafetales y arrozales, llenos de culebras y alacranes. Las ruinas de su morada en la calle Independencia son testigos mudos del viento, los palmares, el oleaje del Atlántico, las jaibas siricas, los cangrejos moros o grises, la desidia pública y el desdén oficial.

Y a los lejos retumba aun en los oídos de muchos el ritmo acompasado de mamá Janingo o Alejandrina. Diminuta, pero un monumento. Sobreviviente del maremoto que borró a Matanzas del mapa el 4 de agosto de 1946. Resuelta, machete al cinto a sus 93 años, macuto en mano, inspirada por los copazos del humo neblinoso de su cachimbo y el sabor del carajillo.

Absorta en sus pensamientos, sus ojos fijos y labios pequeños. Agarrada como el alma a la vida a su mazo de pilón sincronizado, rompiendo el forro, el aire y el fondo del enorme cuenco de madera para descascarillar el arroz o pilar el café. Y frente al fogón prendido de cal y de arena de su vetusta cocina, techada de palma con olor a arroz con coco, se inspiraba en la lírica de otros merengues singulares: “un grupo e’ mujeres/ allá en Río en San Juan/ pa’ arriba y pa’ abajo/ viven con un can”; y “las mujeres están en candela/ y los hombres atrás/ dándole la pela.”

 

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