Odebrecht y la Marca País

En cualquier país normal el Presidente, los ministros y hasta los gatos de Palacio para espantar ratones hubieran dimitido con las orejas bien coloradas por vergüenza y pundonor
Sergio Forcadell - 2 de agosto de 2017 - 12:07 am - Deja un comentario

La llamada Marca País se forma, existe, y se proyecta,  aunque en algunos países como el nuestro se empeñan nunca acabar de definirla, y aún menos de gestionarla adecuadamente para el logro tres objetivos básicos que deben redundar en beneficio de todos los que vivimos o sobrevivimos por aquí. Desde los agricultores de Manzanillo, hasta las imponentes iguanas de Azua, que son tan dominicanas como Juan Pérez, nacido en Hato Mayor.

El primer objetivo de una Marca País es que sus habitantes se sientan orgullosos de su origen, de su terruño, el segundo, que el mundo nos conozca por nuestros hechos positivos y no solo por los negativos, el tercero, que atraiga a personas de todo el mundo en calidad de turistas, inversores o residentes, aportando divisas frescas que tanta falta nos hacen. Con frecuencia este último, el mercurial, es el único que impera en las mentes de los gobernantes y al que le asignan sus recursos disponibles para esos fines.

El asunto de Odebrecht por la importancia de su amplia repercusión internacional, de los montos supermillonarios implicados en los sobornos y sobrevaluaciones, y por las personas implicadas y sus altos puestos en el Gobierno, debe haber dejado con toda seguridad nuestra Marca País, no con el ojo morado del anuncio del forastero, sino con los dos bien tumefactos, color violeta, al bajar un montón de puestos en el ranking mundial que mide el prestigio de las naciones a nivel planetario. Lo sabremos cuando alguna institución seria que se encarga de esas investigaciones nos lo diga.

La semana pasada en el diario español, El País, el rotativo español de mayor tirada y una gran  influencia en todos las ámbitos importantes de por allí, citaba en su muy  leída editorial, al presidente Danilo Medina por su nombre y por su cargo y a la República Dominicana en referencia al caso Odebrecht, sin que aquí se pida cuenta alguna, pues los presidentes son intocables.

Varios días después, el abogado brasileño al mando del cotarro corrompedor en todo el mundo, Rodrigo Tecla, en el mismo diario, toca una tecla escondida en nuestro patio a propósito, agravando los hechos acaecidos al revelar a las medios de información que aquí se traían cueros cariocas -llamemos las cosas por su nombre- para las fiestas que les brindaban a funcionarios y empresarios con tal de azucarar aún más el proceso de los sobornos, convirtiéndolo así en un selecto burdel de la mafia inmobiliaria.

Por si el comercio de prostitutas, la llamada trata de blancas, no hubiera dado suficiente mala fama a la República, ahora hay que añadirle esta ñapa sexual. Esto, además de haber trasladado a Santo Domingo la capital y el trono de toda la corruptela de Odebrecht, por su tradicional permisividad de sus autoridades con este tipo de negocios, y la impunidad que campea a sus anchas y largas por sus instituciones oficiales.

Estos son actos que hablan pésimo del país, dejándolo muy malparado, mientras que el Presidente mantiene un silencio al respecto, al parecer encubridor y muy perjudicial para su imagen local, e internacional, si es que llega a tenerla a ese nivel.

En cualquier país normal el Presidente, los ministros y hasta los gatos de Palacio para espantar ratones hubieran dimitido con las orejas bien coloradas por vergüenza y pundonor, pero claro este no es un país normal sino paranormal, donde las cosas más claras se convierten en fantasmagóricas y sus responsables se desvanecen como la niebla matutina.

¿Quién pagará los platos rotos de nuestro desprestigio y los beneficios que podríamos recibir con una mejor Marca País? Los de siempre, ustedes, yo y otros muchos, que conformamos el numeroso clan de los pendejos nacionales.

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